NÚMERO 27

Director: GUILLERMO GONZÁLEZ URIBE
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Producción: ZONA LTDA @ ALEXANDRA VERGARA y ÓMAR VÁSQUEZ .
Impresión: PANAMERICANA FORMAS E IMPRESOS S.A.
Distribución y ventas: Revista Número y Distribuidoras Unidas

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Socios fundadores: William Ospina, poeta; Antonio Morales, periodista; Ana Cristina Mejía, traductora;
Guillermo González Uribe, periodista; Diego Amaral, diseñador; Luis Ángel Parra, editor; Liliana Tafur, periodista;
Lucas Caballero, periodista, Liliana Vélez, filósofa; Víctor Laignelet, pintor; y Carlos Duque, publicista.

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Tarifa Postal Reducida Nº 1368 de Adpostal. Vence en diciembre de 2000
ISSN 0121-7828
· Licencia del Ministerio de Gobierno Resolución: 1237-93
Corporación Revista Número según Resolución 023 del 19 de enero de 1995.

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AL PAN, PAN Y AL HORROR, HORROR
Las recientes declaraciones de Germán Santamaría sobre la película de Barbet Schroeder, La virgen de los sicarios, en las que convoca a un bloqueo, a una censura pública y popular de dicha película, no merecen ningún comentario si no fuera porque representan una manera de pensar y de ver la realidad muy arraigada en la mente de muchos colombianos.

Santamaría se queja de que el diario que publicó Barbet en esta revista está proyectando una imagen distorsionada de Medellín, haciéndole daño a la imagen de nuestro país en el exterior, y que su contenido, y eventualmente el de la película, le da asco porque no concuerda con la realidad.

Yo no sé en qué país vive Germán Santamaría pero lo que da asco es la realidad colombiana, la realidad de Medellín. Y da asco, en parte, por su esquizofrenia.

Cada vez que voy a Medellín me sorprendo al comprobar que muchos paisas creen estar viviendo en la ciudad más linda del mundo, en una ciudad maravillosa llena de árboles, en la que es difícil encontrar un hueco en las calles, en la que el metro es motivo de orgullo y no hay un solo rayón que evidencie la mala educación o la barbarie, la gente es bella, se ufanan de tener los mejores servicios públicos y están recuperando el río. Y sí, Medellín es bella y todas esas cosas que dicen son ciertas, pero cuando inevitablemente la conversación recae en el lado oscuro de la ciudad, se niegan a aceptar que Medellín sigue siendo una de las urbes más peligrosas del mundo, con el más alto índice de muertos por cada cien mil habitantes, con el mayor porcentaje comparativo de heridos, de secuestros, de robos de autos, de atracos, de extorsiones. La mayoría se niega a ver el infierno en el paraíso que se han construido en su mente. Incluso todavía piensan que Antioquia, la grande, es la que sostiene al país con su economía y su empuje industrial y que el gobierno central, Bogotá, les roba lo que es de ellos. Parece que todos ellos vivieran en el Poblado, o en Laureles, pero no en Medellín.

Valga una anécdota:
Hace pocos meses, invitado por mi hijo menor, llegó a mi apartamento, desde Medellín, un muchacho de 18 años con ganas de ser pintor, a ver la exposición de Picasso en el Museo Nacional. Después que regresó del museo se encerró en nuestro cuarto de huéspedes. Curioso, le pregunté si conocía a Bogotá y me dijo que no. Le sugerí que fuera al Museo de Arte Moderno y viera la exposición de Tamayo, y luego se diera una caminada por la séptima, hasta la plaza de Bolívar, y vagabundeara después un poco por La Candelaria. Asustado, me preguntó que si no sería peligroso. Eran las cuatro de la tarde. A las cuatro y media, después de hablar con él, descubrí la imagen que tenía de Bogotá: una ciudad en la que la basura llega a media pierna, infestada de ratas, y en la que en cada esquina lo atracan a uno. Según su versión, Bogotá era una ciudad infinitamente más peligrosa que Medellín, y había que andar con cuidado. Se sorprendió cuando le conté que Medellín era (es) mucho más insegura que Bogotá, y de lejos. Lo mandé, literalmente, de paseo por Bogotá y quedó fascinado.

Igual sucede con Bogotá. Hay personas que viven en el norte de la ciudad y pasan los fines de semana en Cartagena y vacaciones en Miami, y no entienden o no quieren saber que vivimos en guerra, que estamos sumidos en el horror, que la debacle es nuestra condición, y deploran que su entorno se vea rebajado por la presencia de unos cuantos de los dos millones de desplazados que deambulan hoy por Colombia. Desde el parque de la 93 la vida se ve muy distinta de como se ve en el Putumayo o en Cali.

Igual distorsión de los hechos sucede con todo: de los 30 mil muertos violentos que hubo este año en Colombia la gran mayoría se los debemos al alcohol y no a la guerra, y Germán Santamaría, que yo sepa, no ha realizado ninguna campaña contra las fábricas de licores para frenar este desangre que, si bien no le hace daño a la imagen de Colombia, está acabando con los colombianos: el día de la madre es el día en que hay más asesinatos y heridos debido a peleas familiares, rencillas con los vecinos, odios y rencores acumulados que el alcohol hace salir a la superficie; le siguen el 24 de diciembre, el 31 y el 7 del mismo mes, y el día que goleamos a Argentina.

Por eso, cuando leo declaraciones como las de Santamaría y escucho a algunos afirmar que el diario de Barbet es ciencia ficción, me pregunto si una de las causas de que estemos tan mal no será un problema de lenguaje: nos negamos a llamar nuestra realidad con su verdadero nombre y en vez de guerra hablamos de conflicto armado, y los senadores se llaman a sí mismos padres de la patria, y los guerrilleros son bandoleros para el ejército, y los paramilitares son autodefensas que les permiten a los hacendados volver a sus fincas, y el ejército es un vendido a los Estados Unidos para la guerrilla, y así sucesivamente hasta la náusea.

Medellín es el horror, Colombia es el horror, y eso es lo que debería escandalizarnos y no el que nos lo restrieguen en la cara.

Hace muchísimos años, cuando aún era niño, le oí contar a mi madre que los miembros de cierta familia que conocíamos preferían pasar hambre y vestirse de manera costosa para aparentar que vivían bien y que no tenían problemas económicos.

Muchos años más tarde, a principios de los años ochenta, le escuché decir de buena fuente a un amigo que la cifra oficial de los muertos violentos de las principales ciudades colombianas no correspondía a la realidad, pues soterradamente reducían su número real entre un 10 y un 20% para no asustar a los ciudadanos, a los posibles turistas y a los potenciales inversionistas.

-Alberto Quiroga

DESAMPARO
Si hubiera que buscar una primera palabra para referirse al sentimiento común del colombiano frente a su entorno, no ahora, sino desde hace muchos años, quizá desde siempre, esa palabra es desamparo. El ciudadano común y el hombre del campo han aprendido a no creer en ningún orden, en ninguna vía legal: acostumbrados a la ausencia del Estado en casi todas las instancias de su vida, deben echar mano de todos sus recursos, de su ingenio o de su paciencia, y sortear a la buena de Dios muchas de sus contingencias cotidianas. Es así como el colombiano corriente se ha acostumbrado a la injusticia, a ver cómo la impunidad es la respuesta al sacrificio de sus mejores hombres, cómo en la actividad económica y política triunfan la trampa y la maturranga, cómo en la vida cotidiana el que elige la vía del civismo y el respeto es pisoteado por los demás. De un tiempo para acá, además, miramos confundidos cómo crece el núcleo de la violencia, y cómo más y más colombianos se adhieren a ella de las más distintas maneras: el mafioso y el sicario, el guerrillero y el paramilitar, el delincuente común y el engolado ladrón tejen una bola hecha de hilos emponzoñados, que se enmarañan impidiéndonos saber dónde están los límites de las distintas violencias. Se han borrado las fronteras, y con ello, cualquier forma de claridad. Si a esto le sumamos la estigmatización a que nos ha sometido en los últimos tiempos la comunidad internacional y la posibilidad de humillación que amenaza a todo colombiano apenas atraviesa la frontera patria, comprenderemos que muchos de los habitantes de este país vivimos cada jornada como aplastados por las circunstancias, asfixiados en una cotidianidad que conjuga el más pobre nivel de vida en lo inmediato con el más infame clima espiritual, el que se desprende del irrespeto permanente a la vida y a la dignidad.

Entre los colombianos que no gestan directamente la violencia encontramos un primer grupo que, acorazado contra el horror y la ilegitimidad, ha elegido el cinismo, la dura coraza; en un segundo grupo, el de los que padecen los males inermes y ciertamente impotentes, la reacción es diversa: unos, enconados en una retórica vacua pero cómodamente asentados en sus pequeñas y perezosas rutinas, se quejan o maldicen; otros, los que pueden, escapan.

Cierta seudoaristocracia local observa estupefacta la violencia que de tanto en tanto la golpea, pero desentendida de todo afán social permanece ensimismada y aferrada a sus privilegios; y la pequeña burguesía, mezquina y egoísta, sólo se interesa en ganar sus cortas metas y, apertrechada en su moral doméstica, apenas es capaz de ver la realidad detrás de los barrotes en sus ventanas. Por otra parte, vemos un pueblo resignado y maltrecho, entre encogido de hombros y resentido, que sabe que no tiene mucho que perder pues tampoco podría ganar mucho más. Y finalmente encontramos a un grupo de colombianos reflexivos, aunque a menudo escépticos, que están comprometidos con la sociedad en la medida en que asumen a cabalidad su condición de hombres, es decir, que se miran no como pequeñas partículas flotantes en un universo de dispersión, sino como seres responsables de sí mismos y de aquellos que ocupan su entorno.

Muchos de ellos viven, como sabemos, en la frontera de la muerte, amenazados por quienes, embrutecidos por la violencia, han perdido la capacidad de comprender.

-Piedad Bonnett
Poetisa colombiana

¡AYÚDAME, ALBERTO, HIJO MÍO!
Llevo varias horas en la seducción y tremor de la sinfonía El reloj, de Haydn. L'Horloge de tu vida en París, cuando llevaste con dignidad y honor el nombre de Colombia. Yo me contento con decir que cargo en el alma esa templada tierra y nostálgica sinfonía que es Colosó, cuna y cementerio de nuestros antepasados. Es posible que a tus bisabuelos Tacha y Galo Abad Díaz Alvis también les gustara Haydn, pero sólo por la memoria porque en su época y en el aislamiento de nuestro pueblo no asomaban siquiera sistemas de reproducción electrónica de la música. Los discos de la ortofónica de Yuse Alegüe, el libanés, llegaron, según Tacha, a fines del siglo XIX. Tampoco habían aparecido aún el piano ni el violín de los Rosa, los inmigrantes italianos. Tu bisabuelo, don Galo Abad, fue, como tú, hombre de temple acerado y notable nobleza, de alta estatura y figura delgada y esbelta; el «Mono» Díaz le decían, de la estirpe de los pobladores blancos pobres que colonizaron esas tierras de Sabanas. Somos, pues, de la rara especie de hombres de trabajo y servicio público que murieron o viven sin un peso en el bolsillo, tal como fueron y somos tu bisabuelo Galo Abad, tu abuelo Manuel Abad, tu tío Galo Abad, tú y yo, y todos tus hermanos: Eduardo, Alfonso, Luis Fernando y Amparito. Como son Aurita, Simón e Isabel, Sebastián y Nicolás. ¡Qué bella familia te rodea!

Sigo meciéndome con Haydn en la mecedora que nos dejó tu abuela Ramona Callejas, que te tuvo en los brazos y te meció en ella hace 48 años cuando viniste para no irte. Voy a tomar a tu nombre, por ti y por todos, una copa de vino tinto francés, del que tú degustabas y gustas.

Es curioso. Me agrada profundamente la música volcánica de Beethoven, la de Mendelssohn, Bach y Mozart; Haydn, Tchaikovski y Bartok, el apasionado y agonizante Chopin, y Albéniz y Agustín Lara, y Gardel, y Joan Manuel Serrat y Víctor Jara, pero también me entusiasman Alejo Durán desde las fiestas de toros de Colosó y dondequiera que lo oí a lo largo de la costa caribe, Carlos Vives y el «Chino» Herazo, el más grande y último juglar de Colosó y el Caribe, e Inocencio Pacheco y los gaiteros de San Jacinto, y Alfredo Gutiérrez y la banda de Caimito que me tocó tantas victorias políticas locales. Tú me acompañaste a muchas de ellas. Lo mismo la banda de Toluviejo, que con ímpetu de cambio quebró la ancestral pasividad latifundista de la región.

He dado decenas y decenas de vueltas en mi oficina de trabajo, frente a tus fotografías con Eduardo y Luis Fernando, Sandra, Pablo y Viviana, Alfonso, Thomas, Silvye, Aurita, tu mamá Pepita, Amparo y Amparito, y Darío, Daniel, Sebastián y Nicolás; Juliana y María Camila y Simón, e Isabel, la tierna y bella, la que más va a recordarte y quererte. Debería estar Graciela. Siempre te tengo flores frescas, que renuevo semana tras semana, no porque estés muerto, que no lo acepto, sino porque estás vivo, aquí en mi tu casa. Por eso escribo con nostalgia de ti, para tenerte presente siempre y, ahora, para sobrellevar el peso de las angustias y de las lágrimas, te pido, Alberto, hijo mío, ayúdame, por favor, para contar los secretos y grandeza de tu vida para que sigas vivo. Para cantar tu heroísmo espartano, sin hacer ruido, en silencio, para salvar y rescatar otras vidas secuestradas por la muerte. Para decir tu inimaginable capacidad para lograr que otras vivieran, a riesgo de ti mismo. Para referir tu consagración a los derechos humanos y a la paz. Por ser bueno. Eso debe saberse bien y recordarse. Yo lo quiero hacer en homenaje a ti. ¡Oh, Alberto, hijo mío! ¡Ayúdame a lograr que siempre vivas, que nunca mueras! En ti el tiempo no lleva al olvido: eterniza el recuerdo. Yo soy paciente. Sigo oyendo los familiares compases de Haydn en su Reloj. Yo tengo mi Reloj. ¡Eres tú, Alberto, hijo mío!

-Apolinar Díaz Callejas

CUENTO CORTO
Como resultado de mi nominación entre los finalistas de los dos últimos concursos de cuento breve de Samaná (Caldas), y de mi inocencia desmedida, muy comedidamente les solicito leer y considerar la posibilidad de publicar en uno de los números de su revista durante los próximos veinte años, alguno de los cuentos cortos que estoy anexando.

Agradeciendo su paciencia y confiando en recibir noticias favorables,
Cordialmente, Amílkar Bernal Calderón.

Levedad
La mariposa le teme al huracán, pues odia viajar sin preparar los mínimos detalles.

Esto y mucho más encontrará en NÚMERO
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