| Con una mano escribo y con la otra me sostengo |
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Roberto
Rubiano Vargas (Bogotá, 1952). Narrador, fotógrafo y realizador de documentales
y videos. Ha publicado, entre otros, Gentecita del montón, El informe
de Galves, Una aventura en el papel, En la ciudad de los monstruos, Alquimia
de escritor y Vamos a matar al dragoneante Peláez.
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Por Roberto Rubiano Vargas
Ilustraciones de Juan Manuel Ramírez
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El
vino, el licor, el trago, o sea todos esos fermentos de frutos y cereales
que alteran la percepción, son parte de una amplia farmacopea que el
hombre ha utilizado -desde que vive en sociedad- para celebrar sus alegrías
o calmar sus ansiedades. Por lo menos así lo registran los vestigios
de vida cotidiana que reposan en los museos del mundo. Copas del más
variado diseño, botellas y alambiques testimonian que desde hace miles
de años la humanidad se emborracha con lo que puede. En Dinamarca, proveniente
de la edad de bronce, se encontró un recipiente que contenía los restos
de una bebida hecha de la fermentación de cereales. «Para obtener una
tosca cerveza -menciona Antonio Escohotado- basta masticar algún fruto
y luego escupirlo; la fermentación espontánea de la saliva y el vegetal
producirá alcohol de baja graduación». |
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Cada literatura tiene su propia tradición alcohólica. El vino fue compañía inseparable del dramaturgo Lope de Vega, el poeta Francisco de Quevedo y, en general, del siglo de oro español. En su reciente saga sobre el Capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte rinde homenaje al insigne poeta bizco, espadachín, burlón, borracho y mujeriego al dibujarlo en su ambiente natural de oscuros mesones y duelos a muerte con acero desnudo. Del mismo modo, la poesía francesa del XIX estaría incompleta sin Baudelaire y sin el licor de ajenjo. Sin el whisky habría sido imposible la existencia de Malcolm Lowry, quien en su relato Cruzando el canal de Panamá regaló las palabras que dan título a este escrito. El irlandés James Joyce también era adicto al whisky y Samuel Beckett, quien fue su secretario por un tiempo, heredó su gusto por las altas aguas escocesas. Sin el ron, a la obra de Ernest Hemingway le faltaría octanaje, y Robinson Crusoe habría sufrido mucho de no haber sido por los tres barriles de ron que Daniel Defoe le hizo salvar del naufragio. Hasta los escritores más insensibles a la botella se han interesado en algún borracho en cierto momento de su carrera, para incluirlo en sus obras como personaje. EL
BAR DE LOS ESCRITORES |
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Existen
bebidas muy regionales, como el pisco, que se encuentra en Conversación
en la catedral, de Mario Vargas Llosa. «¿Cuándo se jodió el Perú, Zabalita?»,
una de las más largas bebetas de la novela latinoamericana, pues está
situada de principio a fin en un bar de Lima llamado La Catedral. El
pisco está presente en la obra de otros escritores peruanos como José
María Arguedas y en no pocos cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Aunque
el cuento alcohólico esencial para este último, también bebedor y empedernido
fumador (tanto que escribió un libro Sólo para fumadores), es Las botellas
y los hombres, un encuentro entre un hijo arribista y su padre calavera
durante el cual viven una larga borrachera de patético final que empieza
con cerveza, sigue con pisco y termina con «champán». OTRAS
VOCES, OTROS TRAGOS |
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Entre la larga lista de tragos regionales cabe mencionar el aguardiente colombiano, cuyo más destacado proveedor literario es el antioqueño Manuel Mejía Vallejo. Sus personajes lo consumen con el mismo entusiasmo con que su creador solía hacerlo. Jairo, en Aire de tango, bebía un trago de aguardiente antes de lanzar sus certeros cuchillos directo al pecho del enemigo. Las puntas ecuatorianas, un destilado de caña (alcohol al 98%), junto con la chicha, son parte del Chulla Romero y Flórez de Icaza. El tequila tiene un amplio catálogo bibliográfico, que va desde Los de abajo de Mariano Azuela hasta Bajo el volcán, aunque como recuerda Vicente Quirarte, «La Revolución no bastó para que el tequila se impusiera como bebida nacional». Los amigos de Ramón López Velarde bautizaron el estreno del vate como cronista con una botella de coñac. En su novela La batalla en el desierto, ubicada en pleno despliegue alemanista, José Emilio Pacheco subraya la urgencia de la clase media por acudir a bebidas extranjeras y «blanquear el gusto de los mexicanos». COMBUSTIBLE
LITERARIO |
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Resulta
curioso mencionar que la palabra «anarquía», que algunos comentaristas
de libros relacionan con la vida de los escritores bohemios y borrachos,
no tiene nada que ver con la realidad. Como nos recuerda Hans Magnus
Ezemberger en El corto verano de la anarquía, los anarquistas eran personas
de hábitos muy regulares, con compañeras o compañeros fijos y casi cero
alcohol en su vida, el vino sólo era para cenar y poco más. Así que
entre el anarquismo y la dipsomanía no existe relación alguna. |
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Los
hoteles son lugar favorito de los escritores para vivir, para beber
y para escribir. La lista es muy amplia y no caben sino unos pocos ejemplos.
En hoteles vivió Jean Genet y por supuesto un impenitente borracho llamado
Charles Bukowski. Hemingway escribió en el Dos Mundos de La Habana y
en el Crillon de París. En moteles pasó mucho tiempo Raymond Carver
y en moteles se desarrolló gran parte de la obra de Kerouac. SERVIR A DOS SEÑORES
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