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René Rebetez, filósofo y escritor,
murió de repente, después de disfrutar de la aventura extrema de su existencia.
Amó hasta la médula, viajó por territorios inesperados del mundo y del
conocimiento, y fue leal con su espíritu independiente y sus proclamas
de pirata y de poeta. Su obra y su vida se compaginan en un camino que
siempre fue búsqueda, reflexión, asombro, descubrimiento, laberinto de
sombras y fulgor de claridades esenciales. No alcanzó a pasear su regocijo
por los días inciertos del siglo XXI, pero su literatura anticipó los
tiempos del caos y sus relatos de ciencia ficción lo convirtieron en un
miembro activo de los «contemporáneos del porvenir». Se despidió de la
vida el 30 de diciembre de 1999 y el 31 fue sepultado, una tarde de fuertes
lluvias, en el último refugio del cementerio de Fresh Water Bay, en la
isla de Providencia. Pertenecía a la estirpe de los escritores de tono
mayor y su escritura era de gran calado. Vivió a toda vela, consciente
de su propio recorrido por los andurriales de la tierra y por las rutas
de la mar océano.
Algunas semanas antes de su muerte tuve oportunidad de verlo, en su cabaña
de madera, cerca de la playa de Allan Bay. Rebetez siempre fue buen conversador.
En esta oportunidad lo percibí eufórico, ávido de palabras, dispuesto
a recorrer su memoria de mortal que había vivido hasta las últimas consecuencias.
Nunca perdió el buen humor, el sentido de la ironía y las ganas de escribir.
Hablamos de su vida, de los detalles olvidados, de los recuerdos perdidos,
de las huellas que componían el sinuoso rumbo de su destino.
Su vecino más allegado, el médico William Burbano, recuerda ciertas palabras
de combate que Rebetez repetía con insistencia: «Acuérdate de la muerte
mientras vivas, porque sólo estando muerto vive aquel que estando vivo
muere». Místico y rumbero, su pensamiento anduvo ligado a las herencias
de las filosofías perennes y a la literatura de ciencia ficción, a la
que consideraba «la crónica más fiel de nuestros tiempos y a veces también
una guía premonitoria del futuro».
REMONTANDO LA RAIZ
Hijo de un relojero suizo y
de una dama criolla, nieto del escultor Dionisio Cortez Mesa, René nació
en una finca de la sabana de Bogotá, en los alrededores de Subachoque,
en la campiña muisca, en un terreno que bien habría podido estar en alguna
región de los campos suizos, en las faldas de los Alpes. El verde del
altiplano, sin la contaminación de la techumbre plástica de los sembrados
industriales de flores que predominan actualmente, era una nostalgia en
la memoria del escritor. Añoraba la fertilidad de la tierra natal, los
colores de la luz, los anchos horizontes, las montañas azules y los vientos
que purificaban las amplias extensiones de su infancia. Su padre falleció
cuando él todavía no había cumplido cuatro años y le dejó un vacío incurable
que adquirió fuerza con el paso del tiempo, afianzando su autonomía precoz
y cierto aire de solitario que siempre guardó por dentro, en sus juegos
de niño esquivo y en su obra de escritor capaz de dialogar con su propia
soledad.
La madre y el hijo abandonaron los parajes idílicos y emigraron a Bogotá,
a una casona enorme, en Las Aguas, en la calle 16 con carrera segunda,
junto a La Candelaria, donde vivía y creaba Dionisio Cortez. En ese entonces
la urbe no había crecido y la morada de su abuelo estaba empotrada en
la base de los montes orientales, cerca del centro de la ciudad y más
cerca aún de La Gata Golosa, lugar de encuentro de los artistas bohemios.
El solar de la casona era un pequeño paraíso que lindaba en el traspatio
con un riachuelo de aguas limpias que se descolgaba hasta desembocar en
la canalización del río Vicacha o San Francisco. Desde hace tiempo el
solar del niño solitario, sembrado con sietecueros, duraznos, cerezos
y una higuera prodigiosa, fue recubierto por la densidad del cemento.
Ya no existen las flores del recuerdo ni el golpe melodioso del agua en
las piedras sonoras de aquellas tardes colmadas por el deleite de la contemplación
infantil. La casa del abuelo tenía arcadas de ladrillos recocidos y sobresalía
el taller de fundición de bronce, que ante sus ojos parecía un verdadero
fortín con fragua y chimenea. Según Rebetez, ese fue el primer taller
de fundición artística que se construyó en el país. Los ojos del hombre
brillan con la gracia limpia de un niño que atisba desde el mundo mágico
de los recuerdos. El hombre viejo ríe y sus arrugas de forja marina se
distensionan, desaparecen en el rastro de la infancia, en el rostro de
otro tiempo.
Pero el abuelo también falleció y su taller se volvió una especie de cuarto
de san alejo donde el niño pasaba buena parte de los días. Recuerda la
música que salía del gramófono, varias esculturas de Dionisio Cortez,
sus herramientas, muchos trozos de bronce, sus trebejos de pintura y su
caballete, y los libros viejos que le abrieron las ventanas de la lectura.
Toda una aventura de niño solitario, lleno de sueños, capaz de imaginarse
mil historias, mientras leía a Salgari, Stevenson, Dickens y Julio Verne,
acomodado entre las ramas de la copa del cerezo que reinaba en el solar
de su pequeño paraíso. Ahora, cuando inicia la mañana con la música clásica
que escapa con fuerza por los balcones de su cabaña, no puede evitar que
retorne el espíritu musical del abuelo lejano; no obstante, su imagen
de escultor y sus facciones generosas se difuminan y quedan impresas en
el polvo disperso del tiempo. Había crecido estimulado por un ambiente
artístico e intelectual. Sus tíos eran artistas y su madre pintaba y daba
clases de pintura. Era un muchacho solitario y a la vez desenvuelto socialmente.
Con el paso de los años todo cambió. La casona perdió encanto, la magia
del riachuelo se pavimentó y los cuartos se llenaron de inquilinos y de
primos. Allí vivió hasta los 16 años. Era un jovenzuelo flaco, rubio,
poco práctico, propenso a los ritmos de la distracción y, al mismo tiempo,
supremamente puntual y exacto. El artista y el relojero, sin embargo,
concurrían en un carácter que mostraba la confluencia del rigor europeo
con la condición delirante de esta parte del mundo, donde muchas cosas
de la vida resultan imprevisibles.
LA PARÁBOLA DEL
VIAJERO
Antes de viajar a Suiza, Rebetez
fue testigo del Bogotazo. Su memoria atrapa las resonancias de aquella
tarde de incendios y cadáveres, como si fuera una película atroz. Los
incendios y las detonaciones llenan sus recuerdos. El 9 de abril de 1948
vagó por las calles, perdido, presenciando las visiones apocalípticas
de una ciudad en llamas, como en una pesadilla. Por ese entonces era un
rebelde que había tenido que salir del Liceo de Cervantes, donde conoció
a un amigo mayor que él, guía del grupo de scouts: Camilo Torres Restrepo,
un joven que luego sería sacerdote y guerrillero, símbolo de una insurgencia
romántica que intentaba transformar la historia del país y del continente.
A Rebetez lo recibieron en el colegio de San Bartolomé, pero ese mismo
año lo echaron, antes de los exámenes finales. Era un excelente estudiante,
pero su actitud transgresora siempre lo ponía en la picota de los prefectos.
Terminó validando el bachillerato en el Ministerio de Educación. Su sentimiento
era conflictivo, deseaba conocer el mundo. Debía marcharse, ese era el
mandato de su camino. Ahí comienza el periplo del viajero que hará de
su ruta una metáfora de vida. Ahora tiene 50 años más y es mucho lo que
ha recorrido. Se ríe, se siente precoz, como si fuera un adolescente practicando
la autonomía: «Resolví alejarme de la sobreprotección materna, salir de
un ambiente exageradamente católico y de esa cosa social y extraña que
ha caracterizado a la sociedad bogotana». Fue una iniciativa propia, casi
a la fuerza, sin dinero, añorando quizá las raíces paternas y comenzando
su largo derrotero de explorador de múltiples realidades. Abordó un barco
en el puerto de Buenaventura, contra viento y marea, huyendo de la carencia
de horizontes. Tenía iniciativas y una gran necesidad de ampliar la dimensión
de su existencia.
Antes de visitar a la familia de su padre, vagabundeó por Ginebra y otras
ciudades, conociendo lugares y personas, escribiendo versos y pensamientos
que registraba en su cuaderno de bitácora. La vida era bella y todo aparecía
como un gran descubrimiento. Finalmente, optó por visitar a sus familiares,
en un pueblito católico, de raíces francesas, metido en plena Suiza alemana
y protestante. Confiesa que se encontró con una mentalidad mucho más estrecha
y conservadora que la bogotana. Algo terrible para su libertad recién
adquirida. Tuvo algunos choques con sus primos y sus tíos, pero se acomodó
a las circunstancias y terminó prestando el servicio militar en Suiza.
Vuelve a reír el Rebetez que recuerda, con sus carcajadas que eran descargas
de vigor. Baraja unas fotografías que lo muestran enfundado en su traje
de recluta, alegre, satisfecho. Ya no es un muchacho tan flaco, sus mejillas
están llenas y su sonrisa es amplia.
Pasó un año viajando por todo el país, al lado de una batería de combate
que sólo puso a funcionar en las pruebas de entrenamiento. Se sentía cerca
de las huellas del padre, que en su juventud, además de relojero, había
sido atleta. Una época reconfortante. Contempla las fotos y añade que
después estudió ciencias económicas en la Universidad de Ginebra. Profesión
que nunca ha ejercido, porque en los años de estudiante se convenció de
que su camino estaba entre la estética y las palabras. «Cada vez que podía
me escapaba de la academia y me iba a París, a parir poemas bilingües
y a hacer traducciones para sobrevivir. Al principio no pensaba publicar.
Era discreto y la escritura era un medio para enfrentarme a mí mismo.
Encontré que escribir es una herramienta maravillosa para abrir el diálogo
interior. Cuando tenía algún problema o cuando estaba enamorado acudía
a la pluma y al papel y algo sucedía, como si escribir fuera un exorcismo».
En esa época, a Rebetez le gustaba cantar y tocar guitarra. Formaba parte
de la bohemia en el Barrio Latino y escanciaba jarras de vino y despachaba
libros con instintos bibliófagos, buscando las vértebras de un camino
literario nutrido por las insignias del simbolismo y los petardos desgarradores
del existencialismo sartriano. Se encerraba en un cuarto de hotel y se
dedicaba al oficio de la soledad que siempre ha sido escribir.
Prende otro cigarrillo, con habilidad mecánica, de fumador consuetudinario
que ha convivido con la nicotina desde su inquieta juventud de amaneceres
acompañados de niebla romántica y volutas de humo. Recuerda una anécdota
que considera definitiva. La paladea antes de pronunciarla. Sus ojos brillan
y junto al pirata de barba blanca aparece el rostro de un artista joven
que sigue acometiendo su decisión con los mismos bríos de antaño:
«Una noche de invierno, en un hotel sin calefacción, andaba cumpliendo
con el ritual del escritor. Por la ventana veo que mis amigos están en
el jolgorio, con muchachas y con vino, defendiéndose del frío y del aburrimiento.
Sentí que estaba perdiendo el tiempo y que la vida se me escapaba. De
inmediato bajé y me uní a la juerga, tal vez para siempre, porque nunca
he querido volver a subir al cuarto frío de una escritura ajena a la dinámica
de la vida. Me zambullí como en una gran copa de champaña, en un mar de
estrépitos y fragancias. Por eso jamás pude llevar la rutina de un intelectual
y mis lecturas nunca tuvieron una disciplina demasiado rigurosa. Escribir
y leer tenían que ser placeres. Hay escritores que interponen un escritorio
o una biblioteca entre ellos y la vida. Yo tomé el camino del regocijo.
Escribir era parte del viaje y yo me estaba asumiendo como viajero. Claro,
en la juventud se es más activo, hay mayor gasto físico. Ahora, en Providencia,
mi ritmo es otro. Le dedico más horas al placer de escribir, a las costumbres
del afecto, al lenguaje de las tempestades, a los goznes del tiempo, a
la numerología invisible del aire, al ajedrez, al dominó, al goce de existir
sin demasiadas presiones. Escribo a través del cedazo de mí mismo. Creo
que hemos especulado mucho y vivido poco y eso ha dado como consecuencia
una cultura intelectual divergente de la realidad. Si un escritor no tiene
vivencias puede ser un gran peligro, no solamente para él, sino también
para los demás».
Me suena a manifiesto, a declaración imperiosa. Lo veo, entre un rayo
de sol que se cuela por la ventana de su estudio y una bocanada de humo
que le concede cierto aire de bucanero. Tiene un pañuelo de colores amarrado
a la cabeza. Sus gestos amplios, su complexión robusta y su estilo de
vida me hacen pensar en Hemingway. Para ambos, París había sido una fiesta.
Pero a Rebetez no le gustan los toros, la cacería, ni los ambientes de
guerra. Hay algo en común: la fluidez portentosa, la mirada astuta y serena,
la barba de marinero viejo, el gusto por el ron y por las armas, el don
de la buena mesa y la resolución de vivir sin el mascarón de la apariencia.
Seguimos hablando, haciendo un inventario de sus idas y sus retornos por
el paso inapacible de los recuerdos.
EL SÍNDROME DE
LA REVOLUCIÓN
Un jazz complaciente llena
la estancia. Un silencio largo, un nuevo cigarrillo, que en sus dedos
parece el mismo, reconstruido muchas veces, de manera insistente, buscando
señales, esparciendo cenizas, huellas dactilares intangibles, signos compulsivos.
Un buen día, a los 23 años, decidió volver a Colombia, a la nada, a los
llamados de la casa.
«Mi madre heredó el taller de relojería de mi padre, en el pasaje Hernández.
Luego el taller se volvió joyería y pequeño almacén en proceso de liquidación.
Resolví meterme en una finca, en el valle donde hoy está la represa de
Guatavita. La finca era de unas amigas de mi madre que tenían una quesera.
Yo estaba en crisis, me consideraba un inútil, un tipo que no conseguía
trabajo. Me dediqué a respirar aire puro y aprendí a fabricar quesos.
En esa época lo lácteo y la profundidad de Edgar Allan Poe eran mi compañía.
Galopaba en los atardeceres soleados. Estaba alegre de no estar prisionero
en una oficina ejerciendo la profesión para la que me había titulado.
Como cualquier colombiano, era un desempleado más. Pero ninguna dicha
dura demasiado y me tocó conseguir trabajo. Empecé vendiendo suscripciones
de la revista Visión. Me fue bien y me resultaba interesante. Conocía
a mucha gente culta, intercambiaba ideas, información, controversia y
seguía escribiendo de manera independiente. Luego, a los pocos meses,
era gerente de Visión en Colombia, tenía un estrecho contacto con la casa
matriz en México y era uno de los corresponsales. Comencé a escribir para
un par de revistas internacionales y a manejar cierta capacidad de movimiento.
Más adelante Visión compró la revista Semana, que presidía Alberto Lleras,
y resulté gerenciando a trasmano ambas publicaciones. Tuve un punto de
vista para apreciar la realidad del país. La clase dirigente me decepcionó
por completo. Desde entonces -y mucho antes- la corrupción, la mezquindad
y la torpeza eran las asesoras del poder. Por otra parte, establecí relación
con figuras ilustres, valiosas, gratas a la memoria: Ramiro de la Espriella,
Jorge Child, Ómar Rayo, Jorge Gaitán Durán...».
El escritor viejo, patriarcal, repliega los ojos, mira los rostros del
pasado y se agita, resuella con sus pulmones de minero y se ofende cuando
le menciono el supuesto affaire que sostuvo con Alfonso López Michelsen,
en la época del MRL, cuando Rebetez fue director del suplemento cultural
del semanario La Calle, junto con Carlos Lemos Simmonds. En varias ocasiones
publicó poemas de corte revolucionario en la primera página. Parecía comprometido
con esa causa que rápidamente perdió el cauce, pero Rebetez insiste en
que nunca estuvo convencido de un líder que jugaba con la demagogia y
la fraudulencia política. Se declara, sin objeciones, «un desarraigado
de la vida nacional y de la vida intelectual colombiana». En esa época,
el hijo del relojero tenía prestigio social, así como dinero y una carrera
asegurada. Pero él era distinto: prefería ser un poeta anónimo y por eso
renunció a la revista Visión y al semanario La Calle. «Decidí llevar una
vida más acorde con mis valores, ya que los ejemplos del doctor López
no me parecieron muy nobles».
Terminaba la década del cincuenta y la revolución cubana era una bandera
que se agitaba en la historia latinoamericana. Rebetez hacía eco de los
propósitos renovadores. En esos días comenzó a dejarse la barba, a la
usanza revolucionaria. Se hizo amigo de los nadaístas, sobre todo de Amílkar
U, en Medellín, pero no gustaba del redil y por eso nunca se consideró
parte de ningún movimiento. Recuerda la figura hermosa y menuda de una
italiana afincada en el Valle de Aburrá, rubia, montada sobre un caballo
de paso, que conquistaba las calles de Medallo. Se trataba de Dina Merlini,
teatrera y desaliento de más de un poeta nadaísta. La misma que ahora
lo añora, con los ojos húmedos, sentada en una silla de su casita, en
la Tom Hooker Street, en San Andrés, viendo pasar las marejadas del tiempo.
Nunca fue comunista; el marxismo no terminaba de convencerlo. Algo faltaba,
pues el piso de lo económico no era suficiente para acogerse a un determinismo
frío y dogmático. La inquietud social y la rebelión nunca lo dejaron.
Su sensibilidad lo ponía al lado de los desposeídos, pero creía más en
su conciencia individual. Sabía muy bien que como ser humano tenía una
identidad única, cósmica e intransferible, más allá de los esquemas ideológicos
y de la cédula de ciudadanía. Volvió a relacionarse con Camilo Torres
y se dejó contagiar por el fermento insurgente. Anduvo colaborando como
escritor y periodista y un buen día terminó en La Habana, apoyando la
revolución cubana, como peón, en las comunicaciones, sin el salvoconducto
de la izquierda exquisita -como llama a los dirigentes del Partido Comunista-.
Recuerda las partidas de ajedrez con el Che Guevara, a las cuatro de la
mañana, en su habitación rústica del fuerte La Tenaza. Fumaban sendos
tabacos e intercambiaban ideas. Por ese entonces el Che era presidente
del Banco Nacional y acababa de llegar del Escambray. Recuerda una frase
indeleble que le escuchó a Guevara: «En la revolución, como en el ajedrez,
las decisiones no deben partir de un estado de ánimo sino de un estado
de conciencia». Pero la burocratización revolucionaria, la vigilancia
intelectual, el fundamentalismo filosófico y sus ganas de mutar lo hicieron
replantearse el camino. Sintió que nada tenía que hacer en la isla y decidió
marcharse, por su cuenta y riesgo, aventurando, jugando con las cartas
del destino, construyendo y deconstruyendo su revolución invisible.
EL LLAMADO DE LO PRIMIGENIO
En Cuba, Rebetez tuvo contacto
con las expresiones ancestrales de la santería y los tambores atávicos
le produjeron esa indescriptible vibración de los sentidos que se abren
como una flor de percepciones extraordinarias frente a las visiones caleidoscópicas
del universo. El Caribe lo llenó de mar y veleros, de antiguas añoranzas,
de cantos de puerto y leyendas de piratas y marineros. Rebetez se pone
una de sus gorras de capitán griego y su imagen de lobo de mar me recuerda
el aspecto de un personaje descrito por Jack London, uno de sus maestros
en el arte de narrar historias de aventuras en los mares prodigiosos de
la literatura. Vuelve a tomarse la palabra, como un hombre sediento se
bebe un vaso de Bush Rum, el ron autóctono de Providencia. Empuña una
pipa de espuma de mar, labrada en forma de cabeza de pirata, la carga
con picadura Borkum Riff y sigue haciendo uso del verbo, viviendo cada
palabra con intensidad irrepetible.
«Las expresiones antiguas de los pueblos siempre me han atraído. Las estudiaba
como un asunto antropológico, pero el contacto directo me cambió algunos
criterios. Luego, el estructuralismo de Levi Strauss me ayudó a comprender
lo que inicialmente habían sido intuiciones. Por eso me interesó la filosofía
de las religiones afroamericanas. El criterio que manejaban casi todos
los revolucionarios frente a los rituales, esos tesoros vivientes de las
culturas ancestrales, era bastante reaccionario. Algunos hablaban de alienación
pseudorreligiosa y brujería, y no lograban comprender que estaban ante
un complejo cultural que persistía a pesar del tiempo, las devastaciones
culturales, los cataclismos sociales, el peso de las religiones, la estrechez
de las ideologías y el menosprecio académico. Ni alienación, ni museo
vivo: simplemente rastro de lenguajes esenciales que la civilización ha
olvidado. La santería es una raíz metida con el corazón del pueblo cubano
y los dirigentes, a pesar del revestimiento renovador, tenían una visión
estúpida, plana, sin profundidad; no se habían liberado del punto de vista
del colonizador. Sin embargo lo ideológico es relativo, y esa pelea entre
comisarios y babalaos la ganaron los babalaos. Hay algo en la esencia
de los pueblos que resulta persistente: lo cósmico y lo terrígeno. El
negro, el indígena, el hombre antiguo encarnan conceptos que no coinciden
con la mentalidad occidental, pero eso no puede dar pábulo para descartar
herencias que pertenecen a la composición natural de nuestras raíces.
Las razones de Occidente son unilaterales. Una razón universal debe tener
en cuenta la diversidad cultural y el valor de los orígenes. El sentido
del universo marca la historia no escrita que siempre está presente en
los acontecimientos de los pueblos y de los seres».
Cuando retornaba a la casa de su madre, sin propósitos concretos, se detuvo
en México, durante una escala, porque no existían vuelos directos desde
La Habana hasta Bogotá. De súbito, sin pensarlo demasiado, optó por quedarse
en el D.F. No tenía ganas de volver a Colombia. Nuevamente se dejó llevar
por sus impulsos y comenzó una etapa fecunda en creaciones y rica en conocimientos
que lo puso en contacto con la vida intelectual de un país que lo acogió
con franqueza y le permitió penetrar el flujo interior de lenguajes primordiales.
La escala inicial era de tres días, que se prolongaron por casi 30 años.
Una santera cubana se lo había dicho en el oráculo de las conchas, una
noche de rituales, cuando supo que las raíces lo inducían a buscar sus
propios pasos, en los intervalos imprevistos, en las escalas azarosas
que le alteraban el rumbo y le señalaban nuevos destinos.
Estudió restauración de arte colonial y ejerció el oficio en una galería
de arte, donde también trabajaba con objetos precolombinos. Indagó sobre
temas relacionados con antropología y adquirió conocimientos de arqueología,
suficientes para identificar la procedencia de ciertas piezas y calcular
su antigüedad. Viajó buscando guacas y encontrando gentes de conocimiento
entre los ancianos y las tradiciones que sobreviven en una nación de poderosa
composición indígena. En los pueblos remotos, con un revólver al cinto,
trató con guaqueros e intentó hacer buenos negocios, para dedicarse a
escribir. Por ese entonces recorrió senderos intransitables, se asombró
con el colorido de los pájaros de la sabiduría, degustó las maravillosas
virtudes gastronómicas de los mexicanos, aprendió a comprender el lenguaje
perdurable de las piedras y se acercó a las ceremonias que prevalecen
en la territorialidad cultural de las etnias nativas.
«El México de los charros y los licenciados nunca me gustó y tampoco me
interesa. Pero hay un México que está a la vista de todos, que casi nunca
vemos -porque no sabemos ver-, que es maravilloso. Es la supervivencia
del pasado aborigen a través del idioma, las costumbres, la comida, los
códices de la memoria y las ceremonias sagradas que restauran el sentido
mítico y cósmico de la vida y de la muerte. Ese México primordial me trastocó
los pensamientos y contribuyó al descubrimiento de luces que andaba buscando.
En esa época me debatía con conceptos encontrados. Me consideraba revolucionario
pero entendía que mi búsqueda no se detenía en los asuntos programáticos,
pues interiormente presentía otros rumbos. Cuando hablo de lo interior
también me refiero a lo exterior, porque son dos realidades indivisibles
y determinantes. Hablar de lo interno únicamente es algo incompleto. Esa
dicotomía entre arriba-abajo, adentro-afuera, figurativo-abstracto, idealismo-materialismo
no existe en el pensamiento prehispánico o en la cosmovisión de los orientales.
En ellos predomina la noción de unidad y de contrarios recíprocos. En
mi caso, no soy ni idealista ni materialista sino todo lo contrario».
Rebetez suelta una carcajada y recuerda alguna frase memorable de Porfirio
Díaz. Afirma que los mexicanos son un cuento aparte y que sus ideas acerca
de la realidad tienen el toque mestizo y mágico de un imaginario poblado
de simbologías monumentales y de mitos que no han muerto. Está prendado
de México y es claro su agradecimiento por el país que le proporcionó
las condiciones necesarias para ejercer sus tentativas literarias. Se
dedicó a escribir cuentos de ciencia ficción, con temáticas espaciales,
logrando una expresión particular en el vasto panorama de la narrativa
de anticipación. Era un fervoroso lector de Ray Bradbury, Sturgeon, Asimov,
Lovecraft, Aldous Huxley, Arthur Clark... Mientras otros desataban el
boom, nuestro hombre cultivaba un género con pocos antecedentes en la
literatura latinoamericana. En 1964 la editorial Pájaro Cascabel publicó
su primer libro, construido con cuentos y poemas: Los ojos de la clepsidra.
Apenas supera los 30 años y sus textos dejan ver preocupaciones que se
mantendrán hasta el final de sus días: los mitos, las voces milenarias,
los astronautas, las naves espaciales, la cibernética, el ajedrez, la
simetría de la condición humana. Rocky Lunario es su primer relato de
science fiction, aparecido en este libro inicial y antologado luego hasta
publicaciones recientes. Rebetez se acaricia la barba de Santa Claus y
repasa los años prósperos, cuando vivía de sus artículos y de sus relatos
y la vida le sonreía placenteramente. «En esa época escribía hasta por
los codos», dice socarronamente.
RITUALES DE PELÍCULA
Las iniciativas de Rebetez
son vigorosas: su prosa fluye y sus proyectos tienen acogida en un medio
de agitadas ideas y de fuertes movimientos artísticos y sociales. Establece
nexos con Carlos Monsiváis, Arturo Ripstein, Efraín Huertas, Vicente Leñero,
Juan José Arreola, Juan Rulfo, José Luis Cuevas, Salvador Elizondo, Jorge
Portilla y otros personajes de una generación que le proporcionaría al
arte y a la literatura mexicana moderna una identidad auténtica y universal.
Tiene un encuentro decisivo que lo marcará en lo humano y en lo estético:
conoce a Alejandro Jodorowsky, poeta, dibujante, actor, cineasta, novelista,
director de teatro y aprendiz de mago, de origen chileno, de familia judía
y de carácter planetario. Jodorowsky es un poco mayor y ha caído en México
por azar, después de una gira con una compañía de mimos que había comenzado
su periplo en París. Realizan proyectos conjuntos y se retroalimentan.
Una de las aventuras memorables que emprenden es la edición de la revista
Crononauta, la primera publicación latinoamericana dedicada a la ciencia
ficción. Rebetez llega a decir que Jodorowsky es algo más que un autor.
Lo define como «un artista integral, un hacedor de épocas, un avatar,
un iniciado que siempre está vulnerando la estética». Lo cierto es que
hace poco, a finales del siglo XX, unos 33 años después, estos dos viajeros
del tiempo volvieron a encontrarse en el universo virtual y dialogaron
a través de Internet. Rebetez se fue primero de esta vida. Alejandro debe
estar pensándolo, frente a la pantalla de su computadora, redescubriendo
la imagen del viejo amigo que había recalado en el corazón del Caribe.
En 1967, Editorial Diana, en su colección Novelistas Mexicanos, publica
La nueva prehistoria, un volumen de pasta dura, de 222 páginas, en el
que la osadía juvenil se mezcla con la inteligencia literaria. Varios
de los textos son de antología, como el relato que le da título al libro
y que se ha publicado constantemente, en diferentes selecciones internacionales,
en diversos idiomas. El último cuento es Una historia de piratas, donde
aparece el gusto por los relatos de mar. Se advierten las huellas de Melville,
Poe, Defoe y R.L. Stevenson, escritores que lo acompañaron desde la infancia
y que todavía lo frecuentan, como una legión de fantasmas que lo abordan
desde los errantes galeones del sueño. El libro circula poco en Colombia
y los críticos lo fustigan: «Rechazaban mis incursiones en la ciencia
ficción, no admitían que tratara posibilidades aparentemente ajenas a
la problemática social. En un ensayo posterior sustenté por qué lo que
llamamos ciencia ficción es la crónica más fiel de nuestro tiempo y una
guía premonitoria del futuro. Afirmé, manteniendo el buen humor, que los
intelectuales subdesarrollados no irían a Marte».
Rebetez escribía una columna semanal de comentarios bibliográficos que
luego se publicaron en El libro hoy, un tomo de Editorial Diana en el
que el agudo ensayista se asoma entre la síntesis periodística y la habilidad
de un lector experimentado. Así mismo, en 1966, publica un ensayo en los
Cuadernos de Lectura Popular con el escueto título La ciencia ficción.
Cuarta dimensión de la literatura. Entre las curiosidades de su bibliografía
edita una versión personal del Tarot de Acuario que muestra a un autor
diestro en los oráculos y en el juego de barajas del hermetismo egipcio.
El escritor transpira seguridad y los años pasan como un torbellino donde
los goces de la vida, los amores, el libre albedrío y la certeza de los
caminos interiores conforman un conjunto en agitado movimiento. A esas
alturas estaba seguro de que «no se puede arreglar el manicomio antes
de haber curado la locura», refiriéndose a la necesidad de corregir las
causas que enfermaban al hombre contemporáneo, capaz de atentar contra
la naturaleza y contra su propia especie. Rebetez encuentra paralelismos
que convergen entre la cultura mexicana y el acervo de las filosofías
orientales. Es testigo del famoso seminario de budismo «Zen y psicoanálisis»,
cuando se encontraron Erich Fromm y D.T. Suzuki. Se nutre de las corrientes
de vanguardia y logra recoger los gérmenes de conocimientos que lo hacen
repetir, con el maestro japonés, que «en nuestras mentes hay desconocidos
meandros que se hallan más allá del umbral de la conciencia relativamente
construida».
El mundo está revuelto, sobrevienen los momentos trágicos de Tlatelolco
y la euforia del 68 adquiere fuerzas huracanadas. El arte se revoluciona,
las filosofías del underground ponen en tela de juicio los fundamentos
del racionalismo cartesiano, Oriente y Occidente se encuentran, colisionan,
lanzan esquirlas trangresoras y Rebetez sigue montado en el potro de la
creación. Trabaja como corresponsal para diversos medios periodísticos
y se desenvuelve entre cineastas, muy cerca de Jodorowsky y Juan López
Moctezuma. Escribe historias que van a parar a los experimentos del nuevo
cine mexicano, muy distinto de las producciones de los grandes consorcios
que alimentan el mercado latinoamericano con charros, parodias cantinflescas
y mojados. Jodorowsky hace dos películas que pertenecen a la historia
del cine arte que revoluciona sus formas y propone nuevos contenidos:
El topo y La montaña sagrada, las cuales acercan al realizador chileno
a monstruos como Federico Fellini y Luis Buñuel. Por su parte, Rebetez
se lanza a filmar una película que es documental y argumental al mismo
tiempo, en busca de la terra incognita de las iniciaciones mágicas en
los ritos de mazatecos, en las celebraciones que perviven en la península
de Yucatán, en las ceremonias de vudú entre los haitianos, en los misterios
del yagé entre los indígenas del río Pirá-Paraná, en las entrañas amazónicas,
en el territorio del Vaupés y en las proporciones alteradas de los rituales
urbanos que habían emergido de modo insólito entre los jóvenes de los
años sesenta, al ritmo de ácido lisérgico y psicotrópicos profundamente
reveladores. El título de la película es La magia y tiene como pretexto
fragmentos elegidos del Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas. Grabados
quedaron en esta película los cantos de María Sabina y de su hija María
Polonia, al igual que los trances extáticos de brujos y chamanes, en una
producción que demoró más de dos años de laboriosa dedicación.
ENTRE EL BUDA Y EL VUDÚ
Para provocarlo, le cambio
la película, lo saco de la magia y le digo que su discurso me suena a
eso que llaman «arqueología del pensamiento», es decir, esa forma de extraer
la parte muerta de las ideas que alguna vez estuvieron vivas. Reacciona,
impulsivo, en son de polémica: «Todo lo contrario: mi labor ha consistido
en extraer lo vivo de lo que se cree muerto, escarbando en conocimientos
genéticos, prefilosóficos, inherentes a la memoria de las culturas». Hablamos
de budismo zen y del satori o estado de gracia que precede la iluminación
y ejercita las percepciones del guerrero. Vuelve a La magia y anota que
investigando materiales de campo llegó hasta el vudú. Tenía una novia
haitiana y una gran curiosidad. El pretexto apareció a finales de 1968,
cuando una agencia de noticias andaba buscando un reportero para que cubriera
los sucesos políticos de una crisis sangrienta, de esas que se volvieron
habituales en el reino de Papa Doc. «Mi primera noche en Puerto Príncipe
estuvo sometida a un apagón total. No había luna llena, la oscuridad era
total, salvo cuando estallaban bombas y se escuchaban gritos y tableteos
de ametralladoras. Durante el día los muchachos jugaban en las calles
escamoteando la pobreza y por las noches se iniciaban los estallidos y
la pirotecnia. En cierta ocasión estaba en el hotel transmitiendo por
télex un cable periodístico, cuando de pronto dos hombres me interrumpieron
y me invitaron a disfrutar de su extraña compañía. No acepté y mostré
mi carnet de periodista. No me hicieron caso y sin mediar explicación
alguna fui conducido a una prisión. Tres días de interrogatorios. No me
dejaban dormir, no me permitían usar el teléfono».
Rebetez supuso que era su fin y se despidió del antropólogo en ciernes,
del arqueólogo-guaquero, del escritor bohemio, del restaurador de mitos.
Pero no había llegado la hora de su muerte. En esa ocasión lo salvaron
el pasaporte suizo y la buena suerte. El cónsul de Suiza logró sacarlo
y le aconsejó que abandonara el país lo más pronto posible. Pero el aventurero
incorregible se escondió en la casa de los padres de su novia haitiana,
unos mulatos que habían sido muy perseguidos por Duvalier. «La madre de
mi enamorada me conectó con un hombre definitivo en mi vida espiritual.
Lo llamó, simplemente, por su nombre: George. Era un negro alto, huesudo,
con lentes, que vivía en un pueblito llamado Maigate, en cercanías de
la capital. Lo recuerdo con una mujer muy bella, en un bar, rodeado de
amigos, bebiendo ron. Me acerqué y le extendí una tarjeta de presentación.
Me miró y se metió a la boca una semilla de calabaza y al hacerlo, cambió
ligeramente y se alisaron sus facciones. Su voz se hizo muy profunda y
la gente ya no lo trató igual y los que estaban cerca se distanciaron
un poquito. Me hizo preguntas acerca de mis intenciones y me escudriñó
hasta el confín de la conciencia y más allá. Luego dijo que podía quedarme
y escupió la semilla de calabaza; al hacerlo, volvió a ser un tipo normal,
la gente lo volvió a tratar igual y yo me quedé, bebiendo ron y conviviendo
con el maestro George, un hombre sabio en la milenaria cultura que había
llegado a las Antillas procedente del África. Lo vi oficiando varias veces,
invocando a los ancestros, dialogando con los tambores. Me enseñó a ser
negro, a sentir las presencias de sus entidades divinas y salvajes. Después
de algunos meses regresé a México y luego volví donde mi amigo haitiano
unas tres veces en un par de años. Recogí material para La magia y aprendí
muchas cosas que todavía, años después, estoy digiriendo, aquí, en Providencia».
Rebetez cambia de música y coloca unas hermosas tonadas turcas. Recuerda
que comenzando los años setenta formó una pequeña empresa cinematográfica
y trabajó como productor en varias películas. Cuando ese mundo, más ejecutivo
que artístico, le pesaba de manera abrumadora, decidió zafarse de todo,
renunciar a cuanto tenía. Una invitación a un simposio de filosofía budista
en el Japón coincidió con esos días de confrontación interior. Las disertaciones
y los ejercicios se llevaron a cabo en un monasterio del siglo XIII, situado
entre el monte Fuji y el mar. Cuando terminó el simposio, el escritor
colombo-suizo-mexicano pidió permiso para quedarse y allí permaneció un
año. «Vi nacer un libro que estaba escribiendo el maestro de ese lugar,
Gudo Nishijima, titulado El libro del dragón, un tratado de zen moderno.
Yo asistía a sesiones que se hacían alrededor del escrito y su desarrollo.
Luego, traduje el texto del inglés al español y prologué la edición que
publicó Elektra Editores. El budismo formó parte de mi totalidad y me
permitió atar cabos esenciales en el tejido interactivo de los conocimientos
perennes. El budismo, sí, esa extraña religión sin dios, donde la eternidad
y el instante se confunden». En Tokio, la calva brillante y las barbas
blancas del escritor causaron sensación entre los niños y los transeúntes.
Le pareció que el México indígena y el Japón milenario tenían demasiados
parecidos. Su vida había dado un nuevo viraje. Necesitaba cambiar, tenía
nuevas expectativas y una larga lista de amores y nostalgias.
«He sido un ser amoroso y mis relaciones con las mujeres nunca fueron
banales, sino terriblemente fuertes y prolongadas. De mi relación con
Esperanza Romero Ibarré quedó mi hija, Renata Rebetez. De mi amor por
Esther Echavarría nació el detonante de la crisis que me hizo pensar en
abandonar México. Era bella, muy mexicana, pero también podría ser una
campesina rusa. No puedo hablar de todos mis amores, pertenecen a la intimidad
de los recuerdos. Puedo asegurar que he sido afortunado en mi trato con
las mujeres. Creo que siempre he merecido los frutos jugosos del amor».
Rebetez exhibe su sonrisa de viejo zorro y suspira, oxigenando su sangre,
vibrando por dentro.
EL ULTIMO REFUGIO
De nuevo la brújula del destino
le marca puntos de viaje. Compra un pasaje de una ciudad centroamericana
a Bogotá, con escala en San Andrés. Quiere descansar, conoce amigos, se
desplaza en avioneta a Providencia y se queda en este archipiélago del
Caribe. Lo cautivaron los azules incomparables del mar, los destellos
coralinos, la feracidad de la naturaleza, el aislamiento estratégico que
podía utilizar para poner distancia con las aristas de su pasado y las
condiciones apropiadas para descansar, para ser feliz de manera sencilla
y natural. Gozó, brindó hasta la saciedad, jugó dominó, fue campeón de
ajedrez y dedicó la mayor parte de sus últimos catorce años a pensar y
a escribir. De su relación con Providencia queda un hermoso libro de pastas
azules, The Last Resort, editado en versión bilingüe por Tercer Mundo
Editores. Son textos breves, sabios, que le rinden homenaje a la belleza
insular y a la gente nativa, mezcla de los viajes de la sangre y de los
avatares de la mar. Antes de eso, escribe artículos polémicos y publica
dos volúmenes de narraciones: Ellos le llaman amanecer y Cuentos de amor,
terror y otros misterios, en los que reúne relatos de diversas épocas,
algunos aparecidos anteriormente en la primera edición de La nueva prehistoria
y otros de factura más reciente. Relatos que enlazan lo literario y lo
filosófico, condensando una buena dosis de las preocupaciones centrales
del autor en torno a los misterios del universo y a la aventura del pensamiento
en ámbitos del futuro imaginario. En la lista de sus creaciones se pueden
incluir una versión del I Ching, diseñado por su amigo Ómar Rayo, y un
excelente libro de cocina providenciana, que es algo más que un manual
gastronómico, pues abarca una seria investigación etnográfica y antropológica
vertida en prosa sencilla, condimentada con aguzados apuntes sobre la
identidad isleña.
Su obra no es demasiado extensa, pero alcanza curvas culminantes con la
escritura de su último libro: La odisea de la luz, un tomo compacto en
el que estudia, con minuciosidad de relojero, la trayectoria del sufismo
y sus contrastes con la física cuántica, con la ingeniería genética, con
la biología nuclear y con el desarrollo de la ciencia. Para Rebetez el
sufismo no es una doctrina, ni una religión, ni una ideología. Lo resume
en forma directa, sin accesorios: «Se trata de un camino donde uno se
construye a sí mismo. Yo encontré que ese camino era común en muchas culturas.
Desde la más remota antigüedad, diferentes escuelas enseñaron veladamente
la única libertad posible para el hombre: su transformación voluntaria.
El sufismo predicó esta verdad más o menos abiertamente, al abrigo del
islam, pero el verdadero origen de la sabiduría sufí es desconocido».
Piensa que inició sus estudios acerca de este camino cultivado en la antigua
Persia, en los territorios imperiales de los otomanos, en Pakistán y en
los países árabes, porque confluyeron las circunstancias apropiadas y
su búsqueda personal. En México había tenido relación con círculos que
se dedicaban al estudio de las enseñanzas de Gurdjieff. Aprendió con ellos
asuntos teóricos y ejercicios prácticos de respiración orgánica, al igual
que danzas cósmicas que inducían la sensación esencial de contacto con
el todo universal.
Antes de partir de México, Rebetez recorre buena parte de los Estados
Unidos, dictando conferencias y proyectando su película. En Nueva York
entra en contacto con unos derviches iraníes. Estudian, conversan, intercambian
experiencias y el viajero de sí mismo se apasiona por el tema. «En su
estado actual, el hombre es un ser extraviado, sin memoria de su origen
y su destino, pero posee los atributos necesarios para recordarse a sí
mismo y moldear su identidad definitivamente. El sufismo parte de la premisa
de que el ser humano no es un producto terminado: esta labor corresponde
al individuo mismo y se desarrolla desde los ingredientes que lo constituyen.
A partir de este trabajo de regeneración será posible una metamorfosis
total del ser humano, análoga al proceso que transforma al gusano en mariposa».
A mediados de la década del ochenta la Universidad Tecnológica del Medio
Oriente, cuando el escritor ha fondeado en Old Providence, lo invita a
un simposio que se realiza en Ankara. Es la oportunidad de conocer directamente
las señales del sufismo, que se mimetizó durante los últimos siglos en
el islamismo pero que, de hecho, guarda antecedentes más antiguos que
el propio islam. «Entré en contacto con escuelas de tradiciones herméticas
y visité puntos históricos del sufismo en Turquía. Me convencí de que
era imposible evitar esas tradiciones que mantenían sus ciclos evolutivos
entre las ruinas de reinos perdidos y los vestigios de civilizaciones
que ya olvidaron el legado de los antepasados. Después de esa especie
de peregrinación decidí escribir La odisea de la luz». Rebetez suda, se
limpia la frente con un pañuelo de pirata y decide hamacarse en el balcón
de su cabaña, frente a las visiones del mar. Los ojos vuelan y las palabras
se suspenden en un silencio cargado de elocuencia.
Este hombre, que disfrutó de tiempos providenciales y devoró libros y
manjares, se encerró varios años para acometer la escritura de su último
libro. Fue una verdadera odisea, a veces con la sombra de las dificultades
y las tinieblas de una indagación dispendiosa que entraba en choque con
los quehaceres de su vida cotidiana. Su compañera isleña, Luisa Canencia
Britton, lo recuerda ensimismado, completamente entregado a la computadora
y a los libros, sin darles importancia a la comida o a las cosas exteriores.
Digitaba incesante hasta bien entrada la madrugada y al mismo tiempo desarrollaba
un nutrido epistolario con diferentes corresponsales de distintos países.
La vida lo encontró con el psiquiatra Alberto Ulloa, en la isla de San
Andrés, un estudioso del sufismo que cuenta con una biblioteca selecta.
Ese contacto le abrió opciones de información específica al alcance de
la mano y niveles de intercambio con opiniones muy cercanas a su búsqueda
de orden vital y filosófico. A finales de 1996 la escritura de La odisea
de la luz estaba casi culminada. El escritor experimentaba el placer de
la misión cumplida y la fatiga de quien ha entregado buena parte de sus
energías viscerales a la construcción de un tramo del camino que siempre
había buscado como fuente trascendental. Siempre estuvo convencido de
que la escritura de esta obra fue un acto legítimo, consecuencia de todas
sus indagaciones y el cumplimiento de un deseo personal de forjarse un
alma competente con las expectativas de su propia filosofía. El libro
le proporcionó alegría y un buen número de lectores que se interesó por
un tema relativamente exótico en nuestro medio. Un tema milenario que
no resulta del todo ajeno si pensamos en la herencia morisca que nos llegó
a través de los españoles, de distintas maneras, en formas sutiles, junto
con las herejías sarracenas y las dudas renacentistas. En abril de 1997
La odisea tiene luz editorial y Rebetez siente que ha puesto su aporte
para los contemporáneos del futuro. Es un poeta, un alquimista de la palabra,
un ensayista de alcances intelectuales poco comunes, un hombre independiente,
un pensador libre.
Lo veo sonreír con todo su rostro bonachón de abuelo legendario. Siente
que ha vivido con gusto y que no se arrepiente de nada. Tiene un libro
en proceso, El peón y la dama, que reflexiona sobre el ajedrez como oráculo
y como juego perfecto que maneja las altas matemáticas del conocimiento
supremo y, a la vez, es la expresión sofisticada del sentido lúdico aplicado
a las estrategias del combate, de la vida y de la muerte. Sus investigaciones
acerca del sufismo lo han llevado a conectar sus estudios con la vocación
precoz de jugador de ajedrez y con algunos preceptos que Robert Graves
expone en un capítulo del libro Los dos nacimientos de Dionisio. Piensa
en el escrito, ordena materiales, toma notas, incinera cigarrillos, corrige
guiones y hace planes para enfrentarse al nuevo siglo. Ha escrito literatura
de anticipación, ha pensado en lectores venideros y en historias que cumplan
con los cometidos del misterio poético. Tiene 67 años, su apariencia es
saludable, disfruta con desenfreno del fulgor del baile y de las mieles
de los placeres terrenales, porque siendo místico no es precisamente un
asceta. Es un hombre con una gran vocación por la felicidad y el ingenio.
Transpira buen humor y no duda que entrará al año 2000 con energías suficientes
para terminar su ciclo creativo. Brindamos con Bush Rum, exaltamos la
memoria de los piratas y de la Gran Hermandad de la Costa, nos referimos
a las páginas de Alexander Exquemelín, cirujano y bucanero, y finalmente
nos deseamos suerte. Algunas semanas más tarde, René Rebetez ya no estaba
en este mundo. En vísperas del año 2000 falleció de un infarto fulminante,
en el hospital de San Andrés. Murió alegre, de buen humor, gozando sus
últimos instantes, convencido de que sus libros estaban dispuestos para
ser conocidos en un tiempo que ha perdido la orientación y el sentido
de la vida. Dejó un epitafio, conciso y tal vez irónico: «Aún hay más».
Su obra es un desafío, una herencia inquietante. Su refugio definitivo
fue la isla de Providencia, esa joya engastada en el corazón del Caribe.
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