POR GUSTAVO VALLE

A Vicente Troya

El 18 de noviembre de 1799, Alejandro de Humboldt partía en barco de las costas orientales de Venezuela hacia el litoral central. Su plan consistía en arribar al puerto de La Guaira y ascender por el pedregoso camino montañero hasta la ciudad de Caracas. Después de hacer una navegación de cabotaje en sentido oeste, a lo largo de las costas del bravo mar de las Antillas, observó con estupor la aparición de las cumbres de esta serranía costanera (el Ávila), en cuyas faldas se refugia el agitado puerto de La Guaira: «Tan engrosada parece la masa de montañas cuanto por primera vez se la percibe del lado del mar, que creíamos ver los Pirineos o los Alpes, despojados de las nieves, alzándose del seno de las aguas». A juzgar por su fuerte oleaje, La Guaira venía a ser, más que un puerto, una rada. El desembarco de mercancía y las acciones propias de un puerto se realizaban no sin dificultad. Se trataba de un lugar más apropiado para la defensa y prácticas militares, que para el comercio y la navegación tranquila.
Su estratégico emplazamiento, situado en la ladera de una colina regularmente fortificada, la protegía celosamente de los ataques desde el mar. Los tiburones abundaban en sus aguas, aunque el mismo Humboldt les otorga una actitud benévola e indiferente hacia los hombres de la zona que arriesgaban el físico bañándose allí. Fundada presumiblemente por don Pedro de Osorio en 1587, la Guaira ofrecía un puerto seguro y próximo a la capital: «En buenas mulas no se gastaba sino tres horas para ir del puerto de La Guaira a Caracas». El proyecto de Humboldt (tan ilustrado y enciclopédico) consistía en hacer un levantamiento científico de la zona, que incluyera registros termométricos, barométricos, topográficos, geológicos, astronómicos, botánicos, etc., todo esto bañado por las contingencias y placeres del viajante y la más viva y saludable curiosidad germana. En aquella época La Guaira era azotada por la mortífera fiebre amarilla, y entre los habitantes más ilustrados de la zona se debatía el origen de la temible enfermedad. Un grupo aseguraba que un navío americano había traído consigo el mal. Se trataba de un bergantín venido de Filadelfia que había puesto al cuidado de los médicos españoles de La Guaira a varios «americanos del norte, atacados de tifo». Otro grupo pensaba que la enfermedad, lejos de ser foránea, había nacido allí mismo, argumentando para ello una «alteración extraordinaria en la constitución atmosférica», causada por la crecida y desbordamiento del río de La Guaira: «Este torrente -apunta Humboldt-, que por lo general no tiene 25 centímetros de hondo tuvo, después de 60 horas de lluvia en las montañas, una crecida tan extraordinaria, que arrastró troncos de árboles y masas de rocas de un volumen considerable. El agua medía durante la crecida de nueve a doce metros de anchura, por dos o tres metros de profundidad. Suponíase que había salido de algún depósito subterráneo formado por infiltraciones sucesivas en las tierras movedizas y nuevamente desmontadas. Varias casas fueron arrebatadas por el torrente... Más de 30 personas perecieron». La ingente cantidad de agua estancada a consecuencia de las lluvias y del aumento del caudal del río provocó la emanación de miasmas y gases tóxicos que pudieron acelerar el desarrollo de la fiebre amarilla en la zona. Además -observa Humboldt-, «reinan a menudo en Macuto y Caraballeda (poblaciones vecinas de La Guaira) fiebres intermitentes, pútridas y biliosas». Humboldt estaba al tanto de los peligros de contagio y siguió las consejas de los lugareños que le indicaban dormir, no en La Guaira, sino «más arriba de la villa de Maiquetía», sitio donde los vientos más templados esparcen y difuminan posibles aires miasmáticos, nauseabundos. La estancia de Humboldt en La Guaira y sus alrededores fue de un poco más de dos meses, a juzgar por las cartas que envía antes de su estadía y durante ésta. En una de las misivas, dirigida al barón Von Zach, y fechada en Cumaná el 17 de noviembre de 1799, anuncia su salida al puerto de Caracas para el día siguiente. En otra, fechada en La Guaira el 5 del pluvioso año VIII (calendario republicano francés), y dirigida a A.F. Fourcroy, hace saber su pronto viaje hacia Caracas por temor al contagio. Es decir, en poco más de dos meses, Humboldt no se contagia de una fiebre amarilla inevitablemente mortal, pero gracias a esta viva preocupación nos legó el relato1 de un desastre natural de características casi idénticas al sufrido recientemente en la misma zona. El río que menciona Humboldt con el nombre de La Guaira corresponde a la pequeña quebrada Osorio que atraviesa con su hilo de agua todo el casco antiguo de la ciudad, y que crece en forma sorpresiva y descomunal cuando las lluvias descargan largamente en las montañas. El relato de Humboldt guarda similitudes francamente sorprendentes con la tragedia ocurrida el pasado mes de diciembre de 1999: largas horas ininterrumpidas de precipitaciones; troncos de árboles y grupos de rocas gigantescos que bajan desde el cerro del Ávila hasta las poblaciones costeras; grandes masas de agua depositadas en el seno de la montaña arcillosa que, como si se tratara de la rotura de un dique, se arrojan desde lo alto; casas arrancadas de raíz y sepultadas por el lodo. Incluso, el número de muertos a causa del desastre es equivalente en algo al actual. Humboldt habla de seis mil a ocho mil habitantes para la época, y en su relato registra 30 muertos; es decir, cerca de un 1% de la población. Siendo uno de los principales puertos del país, a través de La Guaira no sólo llegaron alimentos, herramientas, enseres y productos diversos provenientes de Europa, sino también las noticias y los libros generados por el pensamiento republicano francés, que traían la doctrina y la esperanza de la emancipación a una clase criolla boyante en lo económico pero ignorada y marginada en los asuntos políticos. Así La Guaira, a través del concurso de ilustrados lugareños como José María España y Manuel Gual, se convirtió en el primer enclave libertario organizado de Venezuela (e incluso de América)2, hasta el punto de trazar una inteligente estrategia de rebelión a nivel nacional, con la participación y el apoyo de un gran número de personas influyentes; sin embargo, la conspiración se descubrió poco antes de llevarse a cabo, y a ambos «protomártires de la independencia» (romántico adjetivo que la historia les ha obsequiado) se les pasó, de inmediato, por las armas. A José María España le deparó un final espantoso: se le sentenció a la horca «y a ser arrastrado a la cola de una bestia de albarda y después de muerto a ser descuartizado, poniendo su cabeza en una jaula de hierro a la entrada de La Guaira, y sus cuartos a la del pueblo de Macuto». En el embargo practicado en la casa de España se encontró una vasta biblioteca en diversos idiomas y más de 80 legajos escritos de su puño y letra. En 1585 el temible sir Francis Drake se apoderó de la ciudad de Santo Domingo y la saqueó. Luego repitió en la hermosa Cartagena de Indias, quedando el puerto de Caracas (La Guaira), en Venezuela, como próximo y apetecible botín. En la capital la alarma estaba dada, y sus habitantes andaban muy inquietos por el peligro inminente. Era la época en que piratas y filibusteros azotaban a placer las costas del mar de las Antillas. Imagino al duro de Drake deambulando su crueldad con elegancia, como si se tratase de un Burt Lancaster sobre la proa del Bourford, o algo parecido. El despiadado capitán Flint de la Isla del tesoro escogió «frente a Caracas» el lugar donde enterrar su cuantioso botín. La mitología filibustera es rica, y la zona del Caribe será para siempre una inmejorable locación cinematográfica3. En una joyita titulada «Diario de la expedición de La Guaira y Puerto Cabello, bajo el mando del comodoro Charles Knowels», se relata el ataque de una escuadra inglesa de 19 naves al puerto de La Guaira. La narración es inquietante y hermosa. Las órdenes de Knowels eran tomar el puerto y «librar a sus habitantes de la tiranía de la Compañía Española Guipuzcoana»4. En realidad eran piratas profesionales al servicio de la corona británica, muy fuertemente armados, con barcos de gran envergadura y más de 70 cañones. Todo comenzó a las seis de la mañana del 2 de marzo de 1743 en la plaza de La Guaira, defendida por el comandante de la guarnición, don Mateo Gual y Pueyo (abuelo del protomártir Manuel Gual). Para comunicar la alarma a la capital, primero se escucharon dos disparos de cañón en el baluarte de La Caleta (La Guaira), repetidos a su vez por los cuerpos de guardia de Torrequemada, la Venta, la Cumbre y el Castillito, hasta llegar la noticia a Caracas: «Escuadra enemiga a la vista en el puerto». Se trataba del telégrafo de artillería que advertía a los habitantes de la capital sobre cualquier peligro y riesgo venido del Caribe. El relato es, en el fondo, el de una «gloriosa» victoria por parte de la gente del puerto venezolano luego de cinco días de fuego cruzado e intenso. Imaginemos 19 naves inglesas alineadas estratégicamente, escupiendo «balas de libra y media, bombas comunes, bombas incendiarias y granadas», hasta sumar más de nueve mil disparos sobre el pequeño poblado de La Guaira. Las bombas incendiarias hicieron estragos en una edificio cuyo almacén albergaba cien quintales de pólvora. Una bomba destruyó los cañones del fuerte San Gerónimo, y ya los ingleses comenzaban a dar gritos de victoria; sin embargo, la agitación de las aguas del puerto favoreció a los de tierra, obligando a los ingleses a practicar una puntería dudosa. Esto lo aprovechó el comandante Gual y Pueyo para descargar en repetidas ocasiones los 94 cañones de sus fortificaciones y hacer mucho daño en las embarcaciones inglesas, que debieron retirarse hacia Curazao gravemente maltratadas. La victoria, que en principio parecía imposible, dada la capacidad de destrucción de la escuadra inglesa, quedó registrada en los anales nacionales como una gran hazaña militar, a pesar de haber sufrido La Guaira y sus pobladores graves daños a causa de los miles de cañonazos. La ciudad ha debido lucir su aspecto más triste y desolador, con muchas de sus edificaciones reventadas por la acción repetida de las bombas, y visiblemente agujereadas e inservibles sus calles y terrenos. Varios años más tarde, el 26 de marzo de 1812, un devastador terremoto causa estragos en Caracas y todo el litoral central de Venezuela, incluyendo La Guaira y sus poblaciones vecinas (Caraballeda, Naiguatá, Macuto, etc.). Es este desastre natural el que sirve a Simón Bolívar para elevar su famosa consigna republicana: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella». Recientemente inaugurada la independencia, ni la naturaleza misma -a juicio de Bolívar- iba a obstaculizar el nuevo proceso. La frase está preñada del mejor romanticismo hispanoamericano, y la memoria colectiva la registra junto a su correlato iconográfico: Bolívar, subido sobre las ruinas del desastre, arenga a la población desesperanzada5. En una partida del libro de defunciones de la parroquia de La Guaira se puede leer lo siguiente: «El 16 de marzo de ochocientos doce hubo un fuerte y espantoso terremoto que arruinó a esta población, en el que se perdieron muchos libros parroquiales, porque luego que se concluyó el terremoto se levantó una nube de ladrones que no dispensaban cosa alguna: el latrocinio fue tanto, que se dudó qué había hecho más daño, si el terremoto que arruinó la población o el hurto que despojó a cada uno de lo que el terremoto les había dejado». La misma partida habla de 1.500 personas fallecidas. Ante el panorama de la destrucción en medio de una ciudad rota y desolada, brota una «nube de ladrones», que al no tener nada y sólo contar con la precaria vida que les queda, se destinan al robo y al pillaje quizás como una forma de paliar, con algún objeto o alimento robados, la terrible miseria y la ignorancia en la que han estado desde siempre sumergidos. El pillaje desatado después del desastre ocurrido el pasado diciembre de 1999, que tuvo como objetivo principal numerosas casas, negocios diversos y los contenedores del puerto repletos de mercancía, guarda insólitas semejanzas en cuanto a la agresividad y desmanes cometidos. La destrucción viene a abrir una peligrosa válvula de escape de contenido social, revelando una población fracturada en su dignidad y profundamente confundida por la acción del cataclismo. Ahora bien, no sólo los devastadores caprichos de la naturaleza acudieron a estas tierras poco afortunadas. El uso y el abuso de que fue objeto la cordillera costanera que colinda con La Guaira por el norte y con Caracas por el sur, llamada comúnmente el Ávila; la intensa explotación agrícola y agropecuaria que durante muchos años produjo el cansancio y la erosión de parte de sus tierras, testimonia y revela cómo también la mano del hombre y su intervención irracional son responsables de muchas de las «alteraciones extraordinarias de la constitución atmosférica». El sabio y científico Henri Pittier -llegado a Venezuela en la década de los veinte, quien más tarde se haría cargo del observatorio de Caracas- realizó un estudio pormenorizado de las precipitaciones y de la temperatura de la zona. Allí advierte que las mediciones efectuadas a lo largo de 40 años acusaban variaciones drásticas, y atribuyó esto a la deforestación y sus terribles consecuencias: «La tala exagerada de los bosques, ayudada luego por el constante recorrido de millares de cabeza de ganado cabrío, causó la desaparición del suelo fértil y la desnudación de las vertientes». La pérdida de selvas en las alturas del Ávila, donde se encuentran los nacimientos de sus múltiples ríos, impide la condensación necesaria para la creación de los manantiales. Cuando por accidente se encuentran y chocan masas aéreas frías y calientes, se producen fuertes aguaceros cuyas aguas correrán sobre superficies ya erosionadas, arrastrando consigo grandes cantidades de detritos de todo tipo, hasta llegar a las poblaciones asentadas en las faldas de la montaña, con gran fuerza y capacidad destructora. Por fortuna se escucharon las sabias advertencias de Pittier y se emprendió un programa de reforestación con características, sin embargo, algo excéntricas: las partes erosionadas por la acción de los agricultores o los incendios se repoblaron con eucaliptos y pinos, árboles sin duda de gran belleza, pero inapropiados para la constitución y características del Ávila. La consecuencia fue un mayor resecamiento del suelo y su progresivo deterioro químico, impidiendo así el nacimiento de especies autóctonas y acelerando el proceso de erosión. En febrero de 1951 se registra otro diluvio en las misma zona: 36 horas ininterrumpidas de lluvia, todos los ríos desbordados, elevado número de muertos, desaparecidos y viviendas destruidas. Con el mismo reloj caprichoso con que se suceden los terremotos, nuevamente la montaña mostraba su rostro menos amigable. La carretera que comunicaba La Guaira con Caracas sufrió más de cien derrumbes, y la línea ferroviaria cerca de 180. Como la construcción de la autopista avanzaba con rapidez, se tomó la decisión de abandonar dicha línea ferroviaria, prácticamente destruida, sin prever ningún plan de sustitución o desvío para el tren. Las lluvias ayudaron a darle muerte a un medio de transporte que ya la oronda nación petrolera había sentenciado y despreciado, a cambio de los beneficios del asfalto y el confort del automóvil. El desastre natural del pasado diciembre de 1999 arrojó la escalofriante cifra de 50.000 muertos, la mayoría desaparecidos. El paso de las rocas y los troncos gigantes, así como la avalancha de lodo que bajó desde las cumbres, han hecho del terreno un espacio irreconocible, y ahora se requiere otro mapa para orientarse. Los barrios residenciales, los sitios turísticos y de desahogo de la gente integran ahora una arqueología espantosa. Bajo cuatro metros de lodo se esconde una nueva capa geológica, como si se tratase de una escena pompeyana. Recorrer esos terrenos dejó en mí la marca de una profunda incredulidad: ¿cómo pudo suceder esto? Fue como asistir, no a la marcha, sino al salto súbito de los procesos naturales, que suelen tomarse millones de años. Los cadáveres se convertirán en anónimos fósiles; las casas albergarán huéspedes subterráneos. Entre los ataques piratas, el martirio de sus héroes, los terremotos, y estas periódicas avalanchas tropicales, La Guaira y todas las poblaciones situadas en las faldas del Ávila acumulan en sus archivos una historia dolorosa. Ignoro si Humboldt habrá dado finalmente con la procedencia de la terrible fiebre amarilla en las costas venezolanas, pero lo que sí es cierto es que su afán ilustrado, su olfato enciclopédico y la habilidad de su pluma nos obsequiaron, casi por casualidad, uno de los
primeros relatos de un desastre que se ha repetido a lo largo de las épocas y que, sin embargo, no cuenta todavía con nombre propio. Aluvión, cataclismo, aguacero, alud, etc., no parecen voces que caractericen suficientemente la magnitud de la tragedia. A los huracanes del Caribe se les bautiza de inmediato: Andrew, Bret, Mitch. Los terremotos adoptan el nombre de la ciudad donde tiemblan. Pero esta periódica avalancha de lodo no tiene aún denominación propia. Se nos ha quedado anónima en medio del espanto. Quizás esta falta de nombre reconocible por todos y para todos, la ausencia de una voz exacta y a la vez popular, sea la causa de una gigante desmemoria, y el motivo de la ausencia de toda prevención. Las palabras, las crónicas caen en el olvido, se archivan en una cámara de polvo y duermen largamente sin que nadie, al parecer, rescate y recoja su experiencia. Vivimos una suerte de círculo de la ignorancia, y en él giramos y giramos hasta perdernos y caer muertos. Nuestra prevención -cuando aparece- consiste, no en pre-venir sino en pre-llegar; es decir, llegar antes que nadie, inoportunamente, ignorando cualquier aviso.

Gustavo Valle (Caracas, 1967). Ensayista, poeta, colaborador habitual de la revista española Cuadernos hispanoamericanos y de las páginas culturales de periódicos de Venezuela. Actualmente escribe su tesis de doctorado en literatura hispanoamericana para la Universidad Complutense. Reside en Madrid.

 

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