LA ULTIMA MIRADA DE LA ESTRELLA

Por: Humberto Dorado

Humbero Dorado (Bogotá, 1951). Actor de teatro, cine y televisión. Autor de numerosos guiones cinematográficos, entre los que se encuentran Técnicas de duelo y La estrategia del caracol.

«Tamarindo seco se le caen las hojas,
agua derramada no hay quien la recoja».
(De un chandé del río Magdalena atribuido
a María de Jesús Palomino, «La Chula»)
«Too nice a day to die».
C. Woolrich
«Wer hat dies Liedlein erdacht?»
(Lied de Gustav Mahler)

Ella terminó de sellar las rendijas de su apartamento de un solo espacio rodeado de ventanales. Puso toallas húmedas en todas las grietas por donde pudiera filtrarse el aire. O escaparse el gas.

Había agotado todas sus reservas de paciencia, y venía madurando la idea desde hace mucho tiempo, hasta el punto de haberse sorprendido en el transcurso de todo aquel año diciéndose a sí misma «me voy a matar», con la misma naturalidad y frecuencia con la que en sus dos épocas de maternidad decía «me voy a vomitar», y lo hacía.

Y pensó —y esto lo consultó indirectamente con Patricia Miranda, la puertorriqueña que manejaba los asuntos de prensa en la editorial donde ella trabajaba como traductora del ruso— que el día de Navidad era un buen día. Ella, ella por sí misma no tenía importancia. Pero su muerte, un suicidio el día de Navidad, sería noticia. Y aunque no es que le importara mayor cosa el destino de sus despojos, sabía que un poco de ruido les facilitaría los trámites a los funcionarios de la embajada. Por ellos sentía cierta compasión. Conociendo la burocracia, sabía que su trabajo iba a ser duro. Por su familia, no.

Su familia se reuniría como lo había hecho siempre todos los años en la casita de campo desde donde se divisaba la ciudad vieja de Jarkov, al norte de Ucrania, a mascullar sus frustraciones y a recordar las hazañas de los viejos soldados de la familia, frente a lo cual su muerte no pasaría de ser un evento pálido y menor. Pero necesario.

La prefiguración de su velorio era una imagen recurrente que se le aparecía con frecuencia, pero que de alguna manera no le causaba ninguna molestia. Era como la sensación de ver lo que ya había ocurrido, como verse a sí misma desde el después. Eso era. El resultado final de sus actos. De los actos que iba a ejecutar ahora. Hoy. Ya.


Estaba colocando su bata empapada debajo de la puerta, cuando se le ocurrió que el método del gas no era bueno. Esa manía perfeccionista de juzgarse, para pensar que todo lo que hacía podría ser o haber sido mejor. Pero la muerte con gas sólo la había visto en las películas. Recordó El matrimonio de María Braun, Hanna Schygulla prendiendo el fósforo y volando por los aires. Uno debía quedar irreconocible. Eso no le gustó nada. Le afeaba sus planes. Y una explosión así, en un edificio viejo, con unas precarias instalaciones eléctricas remendadas por ella misma, podía pasar. Y lo que era peor: la onda expansiva podría romper los ventanales. Y en lugar de un bello cadáver, ella podría convertirse en una masa horrible con el rostro desfigurado por las quemaduras y los vidrios. Pero, como era su manía, ella también había previsto la eventualidad de que el plan del gas no funcionara.

Buscó entre los papeles de su escritorio —una mesa ordinaria y rústica que en otros tiempos ordenaba con rigor geométrico— la receta que había tenido el cuidado de obtener del médico que frecuentaba la editorial desde hacía varios meses por la traducción de un manual inconcluso de precauciones para extranjeros que visitaran el trópico.

Los motivos de su determinación estaban claros para ella: los momentos felices de su vida ya habían ocurrido. La vida, lo que podría llamarse vida, ya había quedado atrás: su esplendor profesional, su amor por el joven latinoamericano que conoció en la universidad en Moscú —que le había parecido un espantapájaros la primera vez que lo vio—, su exilio voluntario y feliz, el amor por su nueva patria, sus dos hijos nacidos en la tierra de su esposo, su fervor de misionera laica que quiso iluminar el caos con su luz y su verdad, todo lo bueno ya había pasado. El resto era bajada. Los momentos brillantes, plenos, dichosos, habían sido reemplazados por un estado de ánimo permanentemente sombrío. Y ella era perfectamente consciente de que ese sentimiento —¿cómo llamarlo? Tal vez de amargura— la estaba llenando, le estaba ganando terreno en su cabeza sin que pudiera evitarlo. Ahora hasta en sus hijos veía tenebrosos claroscuros, veía la sombra terrible del papá, el espantapájaros que se había transformado en un monstruo y también veía que este país, su tierra prometida, se había vuelto un infierno que parecía el lugar al cual el Dios de sus abuelos habría escogido para dar pruebas al hombre de su todopoderosa e infinita maldad.

Después de revolcar todo el escritorio, encontró la receta escrita en la letra clarísima del médico que quería negar cualquier rasgo que lo identificara con la medicina alopática, trazando con caracteres limpios y seguros el nombre de ese potente somnífero químico —prescripción paradójica y contradictoria para el naturista— que, con una dosis que ella ya había calculado, obraría de manera dulce pero letal desde su cabeza, pasando por sus ojos, y recorriendo su sangre hasta sus pulmones para por fin llegar al corazón.

Sonrió al conjeturar que moriría igual que Marilyn Monroe pero completamente vestida y sin sus cinco gotas de Chanel # 5. Tal vez con un trago de aguardiente o ron. «Y con más años», pensó. Y dejó de sonreír. Para tratar de obtener un papel en este país donde ella era una desconocida había mentido tantas veces acerca de su edad que para estar absolutamente segura, tenía que hacer lo que ahora hacía: mirar su pasaporte. Se sobresaltó por un segundo al constatar que ya tenía 42, y que en sus cuentas había pasado por alto sus tres últimos cumpleaños.

Buscó la libreta de teléfonos. Siempre, desde que le instalaron el teléfono inalámbrico, la perdía. Mientras la buscaba observó el desorden que estaba haciendo. Y el que había acumulado durante la semana: pedazos de papel de regalo por todo el piso, los libros en ruso que habían llegado a la editorial y que se quedarían sin reseñar, la ropa que había lavado la víspera. ¿Para qué lo habría hecho? Tal vez para no dejar de hacer su disciplinada rutina de todas las semanas. Para morir en un día cualquiera. Era un día festivo, pero no por ella. Era un día festivo cualquiera, pero no para ella. Pero no. No podía pensar en eso. No podía darse el tiempo de pensar mucho. Ya había pensado. Había decidido por cuenta propia que se había convertido en una vieja prematura y amargada. Se había convertido en lo que no quería. Había dejado de ser la persona que era para volverse —o sentirse que se había vuelto— una cosa. Pero una cosa viva, lo cual era inadmisible. Y por eso haría el último acto soberano de su vida: matarse. Pero como había aprendido que lo que ella sentía no era EXACTAMENTE lo que en realidad era, suponía que los sentimientos que iba a despertar su muerte no eran los sentimientos que se tienen hacia las cosas —las cosas permanecen o desaparecen, pero no mueren—. Y ella, muerta —también lo había pensado—, no podía despertar sentimientos diferentes de la compasión o de la lástima. Por eso le disgustó tener que PENSAR además dónde mierda había dejado la libreta de teléfonos. E igual PENSÓ que ese apartamento desordenado, con su ropa colgada a secar por todas partes «los trapos al sol», no reflejaba lo que ella había sido: un dechado de orden y pulcritud, sino lo que había llegado a ser: una confusión total donde todo se pierde. En especial la libreta de teléfonos para buscar el número de la farmacia.


Por fin la encontró y no muy lejos de su lugar: al lado del teléfono. Quizá no estaba perdida, pero ella la buscaba de todas maneras. Quizá no todo era como ella lo percibía, pero ahora no había lugar para objetividades. Ella era lo que haría. Y punto.

Marcó el número de la farmacia —y mientras lo hacía se dio cuenta de que se lo sabía de memoria—, pero la sola intención de recordarlo le resultaba una tarea ardua. Tampoco quería recordar.

La persona que le respondió le reconoció la voz y la llamó por su nombre.

—Feliz Navidad, señora Liuba —el de la farmacia la llamaba por el diminutivo de su nombre, pero él no lo sabía—.

Ella contestó con una fórmula de cortesía, tratando de soslayar sus emociones y fingirse —tantas veces lo había hecho, aun profesionalmente— lo más tranquila posible al pronunciar el nombre del somnífero. Pero antes de que pudiera llegar a ese punto y hacer su pedido, la voz en el teléfono le dio la molesta información:

—No, señora Liuba, me da pena, pero todavía no tengo servicio a domicilio. Es que anoche tuvimos una reunioncita para darles los regalos a los empleados, y brindamos. Y usted sabe cómo son los muchachos, abrieron las anchetas y se bebieron los licores. Y todavía no han llegado. Pero TRANQUILA que seguro se aparecen por aquí más tarde porque hoy estamos de turno en la noche.

Y agregó los habituales «con mucho gusto», «qué pena con usted» y «siempre a la orden», términos que tanto trabajo le habían dado cuando, recién llegada, empezó a machacar su español aprendido de un profesor gallego que se parecía apenas lejanamente a esto que se hablaba aquí.

—Grathiash —dijo, y pronunció como lo hacía entonces.

Y se sentó desolada a rumiar su desagrado como tantas veces lo había hecho porque aquí en este país las cosas no funcionan cuando deben funcionar. Pero también había aprendido a reprimir ese sentimiento. A reprimirlo después de darse cuenta de que era completamente inútil preguntarse el porqué. Se había quedado ya tantas veces sin respuestas. Por qué no funcionaban los horarios, por ejemplo. Aquí la hora de los compromisos funcionaba o por la costumbre, o por el antojo, pero no había horarios. Y la disciplina era tan relativa, tan laxa y tan vaga como el concepto de progreso, o de cultura. Todo era oscuro, como el cielo casi siempre gris con nubarrones de esta ciudad adormecida a 2.600 metros de altitud sobre el brazo oriental de la cordillera de los Andes.

Total, tendría que salir a caminar las cinco o seis cuadras que la separaban de la farmacia, regresar y tenderse en su cama para siempre.

Temió que de pronto este contratiempo pusiera en peligro su plan. Y tal vez para tratar de disipar ese temor imaginó, mientras se duchaba, que estaba lavando su propio cadáver. Y lo hizo con primorosa minuciosidad, con la certeza de que dentro de unas horas ese, su cuerpo, iba a estar en manos de unos desconocidos. La idea ni siquiera le repugnó ante la perspectiva de que muy poca gente tenía el triste privilegio de poder limpiar a gusto su propio cadáver. Muerta, ya no importaría nada.

A las 10:30 de la mañana del 24 de diciembre, Liubov Sniégova, nacida en la región de Kursk, en Rusia, y ahora ciudadana colombiana, abrió la reja del ascensor de su viejo edificio situado en frente de la Biblioteca Nacional, y salió a la calle. A la calle 24.

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Arturo Morales le echó una última ojeada a la pantalla de su computadora, y pulsó la tecla de «imprimir».

Mientras los aparatos hacían lo suyo, él prendió un cigarrillo y salió al balcón de aquella oficina situada en el piso 21 sobre la avenida 19, en el centro de la ciudad. Desde ahí se veían los toldos que solían instalar los artesanos durante el mes de diciembre dos cuadras más abajo, un mercadillo conocido como «la feria del juguete». El balcón era habitualmente el sitio de los fumadores, en los días normales, ya que el lugar permanecía lleno de los empleados de la compañía de comunicaciones llamada presuntuosamente «boutique», que en realidad lo que quería anunciar era que hacía cualquier cosa en materia de audiovisuales, desde organizar los videos para congresos de ortodoncistas hasta diseñar programas para alimentar al monstruo devorador de la televisión, pasando por documentales, comerciales, páginas para Internet, afiches, chapolas, invitaciones o lo que se ofreciera. Pero ese día no. Ese día no había nadie. Arturo, tal vez deliberadamente, había dejado pendiente la redacción de unos textos, para tener la disculpa de levantarse temprano ese día de Navidad y enviar unos e-mails. Uno de ellos a su exesposa, de quien no tenía noticias desde hacía más de un mes. Ni siquiera sabía en qué país estaba. La última nota la había recibido desde Alemania, a principios de noviembre. Él le mandaba sus notas a una dirección electrónica que ella recogía desde donde estuviera, y a veces le contestaba.

Arturo estaba cansado. Llevaba solamente ocho meses trabajando en esa oficina, trabajando como una mula, sin descanso, y no quería hacer nada. Sólo caminar un rato, comprar una muñeca de trapo en la feria y, si se animaba, por la tarde ir a visitar a una tía enferma y llevarle —como todos los años por estos días— la muñeca envuelta en papel de trineos y campanas para engrosar su colección —formada toda con las que él le había regalado—, a comer buñuelos con almíbar y a enterarse de todas las novedades de la familia. A él no le interesaba, pero le divertía la manera como su tía contaba todas las incidencias familiares, con pelos y señales. Le encantaba que reservara para él las versiones más insidiosas y malvadamente detalladas. Le divertía cómo se divertía su tía. Él, por su parte, le daba razón de su vida, para que su tía a su turno la contara en la reunión familiar de Año Nuevo, a la cuál él no había asistido sino una vez después de su «repatriación». Como no había terminado sus estudios, y la facultad había sido prácticamente liquidada, había regresado al país con un sabor de derrota, que le supo más amargo en aquella fiesta familiar de bienvenida. Se prometió a sí mismo evitar las reuniones de Año Nuevo, y su tía lo apoyó, ofreciéndose a ser su vocera oficial, por decirlo de alguna manera, y así lo había hecho cumplida y fielmente en los últimos años. A donde su tía podía ir mañana o pasado, si no se animaba esa tarde, pero la muñeca de trapo sí tenía que comprársela hoy. Las hacía una sola mujer en toda la feria, y se agotaban muy pronto.

La impresora se quedó en silencio, y Arturo apagó su cigarrillo con la agradable sensación de que a partir de ese momento era libre. Había salido de sus obligaciones de oficina, y tenía un par de días completamente libres por delante. Quería estar solo. Y quería SENTIRSE ocioso y LIBRE. Quizás así podría pensar. Guardó los impresos en un sobre, lo marcó y lo dejó sobre el escritorio de la secretaria. Ella sabía qué hacer con eso. Cerró la puerta de la oficina con doble llave, y salió. Mientras el ascensor bajaba los 21 pisos del edificio se miró maquinalmente la muñeca y se dio cuenta que había olvidado ponerse su reloj, de modo que mientras le deseaba Feliz Navidad al portero del edificio, miró de reojo el reloj de la recepción, el reloj donde cada mañana todos los empleados timbraban su tarjeta. Eran las diez de la mañana y tres minutos.

Bajó por la avenida 19 y atravesó la avenida séptima no sin antes mirar la plaquita que siempre miraba, cada vez que pasaba por ahí, una placa inútil en letras de bronce que decía «la esquina con el encanto de lo moderno», que estaba ahí desde quién sabe hace cuántos años. Ya había visitado la feria el domingo anterior, de modo que no tuvo necesidad de detenerse en ninguno de los tenderetes de esa gran juguetería de pobres, sino que llegó directamente al puesto de las muñecas. Pero no había. Y la señora no estaba. La muchacha pecosa, de claros rasgos indígenas, casi niña, que tenía un bebé de brazos colgando del pañolón, le informó:

—No, no está. Es que es temprano todavía. Ella llega por ahí a las once.

—¿Se acabaron las muñecas?

—No lo sé, señor. Pero vuelva en un ratito, que si necesita, ella misma las hace.

Arturo siempre solía tener a mano un plan alterno. Desde que regresó al país siempre preveía que fallaran los planes. No le disgustaba esperar. Si por eso fuera, aquí cualquiera se volvería loco. («Del futuro en Colombia no hay nadie que pueda dudar; el futuro es presente en Colombia: se llama esperar». Decían los versos finales de un poema de Martinón.) Lo que sí le disgustaba era perder el tiempo. Así que caminó por la carrera octava hacia el norte, y se sentó en uno de los puestos de la plazoleta situada frente a Las Nieves (siempre se había preguntado por qué una iglesia podría llamarse así) a lustrarse los zapatos mientras miraba pasar a la gente. Eso era algo. Notó que habían instalado un puesto móvil de la policía en una especie de trailer, en uno de los costados de la plazoleta. En Navidad el centro siempre se infestaba de ladrones. De toda índole: desde los choferes de taxi que cobraban a voluntad su tarifa, hasta veloces ladronzuelos que rapaban carteras y paquetes navideños a los transeúntes. Se quedó mirando a cualquier parte, mientras el hombre que le cepillaba con vigor los zapatos rezongaba comentarios sueltos acerca de la necesidad de cuidar el cuero y protegerlo con mayor frecuencia. De pronto, le llamó la atención que un par de chiquillos que jugaban detrás del trailer policial realmente no estaban jugando. Estaban acechando. En Bogotá se los llamaba con el muy afrancesado término de gamines. Y siempre, salvo cuando se bañaban en la fuente de la calle 26, parecían estar siempre ocupados en algo, pero lo que realmente estaban haciendo era acechar. Arturo, ducho en la vida del centro de la ciudad, había aprendido a detectarles el brillo de los ojos. Y ellos a él. Tal vez por eso, y por la condenada suerte que había tenido en la calle, desde niño, nunca le había pasado nada en Bogotá. Había aprendido a andar alerta sin que se le notara. Parecía muy tranquilo mirando una vitrina, pero siempre examinaba si alguien se le acercaba por la espalda. Se dirigía al ventanal del almacén no para ver el interior, sino para ver el reflejo exterior. Para ver pasar a alguien que había visto de reojo mientras caminaba. Ya era una especie de rutina adquirida con los años. Y esos chiquillos que jugaban dándole patadas a una tapita de cerveza, tenían en los ojos el brillo de la fiera al acecho. Dejó de mirarlos directamente y prendió un cigarrillo. Había visto muchas faenas de asalto y raponazos, y sabía que lo mejor era no meterse. Era una condición desgraciada esa de tener la certidumbre de que había cosas ante las que poco o nada se podía hacer. Y menos él que, con todo, se sentía un extranjero en su propia tierra.

Arturo miró el reloj de la iglesia de Las Nieves. El enorme minutero estaba arrastrándose con un leve sobresalto hasta marcar las 10:37. Cuando bajaba la vista la vio aparecer por la esquina norte de la plazoleta. Lo que primero miró fue su cabello rubio y ondulado. Pero lo que le llamó la atención fue que tratándose sin discusión de una extranjera, por su vestuario, su caminado, su facha, se desplazaba con la propiedad de un nativo en aquel lugar donde nadie podía sentirse del todo seguro. Pero ella caminaba tranquila, tigre en el monte, pez en el agua. Arturo le lanzó una rápida mirada a los gamines. Y claro, ellos la miraban a ella.


La acción ocurrió en segundos. Uno de los niños le lanzó un zarpazo a las orejas, buscando los aretes, y cuando ella levantó las manos para cubrirse la cara, el otro le dio un violento tirón a su pequeño bolso, reventando la correa. La mujer dejó escapar un grito, un grito tremendo, mientras los dos niños rapaces huían en direcciones opuestas.

Lo que vio Arturo Morales fue sencillamente que el niño con el bolso se dirigió a carrera tendida justo hacia él. Arturo se acababa de levantar y el chiquillo decidió saltar por encima de la caja de embolar. En un acto casi reflejo, Arturo atrapó en el aire al gamín con el bolso. Y sin darse cuenta cómo, de pronto se descubrió cargando a un niño que no tendría más de once años en dirección al puesto de policía. Pero ese niño lo miraba con ojos de animal, de animal acosado. La mujer rubia recuperó un zapato que había perdido en el jaleo, y se dirigió hacia Arturo con el lóbulo de la oreja izquierda sangrando ligeramente. Lo detuvo antes de que llegara al trailer de la policía.

—Espere... ¿qué va a hacer?

Arturo se detuvo. En realidad no sabía.

—Pues voy para aquel trailer. Es una estación móvil de la policía.

—Es mi bolso.

—Lo sé —dijo Arturo mirándola, y le pareció que había visto antes la cara de esa mujer—, pero hay que ir a la policía.

—¿Cómo se le ocurre? —gritó ella—. Devuélvame mi bolso y listo.

Arturo no supo qué hacer. La decisión con que ella propuso la solución más simple le pareció razonable. Trató entonces de desprender el bolso de las manos del chiquillo. pero éste se revolvió, aferrándose a su presa. Arturo pensó en soltarlo. Y en ese momento llegó un agente de la policía.

—¿Qué pasa aquí?

Y la explicación de una cosa tan sencilla, tan de todos los días en esta ciudad, se volvió un embrollo. La mujer rubia se indignó con Arturo, inexplicablemente para él. Pero ella no concebía que un hombre que tenía todas las trazas de un hombre civilizado, hubiera maltratado a un niño, cazándolo en el aire como si fuera un zancudo. El policía, que al principio tenía todo claro, entró en suspicaces sospechas ante el vehemente alegato de la rubia que él creyó que era gringa contra el hombre; a su vez, el chiquillo puso cara de Cristo crucificado y, primero, se aferró al bolso como si fuera suyo, y después se lo entregó a Arturo con un gesto de «perdónalo, Señor, que no sabe lo que hace, ahí te devuelvo MI bolso». El policía pidió refuerzos con un pito y, total, cuando llegaron a la estación móvil, el policía arrastraba al niño, la rubia despotricaba contra Arturo, y éste tenía el bolso, cuerpo del delito, en la mano.

Arturo miraba a la mujer, y por allá, dentro de su cabeza, su propia voz le repetía: «A esta mujer la he visto antes».

Otro policía que estaba dentro del trailer miró a todos con esa tranquilidad de quien no sabe nada y está dispuesto a aceptar cualquier cosa. Se sentó delante de una máquina de escribir y tomó una hoja con un membrete de la policía o algo así. Tecleó la fecha y preguntó, no sin cierto aburrimiento rutinario:

—Nombre del denunciante...

Nadie contestó. Arturo miró a la mujer. Tal vez por su nombre la podría recordar. Todos miraron a la mujer. Ella seguía indignada.

—¡Cuál denunciante! Sólo quiero que me devuelvan mi bolso...

Todos miraron a Arturo. Él se quedó un momento pensativo, observando el bolso que tenía en las manos. Ahora quería saber el nombre de esa mujer.

—¿Y usted qué hace con ese bolso? —preguntó el policía.

—Nada —se apresuró a responder Arturo, mirando el bolso que tenía entre las manos, y agregó rápidamente—: Vi cuando este muchacho le rapó el bolso, y lo agarré...

—Entonces usted va a tener que declarar como testigo —terció el otro policía.

Arturo se quedó mirando a la mujer. Ella le disparó una mirada de advertencia, con chispas y fuego. Él había visto esa mirada. Antes.

—No voy a denunciar a un niño —dijo ella.

—Ponga la denuncia entonces contra el señor —dijo el policía que forcejeaba con el gamín señalando a Arturo—. El señor es el que tiene el bolso robado, ¿o no?

—Miren —dijo Arturo con voz tranquila tratando de mantener la calma—, les propongo que aquí la señora se identifique ante la autoridad, compruebe que el bolso es de su propiedad, yo se lo devuelvo y sanseacabó, asunto concluido...

Hubo un silencio. Arturo respiró profundamente. Creyó que había dado con la solución, pero la cosa no era tan sencilla.

—¿Y qué hago yo con este ladrón? ¿Lo suelto para que siga robando? —vociferó el policía.

Y en ese momento el gamín lanzó su quejido:

—¿Sí ve, monita? Ayúdeme; ¿sí ve que éstos creen que yo robo por gusto? Yo robo por necesidad. Y lo que quieren estos ricos gonorreas es matarme. Pues mátenme, hijueputas. Favor que me hacen. ¿Eso es lo que creen, que yo robo por gusto? Compadézcase, monita, ¿sí ve?

—¡Suelte a ese niño! —dijo la mujer en tono más que perentorio. El lloriqueo del gamín había dado frutos.

Entonces fueron los policías los que perdieron la paciencia, y después de un alegato contra la falta de colaboración ciudadana, que incluía los «y después dicen que la impunidad es culpa nuestra» y los clásicos «por eso es que este país está como está», etc., y las consabidas réplicas, las cosas se fueron aclarando a gritos. Los policías revisaron minuciosamente el contenido del bolso, y leyeron con lentitud la fórmula médica. Cuando ella dijo su nombre, y número de pasaporte para constatar su identidad, Arturo tuvo la plena seguridad de que la conocía. Pero no se acordaba ni cómo, ni dónde, ni porqué. Y el momento no estaba para averiguarlo. Con todos disgustados, la escena terminó en que ella hizo soltar al ladrón, no puso el denuncio, recuperó su bolso, y para rematar las cosas, puso punto final apostrofando a todos con una sentencia luciferina:

—¡Cómo se les ocurre que yo voy a denunciar a un niño el día de Navidad!.

Y sacudiendo su melena dorada, la mujer dio media vuelta y siguió su camino.

Arturo, muy aburrido, con la cabeza llena de corrientazos y sentimientos contradictorios, se dirigió a buscar su muñeca de trapo. Cuando salió de la plazoleta, fuera de la vista de los policías, el gamín liberto lo abordó:

—Ya que me dañó el trabajo, regáleme una limosna, doctor...

Arturo no supo si reír o pegarle. Pero en ese momento vio que la mujer se había devuelto y venía caminando hacia ellos. Le dio un billete al niño, asegurándose de que ella lo viera claramente.

—Tome, pero no joda más —le dijo en voz baja, para que ella no lo oyera claramente.

El gamín salió corriendo. La mujer se le acercó a Arturo tendiéndole su mano y esbozó una sonrisa, que le salió endiabladamente sincera, endiabladamete radiante, endiabladamente hermosa.

—Perdóneme —se excusó ella, y le estrechó la mano—, olvidé darle las gracias.

Él sintió en su mano el cálido y vigoroso apretón.

—Lo único que lamento es que se me están enredando los planes que tenía para hoy —señaló ella agregando un tintecillo de amargura a su sonrisa.

—Lo siento mucho. No fue mi intención.

—Lo sé —respondió ella.

—¿Qué horas son? —preguntó él.

—Como las once —contestó ella.

—Pues espero que MIS planes no se hayan enredado —dijo él.

—Si hay algo que en que yo pueda ayudarle... —dijo ella.

—Voy a la feria del juguete, a buscar una muñeca —dijo él—. Me podría ayudar a escogerla; digo, si se le embolataron sus planes, pues a lo mejor tendrá tiempo...

—¿Cómo dijo que se llamaba? —preguntó ella.

—Arturo Morales —contestó él—. Y usted Liubov, ¿verdad?

—Sí —dijo ella—. Liubov Sniégova. Sniégova.

—Liuba —dijo él, usando deliberadamente el diminutivo.

Ella se sorprendió de que él supiera usarlo.


Y se estrecharon de nuevo la mano. Él había oído ese nombre. Estaba seguro.

Caminaron el resto de la mañana y terminaron riéndose del episodio. Arturo fue más locuaz. Él le contó que se había ganado una beca en un concurso, y había ido a estudiar a la Unión Soviética, pero que no había pasado en Moscú sino su primer invierno completo, que después había pedido un traslado a otra universidad, pero que por razones explicables sólo por los «laberintos interruptus» de la burocracia estatal, había terminado en Alemania Oriental, en un pueblo tan aburrido que no había encontrado otra cosa que hacer que casarse para luego divorciarse, que luego había caído el muro de Berlín, las dos Alemanias se habían integrado y su facultad, dedicada al estudio de la filosofía, había sido reestructurada, y él quiso volver a la Unión Soviética, pero como si lo persiguiera el huracán del Apocalipsis, se había acabado la Unión Soviética. Y la universidad internacional donde después de mucho esfuerzo había conseguido ser aceptado para un programa de estudios de literatura, había quedado en un limbo político y presupuestal más próximo a la inexistencia que a una muy anunciada y difundida reactivación. Él y sus compañeros se quedaron esperando la tan cacareada reapertura hasta que el consulado de Colombia los repatrió en un acto humanitario, rescatándolos del hambre y del frío en el invierno nevado, después de que se apagaron para siempre las calderas de la calefacción en las residencias estudiantiles para extranjeros. Luego había intentado ingresar en la universidad aquí, pero no quisieron reconocerle casi ninguna de las asignaturas que había aprobado. Argumentaban que todas las materias eran marxismo, y que como la Unión Soviética estaba en lo que estaba, era una prueba de que el marxismo estaba en bancarrota, ergo él sólo había estudiado disciplinas, y metodologías de una ideología obsoleta e inútil. Conclusión: si quería estudiar, tenía que empezar de nuevo de cero. Y lo intentó, pero al poco tiempo consiguió un trabajito en comunicaciones y le quedó gustando; no volvió a la universidad y por ese camino siguió y por ahí iba. Pasándose los días pensando en los ingredientes de los caldos instantáneos y escribiendo cantidades enormes de frases hechas que proclamaban las virtudes de unos detergentes que jamás había usado.

—Me pasé los mejores años de mi juventud tratando de encontrar unas respuestas. Cuando las tuve, me cambiaron todas las preguntas, —dijo Arturo, a modo de corolario.

En un momento dado pasaron por el tenderete de las muñecas de trapo. La viejita de rostro arrugado y verde había llegado tarde, pero con un stock renovado. Arturo compró la de su tía, y le regaló una. En medio de carcajadas, escogieron una monigota de pelo de lana amarilla, con las piernas pespuntadas con unas medias viejas de lycra, la que más se parecía a ella.

—¿Y tú? —preguntó él cuando salieron de la feria del juguete y pidieron un expreso en la cafetería Salerno sobre la carrera séptima. Iba a agregar «me parece haberte visto antes», pero se detuvo, porque ella empezó a hablar.

Pero fue mucho más parca. Le habló en medio de silencios y cavilaciones. Quizá porque tenía que escoger con cuidado lo que no quería contar. Le contó que había nacido en la región de Kursk, que había estudiado en Jarkov, en Ucrania y que finalmente había logrado su sueño de ingresar en el Instituto de Cine de Moscú. Allí había conocido a un compañero colombiano, con quien había pasado de la sorpresa al asombro —mencionó la palabra «espantapájaros»— y de ahí al amor total. Su marido y ella habían terminado al tiempo sus estudios. Él había estudiado dirección y su tesis de grado había sido un elogiado proyecto de un largometraje argumental que debía filmarse en Colombia, pero pensado de tal manera que la historia no sólo se entendiera, sino que tocara las fibras sentimentales de la mentalidad de un espectador soviético, gran pretensión —que finalmente no muchos años después habían logrado las telenovelas de más bajos perfiles—; de modo que se vino con él a realizar la película, se embarcaron juntos en el sueño, se casaron y tuvieron dos hijos antes de que pudiera estrenarse por fin la ópera prima de su esposo. Y ella, que había llegado con la esperanza de continuar su carrera como actriz, terminó criando sus hijos y ayudando de vez en cuando con traducciones. Ahora trabajaba en una editorial. Se había independizado, estaba tranquilamente separada y veía a sus hijos cada vez que podía, porque no vivían con ella. Y estaba en un momento en que prefería la tranquilidad a la felicidad.

Sin darse cuenta, habían terminado el café. Y se había logrado lo mejor que puede esperarse de un encuentro inesperado: cierta curiosidad, cierta alegría, cierta confianza. La cafetería estaba vacía, pero afuera la gente iba y venía, cada vez más numerosa y cada vez con más premura. El tráfico se había puesto más denso, aunque fluía con velocidad.

Ya era mediodía cuando salieron a la calle. Sin saber por qué, caminaron hacia el norte, en dirección al edificio de ella. Arturo le confesó que la había visto antes, que encontraba en ella algo tremendamente familiar.

—Es posible —dijo ella, tratando de dilucidar rápidamente el asunto—. Cuando era estudiante hice algunos papeles para la televisión —y antes de que empezara el consabido interrogatorio de títulos, autores, personajes, etc., puntualizó—: Pero no me gustó. Me daba miedo, ¿sabes?

—Qué cosa, ¿actuar?

—No, actuar no. Actuar me fascinaba. Es uno de los misterios fantásticos del ser humano. No, me daba miedo lo que pasaba después.

Arturo, que había empezado a escarbar en su cabeza las imágenes de lo que había visto en la televisión durante sus tiempos de estudiante, suspendió momentáneamente su búsqueda y preguntó, sinceramente intrigado.

—¿Por qué? ¿Qué pasaba después?

Ella sintió que la pregunta rozaba los recovecos de su intimidad, y contestó secamente. Sin embargo, sintió que un leve calor de sonrojo subió a sus mejillas. Y no le disgustó. Eso la espantó.

—Que cuando actuaba, yo representaba a otra persona. Pero para la gente yo era esa otra persona, y la gente conocía era a esa otra persona, no a mí, ¿me explico? Hasta llegaban a enamorarse de esa otra. Y eso me daba miedo. Pero total, no quisiera hablar de eso. —Hizo una pausa—. Aunque ahora que conozco tu historia, creo que pudiste verme en muchos lugares. En Moscú, en la universidad, aquí... no sé. Lo cierto es que yo a ti no te había visto antes.


Caminaron un rato en silencio. Él la miraba de reojo. Cuando llegaron a la 24 con séptima, ella se detuvo. El tráfico del mediodía se había congestionado y entre pitos, motores acelerando y pregones de vendedores ambulantes, había un ruido infernal. Ella tuvo que alzar la voz para sobreponerse al ruidaje.

—Bueno... —dijo ella.

—Bueno... —dijo él.

Era claro que no querían despedirse. Sentían cosas por dentro. Pero para afuera no salía nada. Otro silencio.

—Yo vivo subiendo por esta calle. Gracias por la muñeca.

—Ajá...

Y otro silencio.

De pronto ella soltó una carcajada. Y fue al grano.

—¿Qué hace un tipo como tú la noche de Navidad?

—Buñuelos —dijo él—. ¿Te gustaría probarlos?

—Sí —dijo ella, y sonrió.

Ella lo invitó a que la acompañara hasta su apartamento, pero cuando ya iban a cruzar la séptima, recordó su ropa colgada por todas partes, y el espectáculo del caos y el desorden, y desistió inmediatamente de su propia idea. No podía invitar a un desconocido a su cueva en ese estado. Sugirió que mejor se vieran un poco más tarde. Él dijo que le parecía bien, que tendría que conseguir los ingredientes para hacer los buñuelos, que incluso podría ir hasta donde su tía, hacerle visita y preguntarle de paso dónde conseguía ella la mejor masa dulce. Acordaron en que él iría a su apartamento después de las cuatro de la tarde.

—Muy, bien, de acuerdo —dijo ella, y le dio un leve pero cálido beso en la boca que quería decirlo todo—. Entonces nos vemos —y dio media vuelta—, dando por finalizado el prólogo.

**************************************************

Él, recién besado, sin pensarlo arrancó a buen paso en la dirección opuesta. De pronto una alarma empezó a prenderse en su cabeza, mientras imaginaba su nuevo, sorpresivo y excitante cambio de perspectiva para la noche de Navidad. Su cerebro se proyectó vertiginosamente, a velocidad mental, a buscar el motivo de la alarma. Se vio entrando a la casa de su tía, vio a su tía, se vio saliendo a la casa de su tía y llegando de nuevo a la esquina de la 24 con séptima y ¡mierda!, ahí estaba el problema: ¡no tenía la dirección del apartamento de Liuba! ¡Mierda! Dio media vuelta. En ese momento oyó el estruendo.

Chirrido de frenos. Ruido de vidrios rotos. Y un grito que terminó con un golpe seco, de un cuerpo sólido disparado contra el asfalto. Arturo alcanzó a registrar el hecho de que los automóviles, antes de frenar, venían a gran velocidad. Ella, después de haber besado a Arturo, como un zarpazo de su instinto, después de sentir que había sido ella quien había besado la boca de un hombre después de muchos años, se ofuscó con su propio acto y lo único que se le ocurrió fue huir. Y caminó hasta el semáforo, que aunque estaba en verde, no le impidió atravesar la avenida séptima carril por carril, y cuando ya había superado la mitad de la calle, se acordó de que no le había dado la dirección de su apartamento. La idea la hizo girar bruscamente, y alcanzó a ver el carro que se le vino encima. Pero no oyó más que su propio grito. Nada más.

Cuando despertó no sabía dónde estaba. Ni qué había pasado. Ni cuánto tiempo había pasado. Sólo sabía que era de noche. Y que era ella. Lentamente empezó a mover su cuerpo. Lentamente. Sus manos, sus pies, sus rodillas... Sus piernas se movían. La ansiedad la hizo tantear su espalda, luego su cuello. Pero al girar hacia la izquierda, ahí en el hombro encontró un punto adolorido. La ansiedad le hizo pensar que ese era sólo el comienzo del dolor. Y se obligó a quedarse absolutamente quieta. A lo mejor no debería moverse. A lo mejor era peligroso. Seguramente estaba rota por dentro. Entonces empezó a tratar de ver. Sus ojos se estaban acostumbrando a la penumbra. Y poco a poco, unas imágenes fantasmales blancas le fueron dando paso a los contornos de una habitación de altas paredes, no había otros muebles, y un resplandor amarillo se colaba a través de las cortinas de un ventanal. De pronto no tuvo dudas: estaba en un cuarto de hospital. Y estaba sola.

Y entonces empezó a llorar. Otra vez había ocurrido. Sus recuerdos recientes eran vagos, pero su sentimiento no. Cuando la vida le daba el más leve motivo de felicidad, algo ocurría. Algo que cambiaba esa pequeña felicidad por un gran dolor. Y era algo de lo cual ella siempre era responsable. Eran hechos incontrovertibles que no la dejaban en una condición distinta de la de sentirse y declararse culpable. Y que le corroboraban en todos los casos que ella no iba a ser feliz. O que no quería serlo. O que no podía. Aun sus tiempos más felices estaban llenos de sombras y tristezas, que con el tiempo habían venido creciendo y envolviendo la tenue y frágil llama luminosa de su vida.


Las imágenes empezaron a sucederse lentas.

El recuerdo de su abuelo regresando mutilado de la guerra; su padre, héroe de la sangrienta batalla de Kursk, ahogado en vodka, tratando de denunciar no se supo qué, la noche del estreno de su primera película y gritando que su hija se había convertido en una puta traidora de todo ideal humano; su marido que nunca le dijo que abandonara su carrera de actriz, pero se cuidó de cerrarle con guante blanco todas las puertas, todas las salidas, todas las posibilidades, hasta que ella decidió no actuar más, y aceptó la idea de que todos sus éxitos habían sido un miserable engaño y que ella misma había sido un fraude, una invención ajena. Recordó la despedida de su madre llorando el día de su matrimonio, diciéndole al oído que la perdonaría si no supiera que había escogido al hombre que le iba a traer la desgracia; la visión de sus hijos diciéndole adiós cuando se fueron a vivir a casa de su suegra, quien se refería a ella en todas partes como «la vieja loca esa que enamoró a mi hijo»; recordó entonces la mañana de ese día; la íntima satisfacción de imaginarse muerta por su propia mano, dormida para siempre por unas pastillas que ni siquiera alcanzó a comprar, y su última «hazaña»: darle un beso a ese hombre que había sido gentil con ella, darle un beso e inmediatamente lanzársele a un automóvil, para cambiar su dicha por la cama de quién sabe qué hospital. No, ella, su vida estaba hecha del material oscuro y frío que no aceptaba, que rechazaba todo atisbo, toda brizna de felicidad. O lo que era peor, que la aceptaba para después emboscarla y aplastarla. Sintió que ya no podía odiarse más. Sintió que su corazón, su estómago, sus pulmones se estaban inundando con esa niebla espesa y venenosa que era ella misma, que era su esencia, su componente predominante y fundamental. Y de pronto, no le importó hacerse daño. Se enderezó bruscamente en la cama, obligándose a no sentir el dolor físico, sobreponiéndose a todo obstáculo que pudiera interponérsele en el camino de la muerte. Al principio perdió el equilibrio. ¿Cuánto había estado ahí? No importa. Se agarró al tubo metálico de la baranda de la cama, hasta que sintió que podía caminar hasta la ventana. Mientras lo hacía tuvo la certeza de que estaba en una sociedad que se podría, pero que no se moría. Sintió que estaba caminando hacia la única solución que a ella le habían dejado. Trastabillando, vestida con una bata de algodón ordinario y los pies desnudos sobre las baldosas, llegó hasta la ventana, levantó la cortina y miró hacia afuera. Estaba en el quinto piso de un hospital viejo y enorme que ella no supo cuál era. No importaba. En el cielo estallaban de pronto, por aquí y por allá, unos cuantos fuegos artificiales. Y detrás del cielo iluminado, las estrellas de diciembre, y más allá, la mancha negra del firmamento. La mancha negra del material en que está hecho todo el universo. Abrió la ventana y el sonido de la ciudad se filtró groseramente con estruendo de pitos y estallido de cohetes. Se asomó un poco más y miró hacia abajo.

Seguramente estaba en el pabellón trasero del hospital, porque su ventana daba al estacionamiento, que, salvo por una vieja ambulancia abandonada, estaba prácticamente desierto. Pero el piso de cemento, con sus líneas amarillas claramente demarcadas, estaba ahí, cinco pisos abajo, y llamándola. Ejerciendo sobre ella una atracción casi física, casi religiosa. Haciéndole pensar que lo que iba a hacer era un acto de justicia, y que cualquier lugar era bueno para morir. Y que ese vacío estaba ahí, esperándola. Pero con esa manía suya de siempre querer hacer las cosas mejor, se le ocurrió que quizá debía lanzarse desde un piso más elevado. En este acto no podía fallar. Cuando giró la cabeza para constatar la altura del desvencijado edificio, vio que alguien estaba recostado en la baranda de la azotea, un piso más arriba.

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Cuando el chirrido de las llantas del automóvil se unió al alarido de la mujer, y los dos ruidos se confundieron con la explosión de la lluvia del vidrio reventándose para terminar con ese golpe seco, como de madera, del cuerpo contra el asfalto, Arturo había alcanzado a ver el cuerpo de Liuba volando por los aires. Trató de correr en dirección del accidente, pero sus piernas no le respondieron. Sintió que se había quedado paralizado. Tuvo que hacer un esfuerzo bestial para que su cerebro les obligara a sus extremidades a obedecer la orden de moverse. Finalmente logró empezar a caminar, pero sus pasos resultaron lentos, torpes, como si el miedo se hubiera vuelto un frío helado, y ese frío le hubiera congelado los músculos. Mientras se aproximaba al lugar del accidente, vio horrorizado que las cosas sucedían más rápido de lo que él hubiera querido. Del automóvil gris se bajaron dos hombres con los rostros congestionados, y después de observar el cuerpo inmóvil de la mujer rubia procedieron a levantarlo y a subirlo al asiento trasero. Los curiosos se agolparon rápidamente, y un hombre bajito, escuálido, de rostro verdoso, fingiendo la gravedad de colaborador acucioso, le descolgó disimuladamente el bolso de su hombro mientras ayudaba a cargarla. Arturo quiso gritar, pero no le salió más que un aullidito ridículo como de perro impaciente. Pero notó que sus piernas se desentumieron súbitamente, de modo que corrió en dirección al carterista y lo encuelló por las solapas.


—¡Devuélvame el bolso, carajo!

El ladrón, quien ya iba a emprender la huida, trató de resistirse, ante la poca autoridad que le inspiraba la voz debilucha de su captor. Pero se intimidó ante la mirada feroz de Arturo, y —marrullero veterano— tiró casi automáticamente el bolso al piso, lejos. Cuando Arturo lo levantó, el hombre bajito y verdoso ya había desaparecido y el automóvil gris ya estaba arrancando, llevándose a Liuba tendida inconsciente en el asiento trasero.

—¡Esperen! —gritó Arturo, pero le salió el ridículo hilito de voz. Trató de nuevo—: ¡Esperen, yo la conozco...!

Pero ya era tarde. El automóvil gris arrancó. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Arturo volvió a gritar.

—¿Para dónde la llevan?

Pero no lo oyeron. El automóvil ya iba lejos. Se rascó la cabeza, desesperado, pensando lo más rápidamente que pudo, y cuando bajó la vista descubrió en el piso, tendida en la acera, a la muñequita de trapo, con el pelo de lana amarillo manchado de sangre, como una cruel réplica hecha a imagen y semejanza de su dueña.

Entonces buscó un taxi, levantando la mano en el aire haciendo señas a cualquier parte, como en las películas, en la famosa secuencia del productor, en la que el taxi aparece inmediatamente, para ahorrar material, y que ha terminado por establecer la falsa convicción de que siempre hay un taxista observando, esperando a que alguien levante la mano para entrar en escena. Pero en este caso los taxis iban ocupados con pasajeros por lo general cargados de paquetes, gente que había entrado en el correcorre de las compras navideñas de último día. Por fin apareció una trasta de los años cuarenta, que venía tosiendo en medio de una nube de gases azules, y que acordó llevarlo pero sin el uso del taxímetro, alegando que las tarifas establecidas no eran justas dada la situación crítica del gremio de conductores. Después de abreviar el regateo, pues no podía perder tiempo, el carromato arrancó, sin saber para dónde iban.

—Al hospital. Lo más rápido que pueda...

El conductor, de modelo aún más viejo que su vehículo, lo miró y cambió de diente el palillo que chupaba sin parar...

—¿A cuál...?

No lo sabía. Después de analizar la situación decidieron que el centro de urgencias más cercano y con la vía más despejada era la Clínica de los Seguros Sociales, sobre la calle 26 con 30. Mientras el motor traqueteaba por dentro de la cabina como una metralleta, Arturo miró el bolso. No podía creer que había rescatado ese bolso de manos de los ladrones dos veces en un mismo día. Y que ahora iba en un taxi de la segunda guerra mundial, buscando a su dueña, una mujer que —según ella— nunca había visto antes, que había conocido hace menos de dos horas y que acababa de ser atropellada por un carro, buscándola digo, por todos los hospitales de la ciudad, con el bolso en la mano, y un regalo de Navidad ensangrentado. «Esto sólo les pasa a los extranjeros...» —se le ocurrió pensar— y a los imbéciles tamorros como yo... —le agregó, por allá adentro, su propia voz. En el radio del carro sonaba un villancico bailable:

«En mi burrito sabanero voy camino de Belén.

Si me ven, si me ven, voy camino de Belén».

Por fin llegó a la clínica de la 26, donde tuvo la primera experiencia, que se repitió más o menos igual en todas las demás. Preguntaba primero en urgencias por Liubov Sniégova. Nada. Era lógico. Si unos desconocidos la habían llevado inconsciente, nadie podía saber su nombre. ¿Cómo habrían podido saberlo? Después a rogar, con el pasaporte en la mano, que lo dejaran buscar por pabellones, pasillos, salas de recuperación, por las habitaciones compartidas, a veces los cuartos reservados —sólo los de mujeres que tenían nombres raros— y por último en la morgue, donde los cuerpos inertes reposaban en camillas o servidos en bandejas brillantes de metal plateado.

El viejo taxista acordó llevarlo cobrando tarifa por horas, que le resultaba mucho más económica; al fin y al cabo los hospitales de la ciudad se concentran en un sector relativamente reducido, por lo que habría perdido más tiempo capturando un nuevo taxi cada vez, que teniendo en la puerta su lento pero seguro vejestorio. En él recorrió el San Juan de Dios, La Misericordia, La Samaritana, la Policlínica, todos infructuosamente, hasta que cayó la noche. Mientras pasaba de un lugar a otro, se proyectó a sí mismo la imagen reciente de Liuba, y otra vez le volvió la idea de que la había visto antes. No sabía qué más podía hacer. En la cartera encontró una pequeña tarjeta de presentación donde se anunciaba como traductora, e incluía un número telefónico. Arturo llamó desde una cabina de monedas, pero era el número de su casa, donde contestaba ella misma con un mensaje grabado en español y en ruso, un mensaje con seguridad reciente porque decía «Feliz Navidad». Cuando oyó la voz en ruso, Arturo Morales estuvo absolutamente seguro de que esa voz era de alguien que había conocido. Y que había conocido mucho. Sin embargo no dio. En general, esos recuerdos del peregrinaje en su época de estudiante eran duros de sacar: había sido una época complicada, llena de incertidumbres y de volteretas, que resultó tan frustrante, que prefirió tratar de convertirla en olvido sólido, cosa que por supuesto no logró. Era su vida, al fin y al cabo. Pero a esa voz, que ahora estaba seguro de que había conocido en aquella época, a esa voz, algún dispositivo secreto de su memoria la había borrado definitivamente.


Buscó en las clínicas de Palermo y Marly, y tampoco encontró nada. Imaginando lo peor, averiguó en Medicina Legal. Al fin y al cabo por ahí pasaban todos. Sintió un alivio un poco cruel, un poco cínico de comprobar que ninguna de las mujeres NN fuera su muerta. Su Liuba.

Salió del hospital de San José cerca de las ocho de la noche. Y decidió que ya no había nada que pudiera hacer. Le pidió al chofer que lo dejara en su casa, en el barrio de La Candelaria, en pleno centro, al pie de los cerros tutelares. Cuando el cacharro enrumbó por la calle primera, el conductor dejó de chupar el palillo y le señaló un portón metálico que estaba en medio de un vetusto y larguísimo muro de ladrillo y piedra.

—Aquí le falta. Es la parte antigua del San Juan de Dios. Y también hay pabellón de urgencias.

Franqueó la puerta después de muchas explicaciones y vio que detrás del muro había un enorme —no alto, enorme—, edificio casi en ruinas que alguna vez, hace mucho tiempo, habían pintado de blanco y amarillo. Entró y repitió el ritual de su pesquisa, pero ya a estas alturas con una inocultable desesperación. Cuando la enfermera jefe, una mujer de claro acento caribeño, revisando las historias de los pacientes que habían entrado por urgencias en las últimas horas, le preguntó por el ítem profesión, él respondió:

—Es actriz. —Agregó inmediatamente—: Y traductora...

Pero el segundo dato ya no le interesó a la enfermera jefe.

—¿Actriz? Ajá. ¿Y en qué trabaja, o en qué programa sale, o qué?

Arturo se quedó mudo. Y se sintió un poco idiota. No lo sabía. Esa era LA PREGUNTA que ha debido formularle hace nueve horas en la cafetería Salerno. Era un estúpido que se había dedicado a la comunicación sin la menor vocación. Es cierto que ella había puesto punto final al tema, pero aun así.

—No, bueno, ella no ha salido en nada. Es que es extranjera. Y ha trabajado en su país. Y en su idioma. No creo que aquí la haya podido ver. Es rusa —y le mostró el pasaporte.

—Vino para el festival... y se quedó —dijo la enfermera jefe, suspicaz, entrometida. Sabelotodo. Por algo era la enfermera jefe.

—No, ella vive aquí hace años. Es que cuando llegó a Colombia, se retiró de la actuación.

La enfermera jefe revisó todos los papeles. Y antes de que dijera el NO propio de una enfermera jefe, Arturo se le adelantó.

—Mire, ella llegó inconsciente. A lo mejor no están sus datos. Déjeme buscarla.

La enfermera jefe lo miró y buscó en un fichero el cartón plastificado en que decía «visitante».

—Óyeme bien, te voy a dejar a entrar porque hoy es Navidad. Pero olvídate, aquí no la vas a encontrar. Porque mira, si hubiera entrado una actriz a este hospital, yo lo sabría. Me las pillo de lejos —y le entregó el cartón.

—Y cuando la encuentres, que por supuesto no va a ser aquí, dile a esa actriz que se dedique a las telenovelas. Que en Rusia es lo que gusta. Y que aquí es lo único que existe. Lo demás, olvídate. Que te lo dice una especialista —manifestó con toda autoridad la enfermera jefe, dando por despachado el asunto.

Recorrió de abajo arriba todos los pisos. Ya estaba agotado y se sentía derrotado, quizá por eso no notó que uno de los cuartos que abrió en el quinto piso tenía la cama vacía y la ventana abierta. Y no vio que detrás de la cortina, mirando la algarabía de la pólvora en el cielo, estaba ella.

Arturo Morales terminó de examinar todos los cuartos del último piso, y mientras recogía sus pasos en dirección del ascensor, algo por allá adentro se le revolvió por razones que ni él mismo sabía, algo espeso y amargo parecido al desconsuelo, que le hizo metástasis. Y empezó a llorar.

Buscando algún refugio, abrió maquinalmente una puerta al lado del ascensor, se encontró con el hueco oscuro de las escaleras y, sollozando sin control, trepó por ellas, abrió la puerta y salió a la terraza.

Estuvo un buen rato dando vueltas bajo el cielo iluminado de voladores de pólvora, tratando de contener los estertores de su llanto. Se recostó en la baranda de la terraza desde donde se veía el parqueadero. Y siguió llorando.

************************************

Liuba, desde el piso inmediatamente inferior, lo miraba y no lo podía creer. De todas las prefiguraciones de su propia muerte, ninguna incluía ver al hombre desconocido que había besado en vida por última vez, llorando el dolor de su ausencia. Y estaba ahí. Y le partió el alma.

Se arregló en un gesto reflejo la crencha rubia, y lo llamó.

—Pssst.

Arturo la vio, y no lo podía creer. Cuando ya estaba seguro de haberla perdido, aparece ahí, debajo de él. Lo único que se le ocurrió fue sacar la muñequita de trapo ensangrentada. Y después de agitarla suavemente, la dejó caer.

Liuba Sniégova la atrapó en el aire.

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Esa noche se amaron en el apartamento de ella. Cosa de ellos. Cuando Arturo despertó eran casi las diez de la mañana y el sol del 25 de diciembre entraba a plenitud por la ventana. Oyó un rumor como de viento que se deslizó por debajo de la puerta. Liuba dormía con el sueño de una resucitada. Aturdido y sigiloso, Arturo se levantó y vio el sobre que acababa de llegar. Decía: Para mamá de tu familia que te ama. El sobre venía abierto.

Arturo escarbó, curioso, su contenido. Era un pasaje aéreo, Bogotá-Lima-Moscú, para el 25 de diciembre a las tres de la tarde. Sólo ida. One way ticket, decía en alguna parte, con letras grandes. Y un sticker superpuesto con un letrero escrito a mano que indicaba que debía presentarse al aeropuerto con tres horas de antelación.

Sin dudarlo, se vistió lentamente. Empezó a escribir una nota, que empezaba:

«Gracias. Acabo de enterarme de que te vas. No quiero, aunque quisiera, interrumpir tu viaje. Fue un encuentro extraño y maravilloso. Dejo constancia. Te debo...». Y dejó de escribir. Pensó poner cosas como «la noche más salvaje de la especie» o «la recuperación de la vida». Cosas así. O sentimientos. Pero lo pensó y escribió:

«... los buñuelos».

Y luego agregó: «Un largo beso. A.M.».

Y se lo dio. Liuba Sniégova abrió sus ojos dorados y lo miró desde el fondo de una paz profunda. Maquinalmente buscó entre las sábanas su muñeca de trapo, la acomodó amorosa contra su rostro y siguió durmiendo su sueño. Esa fue la última visión que tuvo de ella.

Arturo, con la mano temblorosa y el corazón arrugado, le puso el sobre y la nota lo más cerca posible de la muñeca de trapo y salió con el mayor de los sigilos.

******************************************

—Ahora sí cuéntame qué hiciste anoche, mijo —preguntó su tía poniendo una bandeja con una canasta de buñuelos con un plato de almíbar sobre la mesa de la sala.

Arturo pensó que había hablado poco la noche anterior. Era natural. De conversar, conversar no había tenido tiempo. Ni siquiera había podido hacerle a Liuba las preguntas que había acumulado durante su búsqueda angustiosa. La imagen del cuerpo desnudo de esa mujer le llenó su pensamiento. Se sintió un poco incómodo. Estaba delante de su tía. Y tenía que buscar la manera de contarle. O de inventarle algún cuento. Pero la imagen de Liuba jadeando como un animal seguía ahí. De pronto, su cabeza conectó la imagen reciente de Liuba encabritada y diciendo palabras en ruso, con una imagen ANTERIOR que hacía horas debía haber estado buscando salida en los recovecos de su memoria. Y de repente se acordó. En una pequeña sala tapizada en una tela roja parecida al terciopelo, una sala de cine de Moscú, y en la pantalla la imagen de Liuba. Recordó una escena de La balada de la estepa, la película de Poliakov, que fue la primera que vio. Y a esa escena se pegó otra, y a esa otra, y otra más. El beso de Liuba en Los amores secretos de María, y el recuerdo de sus ojos en Hasta aquí no volaron las grullas, o la imagen de sus manos que lo habían acariciado a él esa misma mañana, la imagen de esas manos que eran el más bello ballet que jamás había visto. Esas manos que lo habían hipnotizado hasta el punto de que era lo único que recordaba de El sabor del trigo. Y se sonrió al recordar la película que Liuba, que su Liuba había filmado en Hungría: Olvídate de mí. Por Dios. Era Liubov Sniégova. Estúpida memoria. Era la gran actriz soviética de los años setenta y ochenta, y de quien había vivido toda su juventud, y si se contaba su vida desde entonces hasta hoy, de quien había vivido enamorado TODA su vida. Mierda. Ella tenía que saberlo. Tenía que saber que él lo sabía. Quien sabe qué cara estaba poniendo, porque su tía tenía una expresión de preocupación y de alarma cuando le interrumpió el torrente de imágenes que se empujaban en tumulto en su cabeza.

—¿Te pasa algo? ¿Te sientes mal?

—¿Qué hora es, tía?

******************************************

En el reloj electrónico del separador de la avenida que conduce al aeropuerto vio que eran las tres cero cero. Pero ya estaba cerca y el taxi esta vez sí volaba a más de cien kilómetros por hora. Su cabeza seguía reproduciendo imágenes de Liuba, con secuencias completas, momentos que se habían detenido en su memoria, y diálogos. Y títulos La fiesta transparente, No te alejes de tus enemigos y la última que había visto: Sol de invierno. Cuando llegó al aeropuerto, el vuelo para Lima ya había partido.

***************************************

—Que qué fue lo que hiciste anoche. Eso fue todo lo que pregunté. Y tú te quedaste alelado y de pronto me preguntaste la hora y saliste corriendo como un loco.

—Ah, nada, tía, anoche no hice nada —mintió Arturo. Su tía había preparado una tanda fresca de buñuelos y le ofreció la bandeja humeante.

—A mí no me engañas, algo te pasa —dijo la tía.

—Nada, tía. No me pasa nada —volvió a mentir Arturo. Pero su tía lo conocía de toda la vida. Él sabía que a ella era imposible mentirle, así que se corrigió—. No me PASA nada... —y agregó—: me pasó. YA me pasó —y sintió que mentía por tercera vez.

—Cuéntame pues qué te pasó.

Después de un momento tuvo la certidumbre nítida, profunda, perfecta, de que nunca iba a volver a ver a Liuba Sniégova en su vida.

También sintió que iba a recordarla siempre.

A lo lejos, en el aire, sonaba un villancico trasnochado. Mientras buscaba la manera de empezar su relato, Arturo Morales se dio cuenta de que nadie iba a creerle. Y que quizás él mismo, con el paso de los años, tampoco iba a estar seguro de si había sido un sueño, un invento, un delirio, una alucinación o un subproducto de su imaginación o algo de todo eso junto y revuelto. Al recordar la última mirada de Liuba Sniégova decidió —e hizo bien— que lo más hermoso es que fuera un secreto. Se comió un buñuelo.

Y contó otra historia.

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