Revista Número 21

EL DÍA

Por Luis Fernando Molina Prieto
Ilustraciones de John Jairo Lopera

Desde la alborada se escuchan pitos rancios, trasnochados. Los que pitan lo harán quizá como parte de un moderno ritual de adoración al Sol, o tal vez por simple costumbre: manía de presionar el botón, la palanca o lo que sea que accione la bocina. El aire es puro, bueno: casi puro. El viento nocturno ha barrido hacia la sabana los gases malolientes y el aire envejecido de la jornada anterior. La llovizna imperceptible, casi seca, se mezcla con la niebla que lucha por desprenderse del suelo. Las hojas de los árboles se explayan sedientas, tratando de captar las míseras gotas que caen del cielo, con la vana esperanza de limpiar con ellas la gruesa capa de hollín que las cubre por completo. El polvo en las calles se agita. El viento se arremolina fundiendo hojas muertas, diminutas gotas de llovizna y desgarrados trozos de neblina.

 

Detrás de las montañas emergen los primeros rayos de Sol y atraviesan como dardos el aire cristalino de oriente. La luz juguetea con las gotas imperceptibles y construye un arco iris que nadie mira, porque a esta hora casi todos duermen; o batallan contra el sueño y las cobijas que los dominan. Los brazos emergen como serpientes perezosas saliendo del agua, y muerden los relojes para silenciarlos.

Hambrientos buses escolares se toman las calles y espantan a los repartidores de periódico que, despavoridos, escapan en sus leves bicicletas. Los buses ruedan pesados sobre el asfalto humedecido, rugen dando vuelta a la esquina, como caracoleando, y luego se detienen frenando impetuosos para tragarse de un solo bocado a los niños que, en su uniforme, parecen dulces caramelos. Otra vez aceleran, gruñen como cerdos satisfechos y se alejan calle arriba en busca de otras golosinas.

Las nubes todas se tiñen de rosa. Rosas gigantes puestas en el cielo para celebrar el nuevo día. Los pájaros toman cartas en el asunto y entonan cantos inútiles que se pierden entre el rumor creciente de los motores lejanos. Un avión despega con ruido sordo y cruza el cielo con rumbo al sol naciente. Los vidrios flojos tiemblan asustados entre los marcos de las ventanas, y cuando el ave de metal pasa sobre el tejado, vibran enloquecidos de terror entre sus prisiones. Luego se calman y aquietan. Pero ya viene otro avión —quizá más pequeño— que los pone a bailar desconcertados.

La llovizna cesa en algún momento y la neblina ya no existe, entonces el viento se apodera de las calles. Los garajes bostezan dando paso a los autos que, renuentes, se arrastran desde sus guaridas. El viento helado alza en vilo hojas muertas, polvo y papeles tirados para arrojarlos sobre maridos recién bañados —y algunas señoras perfumadas— que abordan con prisa los autos. Los coches, felices porque pronto se encontrarán con sus congéneres, ronronean como gatitos perezosos al ritmo palpitante de sus motores.

Minutos después ruedan sobre el asfalto haciendo piruetas arriesgadas y compitiendo entre sí, para ver quién es el primero en detenerse quietecito ante el semáforo. Frente a la luz roja, los maridos se distraen sintonizando la emisora de moda; las esposas se pintan las uñas, se empolvan o coloretean, o simplemente se ajustan los viejos rulos que han de esconder en la guantera antes de llegar a la oficina.

Los buses y las busetas, atiborrados de carne de ciudad, eructan. Paran y escupen sangre, recogen huesos y aceleran. En su interior, cual bíblicos jonases, los pasajeros ciegos se pisan y empujan buscando desesperados la salida; o luchan y se debaten como gladiadores de circo romano por un puesto. Nadie abre la ventana por temor a despeinarse. Aromas dulces y olores fétidos se entremezclan narcotizando hasta a los mosquitos que, atrapados entre los cristales mugrosos, dan un lánguido zumbido y caen drogados sobre los pasajeros.

El miedo al látigo angustia a los conductores. Aceleran demasiado, calculan mal y se rozan: un espejo roto, un parachoques abollado; cosas vanas, pero suficientes para transformar el tráfico en catástrofe. La emisora de moda se pierde al fondo de la catarata de pitos gangosos desencadenada por los conductores. Las señoras, al saber que no llegarán a tiempo, se aprietan con demasiada fuerza los rulos, hasta que les sangra el cuero cabelludo. Unos y otros enderezan la espalda y miran hacia delante, con ojos que se salen de las cuencas como bolas de goma; en efecto, creen que la sola fuerza de su mirada puede desenmarañar el nudo ciego. Suspiran con fuerza —respirando smog— y se dejan caer sobre el cómodo respaldo, envenenados. Todos los conductores se miran entre sí con odio irreconciliable, maldiciéndose por el simple hecho de ocupar espacio en el mismo embrollo. Y si a un peatón desprevenido se le ocurre pasar por entre el arrume de carros inútiles, no sólo recibirá miradas fulminantes —por ser libre en semejante momento—, sino que deberá hacer piruetas y acrobacias para salir con vida de la confusión. Todos los carros, unidos contra el enemigo común, suspenden sus discordias bajo el tácito acuerdo de cerrarle el paso al caminante. Rugen los motores. Se accionan palancas y pedales para avanzar dos o tres míseros centímetros, pero al bloquear el paso al peatón, los choferes sonríen con la satisfacción de un medallista olímpico.

El polvo y el humo se amontonan para chismosear el espectáculo matinal. Se arremolinan y danzan junto al semáforo que, en vano, cambia sus colores. El viento, compadecido por la desesperanza en que se ahoga el cruce, arrastra el humo dando a las víctimas un soplo de aire que renueva sus esperanzas.

En otras calles los taxis, amarillos como olas de un dorado mar, bañan la ciudad sin refrescarla. Demasiado ágiles se desplazan de un carril a otro, cerrando a los particulares; la mayoría no les hace caso. Claro está que no falta el señor sensible o la ejecutiva imponente que se lance en busca de venganza. Y como en los tiempos encantados de Láncelot y Arturo, los autos asumen el rol de briosos corceles, en tanto las lenguas blasfemas y los pitos interpretan los papeles de lanzas afiladas y dagas emponzoñadas.

Los peatones caminan entre cortinas de humo que vomitan los exhostos. Al respirar, el plomo y el hollín se adhieren a sus gargantas, y tosen una y otra vez antes de alcanzar el paradero.

En la esquina grasienta y desportillada, los candidatos a pasajeros se amontonan por tumultos, como los que se arman para huir de un incendio; entre ellos, la lucha es a codazo limpio para alcanzar la boca del monstruo apestoso que los llevará hasta el otro lado de la ciudad.

En ocasiones —aunque no es lo más frecuente— se escucha el ulular de una ambulancia o el aullido del carro de bomberos que, como el primerísimo violín de una orquesta, lidera y conduce esta agitada sinfónica de pitos y madrazos.

Medias nueves
La llovizna matinal, e incluso el frío del amanecer, ha desaparecido. Oblicuos rayos golpean los ojos, penetran escaparates, se riegan sobre sacos y chaquetas, calentándolo todo en exceso. Por entre un manto leve de nubes juguetonas se abren paso briosos rayos de Sol que cruzan el cielo como saetas divinas para estrellarse en silencio sobre el asfalto resquebrajado. Bravos rayos solares atraviesan los panorámicos de carros y taxis calentando tableros y consolas, recalentando timones y pantalones, palancas y manos, forros y zapatos sin distinción.

Revista Número 21

 

Las latas se recalientan. Conductores y pasajeros empiezan a incomodarse. El calor pica, la ropa estorba, el aire se caldea. Una onda de bochorno enturbia la atmósfera y disminuye la visibilidad. Los motores incrementan la sensación de calor y el humo, por un fenómeno propio de las grandes ciudades, se aferra necio al suelo, negándose con ahínco a disiparse en la atmósfera.

Los árboles, siempre sedientos, retuercen las hojas curtidas por la resequedad. Los brotes tiernos se ensortijan curvando el tallo, se rizan sobre el tronco descortezado y mueren en el anonimato.

En las oficinas el calor también se siente; pero eso poco importa a los burócratas que, como iguanas del cuaternario, se aflojan la corbata resoplando.

Los semáforos parecen cambiar de color con mayor lentitud que hace un par de horas. Las ventanas de los carros descienden. Muchas apenas bajan, creando finas rendijas por entre las que los raponeros, los mendigos o los chinos limpiavidrios no podrán meter sus puercas manos. Otras —menos precavidas— descienden hasta el tope, permitiendo a los brazos de sus amos un agradable pero riesgoso baño de Sol.

Las gafas oscuras salen de bolsillos y guanteras, y las calles adquieren un carácter más fluido. ¡Como en el autódromo! Los pitos resuenan porque el peligro se ha incrementado, aunque ahora un sentimiento plácido y relajado se apodera de los conductores. Los carros ruedan —en realidad—, y aunque los pitos no cesan, el tiempo casi se disfruta.

Algunos choferes de taxi, adormilados por el sopor matinal, aflojan el manubrio y entrecierran los ojos por breves instantes, dejando el carro a su libre albedrío. Un respingo súbito, o el grito ahogado del pasajero, despierta al conductor, evitando estúpidos accidentes.

En los buses a medio llenar los pasajeros bostezan o duermen. Las cabezas, vencidas por el sopor mañanero, oscilan en el aire viciado hasta que de repente: ¡huy!, despiertan temerosas. Los ojos se abren, miran desorientados. No, no han dejado atrás su destino. El timbre suena y los frenos, como un coro de burros entristecidos, rebuznan quejumbrosos. Los ojos de los pasajeros vibran. El señor que va de pie en el pasillo se bambolea y lucha consigo mismo para conservar el equilibrio. El bus se detiene y los burros guardan silencio. La puerta de fuelle se abre impetuosa y expele, como quien escupe una semilla, a un individuo.

Una bocina se escucha cerca de la esquina, un motor ruge, otro carro pita y acelera. Una moto con sirena y farola azul se atraviesa en la bocacalle y detiene el tráfico. Una camioneta de vidrios negros —erizada de ametralladoras— cruza rauda la avenida. La sigue un automóvil, y a éste, otro par de puercoespines ambulantes. La última camioneta pisa un hueco, se sacude y ¡pum!, suelta un tiro. Tranquilos..., no ha pasado nada.

En las avenidas los autos fluyen como el agua en los grandes ríos. Y si los conductores por azar se reconocen, aproximan los carros uno junto al otro durante una o dos cuadras, como enamorados que se toman de la mano, y luego pitan coquetos para despedirse.

Unos cuantos caminantes —oh, gloria inmarcesible—, empeñados en cruzar el río de carros por debajo del puente peatonal, se trepan como arañas por las rejas, hacen equilibrio sobre los caños como orangutanes, o simplemente corren como conejos asustados para evitar que el ejecutivo los mezcle con el asfalto.

Granizo

Las nubes han regresado, y esta vez no es una amenaza. Desde el alto cielo sueltan grandes trozos de hielo que, en su descenso vertiginoso, cobran forma esférica y van a aporrear —cual divinos coscorrones— las cabezas de los desprevenidos caminantes. Y como si la calle entera fuese una enorme máquina de freír crispetas, el granizo cae, rebota y salta. Crepita y repiquetea, poniendo en fuga a los peatones que corren buscando un alero o un árbol que los proteja de la furia helada que sorprende a la ciudad. El granizo rueda impetuoso sobre la acera desportillada y la calzada rota, sobre los árboles y sobre las escandalosas latas de los carros a las que les arranca un estrépito ensordecedor.

Revista Número 21

La temperatura desciende drásticamente. Las gafas de sol se remplazan por paraguas y sombrillas. En tanto, los coches se recuestan tranquilos en las aceras o transitan sin mayor inquietud, pues ellos ¡no le tienen miedo al agua!

La gran ciudad dedica la primera mitad de la tarde al placer de la buena mesa. Se trata no sólo de escoger con gran sabiduría el mejor restaurante —de acuerdo con cada bolsillo—, sino de comentar durante horas sus exquisiteces. El resto de la tarde se destina por entero al acicalamiento de los plumajes, no vaya a ser que por casualidad se encuentren, a la salida, con las bonitas piernas de la señorita Q o con el suave bigote del doctor M.

El beso

Revista Número 21

 

Hacia las cuatro de la tarde todo ha retornado a la normalidad. El aguacero no duró nada y el Sol brilla otra vez. Calienta el asfalto y transforma los charcos dejados por la lluvia en leves jirones de neblina que se alzan del suelo como largas cabelleras mecidas por el viento.

Frente a un centro comercial, dos muchachos se abrazan. Parece que han estado separados por buen tiempo, pues sus manos ansiosas se enlazan, o circulan incesantes sobre sus cuerpos juveniles. Ambos usan cabello largo y aretes. Uno es más alto que el otro y, sin embargo, se dificulta saber a qué sexo pertenecen.

Pero eso no importa, porque ellos se besan sin pudor ni descanso en medio de la calle húmeda y soleada. Los conductores disminuyen la velocidad para observar; los peatones voltean la cabeza cuando pasan por su lado. Y ellos no escuchan nada ni a nadie, aparte del sutil sonido de sus labios, o el leve crujido que la ropa exhala al paso de las caricias.

Por un momento el humo y el bullicio desaparecen de la calle. Incluso desaparecen carros, buses y peatones. Sólo quedan allí el Sol, el vapor que se eleva del suelo y la pareja besándose sin tregua. Disfrutando cada instante del beso como el más placentero de la vida. Amándose en medio del aire que para su recuerdo será aromado, dulce, perfecto. Y el rugir de los motores o el rebuznar de los frenos no será más que música celestial en la memoria de aquel beso largo y desvergonzado, táctil y sensual, en medio de la calle. Y la ciudad será —para los besantes y para quienes los miran— arquetipo de la perfección, pues ella es la que propicia el encuentro... y el beso.

La gente se aleja, se desentiende. Pero ellos quedan allí, como una escultura perfecta. Se materializan más allá de su presencia física, para estar por siempre en esa calle perdida de la ciudad: en un beso eterno.

Los conductores miran al frente para no estrellarse y aceleran. Se alejan de los besantes, pero ellos no lo hacen, porque viajan en cada carro, dentro de la mente oscura y laberíntica de cada uno de los seres que ha sido testigo, por mera casualidad, de la maravilla de sus besos.

Ocaso

El Sol se despide acariciando la ciudad con rayos del color de los venados. La luz rasante arranca a los vehículos larguísimas sombras —como las de Silva— y las proyecta geométricas sobre el asfalto reseco y caliente de fin de tarde.

Los andenes rebosan caminantes que andan en todas direcciones, porque a esta hora no importa hacia dónde vas, sino con quién, o hacia donde quién te diriges.

Un aire de romance entre marchito y profano impregna el ambiente. Los grandes edificios del centro abren sus puertas, y como si fuesen viejas putas arrojando bocanadas de humo, vomitan burócratas y secretarias, gerentes y ejecutivas, directores o mensajeros; todos ellos sedientos de amor y dinero. Los ancianos se apartan de este juego turbio, y amontonados alrededor de un tinto se olvidan por un instante del crujir fastidioso de sus huesos.

Gruesas columnas de humo negro emergen desde los tubos de escape de buses y busetas —a esta hora totalmente amargados—, y ascienden verticales porque no hay viento. El semáforo cambia de color y de inmediato un coro de pitos desafinados invade el espacio, llega a los antepechos y a las vitrinas —donde los cristales tiemblan atemorizados—, invade las alfajías y las jambas, rebota y se ensaña con los oídos del río de carne y sangre que transita por la avenida. El humo, por el lento movimiento de los vehículos, también se esparce impregnando hasta el más íntimo resquicio con su apestoso olor a posmodernismo.

Un camioncito de repartos —de esos que se hacen los que no matan una mosca— ha aporreado a un Fiat diminuto. ¡Ahora sí que hay trancón! Los autos rugen y bufan, cacarean y gruñen. Sueltan los frenos y avanzan uno o dos centímetros antes de frenar nuevamente. Los avispados y los necios —que son la misma cosa— se atraviesan en los cruces asesinando el tráfico.

Sobre los puentes, en torno a las glorietas, en las grandes avenidas y en las calles pequeñas de los barrios, se esparce la fila de carros detenidos.

El Sol muere y, con él, el día. Las torcazas vuelan apresuradas rumbo al último rayo de luz como si en ello se les fuese la vida. Y en su fuga, escuchan la queja tonta e impotente de un millón de carros estancados que chillan plañideros con su voz de lata.

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