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DE
CÓMO FUE SECUESTRADO EL INCA ATAHUALPA POR LA BANDA DE FRANCISCO
PIZARRO, CON LA RELACIÓN DE ALGUNAS CIRCUNSTANCIAS DE SU
CAUTIVERIO, EL PAGO DEL INMENSO RESCATE Y LA EJECUCIÓN FINAL
DE LA VÍCTIMA
Por
William Ospina
Ilustraciones de Luis Fernando «El Pollo» Rodríguez
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El
16 de noviembre de 1532 tuvo lugar el caso documentado de secuestro
en el suramericano. Un grupo de españoles dirigido por Francisco Pizarro
se apoderó por la fuerza del inca Atahualpa, quien había aceptado
una a cenar y había llegado al campamento en el alto valle de Cajamarca,
en las montañas del Perú, con un lujoso cortejo ceremonial de incas
desarmados.
Las tropas de los aventureros españoles se habían atrincherado en
los edificios vecinos, esperando la orden de su jefe para abrir fuego
contra los visitantes, pero antes de ello un sacerdote católico, el
padre dominico Vicente de Valverde, salió al encuentro de la víctima,
le habló del misterio de la Santísima Trinidad, le habló de la creación
del mundo y del pecado original, y finalmente le informó que el papa
de Roma había entregado esas tierras al emperador Carlos V y que Pizarro
venía a tomar posesión de ellas. Al oír la traducción que le hacía
el intérprete, el inca sorprendido le respondió que el reino del Perú
le correspondía por herencia de su padre Huayna Cápac, y que ambos
descendían del Sol, del dios de los incas. Entonces el sacerdote le
mostró un objeto hecho de numerosos planos superpuestos exornados
de inscripciones, y poniéndolo en manos de Atahualpa le dijo que allí
estaba toda la sabiduría. El inca examinó aquel objeto, tratando de
escuchar todo el saber que había en él, pero al no oír nada se sintió
engañado y lo arrojó por tierra con indignación; era la señal que
se requería. El dominico corrió hacia donde se encontraba Pizarro,
le dijo que aquel perro arrogante había arrojado por tierra la sagrada
escritura, y le dio la absolución previa por todo lo que quisiera
hacer contra él y contra sus gentes.
Los conquistadores, que disponían de cañones y de mosquetes para espantar
y también para aniquilar a las tropas de flecheros del imperio incaico,
abrieron fuego en todas direcciones, cayeron además con sus espadas
sobre los acompañantes inermes de Atahualpa, que no acertaban a huir
abandonando a su rey, y dieron muerte en una tarde a más de siete
mil personas. El hecho era trágico de una manera extrema: Atahualpa
asistió a la cena con toda su corte, como prueba de confianza en los
visitantes. Nada más alejado de las expectativas de su cultura y de
los códigos de honor seculares de su pueblo que la posibilidad de
que un ejército abriera fuego contra ellos sin haber declarado previamente
la guerra. Ante la superioridad técnica de los atacantes, ante ese
fuego inesperado y traicionero, ante esa ferocidad de los guerreros
españoles del Renacimiento que le ha hecho decir a Jacob Burckhardt
que en ellos parecía haberse desencadenado el lado diabólico de la
naturaleza humana, fue tal el desconcierto de los incas que ninguno
reaccionó, y la irrupción de los caballos acorazados de los españoles,
bestias bicéfalas desconocidas vestidas de hierro y capaces de hablar,
acabó de paralizar al cortejo. Ni siquiera las tropas que acampaban
en el valle vecino se atrevieron a asomarse al lugar donde resonaban
los truenos. Quienes allí caían aniquilados eran, nos dice David Ewing
Duncan, «la élite del gobierno de Atahualpa, sus nobles, sus gobernadores,
sus generales, sus sacerdotes y sus adivinos, los mayores responsables
del funcionamiento del gobierno imperial, cuya súbita muerte en masa
significaba un golpe devastador para un imperio que había perdido
a millares de miembros de su clase dirigente en la reciente guerra
civil».
Pero aquella fiesta de sangre no fue más que el comienzo. Con la mano
ensangrentada, el propio Francisco Pizarro tomó por los cabellos a
Atahualpa y lo llevó a rastras, entre el caos y la masacre, hasta
la habitación donde después lo tuvieron cautivo durante nueve meses.
Los móviles de aquel secuestro están claros: desde su llegada a América,
a los 40 años de su edad, Francisco Pizarro se había hecho el propósito
de obtener poder y fortuna, y andaba buscando la región de los incas,
siguiendo la leyenda de su riqueza extrema. Pascual de Andagoya, viajando
desde Panamá, había oído a unos indios que navegaban en piraguas por
las costas del Pacífico hablar de una tierra llamada Pirú, donde un
poderoso rey era dueño de tesoros fabulosos. Desde entonces Pizarro
se había obsesionado con esa aventura, había conseguido cómplices
que lo secundaran, y estaba tan seguro de las riquezas que iba a obtener
que hasta celebró un contrato con sus aliados, distribuyéndose de
antemano el oro y las tierras que pensaban apropiarse. Eran tenaces,
y antes de llegar al Perú afrontaron grandes penalidades, como los
meses de delirio en la isla Gorgona, donde chapotearon en el fango
entre el asedio de los mosquitos, alimentándose de lagartos y de huevos
de tortuga, enfundados en sus armaduras bajo el sol del Pacífico por
temor a las bestias venenosas. Pero aún no estaba claro para ellos
que lo que se proponían era un secuestro; éste se les fue apareciendo
como el camino más eficaz para cumplir su cometido, y sólo cuando
Pizarro ya tenía a Atahualpa cautivo en su edificio de Cajamarca,
concibió con claridad el monto del rescate que pediría por él.
La prisión de
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