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desaparición.
El problema está, por tanto, en determinar lo que se entiende
en este caso por «redefinición». Cabe recordar que la globalización,
en función de los dominios en los cuales se expresa, tiene
un ritmo diferenciado. Por ejemplo, la economía y la cultura
son fuertemente influidas por las transformaciones actuales;
hay, en efecto, una economía en escala global y un efectivo
movimiento de mundialización de la cultura. Sin embargo,
esto mismo ocurre en relación con la esfera de la política.
El Estado-nación conserva dos tipos de actividades esenciales
para la organización de la sociedad: el monopolio de la
fuerza (ejército y policía) y la administración de la política.
El monopolio de la fuerza le da condiciones para garantizar
el orden interno y, eventualmente, hacer la guerra. Monopolio
que, como sabemos los brasileños y los latinoamericanos,
muchas veces traspasa las fronteras del orden democrático:
regímenes militares en el Brasil, Chile, Argentina, Uruguay.
En
cuanto al gobierno, el Estado tiene aún la capacidad de
legislar y de conducir a los hombres y mujeres que viven
en su territorio. Su arcabuz jurídico es una pieza importante
en la garantía de los derechos individuales y de la libertad
de los ciudadanos. La política es también una prerrogativa
de los partidos, sindicatos y movimientos sociales. Cada
una de estas instituciones lucha por sus convicciones y
por sus ideales, pero a pesar de las disputas y de las hostilidades
que las separan, hay un postulado compartido por todos:
el Estado es el lugar privilegiado para la formalización
de la acción política. Sólo él posee un conjunto de tecnologías
y de medios necesarios para una actuación de gran envergadura:
política industrial, monetaria, agrícola, educativa, etc.
Los partidos disputan entre sí el acceso a estos medios,
ya que tenerlos a su disposición les confiere materia a
sus propuestas específicas. El Estado es, por consiguiente,
un espacio de poder, y a partir de su núcleo se irradian
propuestas en esta o aquella dirección. La vía hacia el
poder puede variar: autoritaria (golpe), democracia parlamentaria
(elecciones), pero independientemente de la forma considerada
(existen diferencias sustantivas entre ellas), el punto
de la cuestión que estamos discutiendo permanece igual.
Se supone que, una vez en el poder, los mandatarios lograrán
actuar según sus cálculos y sus intereses. En principio
todo gobierno tiene la potencialidad para elaborar metas;
manipulando los medios de que dispone, podrá o no alcanzar
sus objetivos.
La globalización trae un enfoque nuevo en todo esto, que
sugiere una pregunta amarga: ¿el poder, o para ser más preciso,
partes sustantivas del poder, pasan necesariamente por el
Estado-nación? Si decimos que sí la crisis actual, en principio,
se solucionaría dentro de los límites de las políticas nacionales.
Medidas objetivas, evidentemente diversificadas, podrían
considerarse para enfrentarla con un relativo éxito. Mientras
tanto, si la respuesta fuera negativa, las consecuencias
serían otras. Ahí debemos admitir lo que sospecho
verdadero que parcelas sustantivas de poder se articulan
fuera del ámbito del Estado-nación (corporaciones transnacionales,
bancos, FMI, G-7, etc.), lo que significa que el Estado
no tiene capacidad para controlar y administrar un conjunto
de variables que afectan duramente a su población. Sus objetivos
se le escapan de las manos. Dicho de manera sintética: hay
un divorcio entre poder y política. Entre el arte de gobernar
y tener poder se abre un abismo. La crisis actual desnuda
la imposibilidad de arbitrar cuestiones que escapan a su
alcance, a su «jurisdicción». Y ya no se trata más de aspectos
secundarios de la vida de una nación, puesto que su propia
organización, su «soberanía» se encuentra comprometida.
Radicalizando el argumento, diría que el Estado es
el lugar de política más vacío de poder.
De ahí el miedo. Las incertidumbres provienen de la incapacidad
de prescribir una acción efectiva, al igual que el pánico
no es tanto fruto del tamaño de la crisis sino de la imposibilidad
para afrontarla de manera eficaz. Los medios a disposición
son escasos e insuficientes, y resulta sintomática la manera
como los gobernantes y los mass media han descrito la crisis
actual. «Ola», «Marea», «Vamos a esperar a que el mercado
se calme», son términos que sugieren una naturalización
de los problemas, como si ellos pertenecieran al reino de
la naturaleza y nada pudiera hacerse para contenerlos. «Ola»
y «marea» son fenómenos naturales, y sabemos de antemano
«remar contra la corriente». Los hechos escaparían así al
entendimiento y al alcance de los hombres. La «calma» es
bienvenida, celebrada animadamente: «las bolsas subirán».
No obstante la desconfianza persiste, no hay garantía con
respecto al futuro, incierto por demás. Nadie controla el
«océano», la «ola» puede retornar. Frente a este cuadro
el Estado tomará ciertamente las medidas convenientes, pero
éstas apenas serán reactivas. El poder que le resta le permite
ajustarse apenas a un cuadro que le trasciende, por lo cual
se multiplican en el horizonte las señales provenientes
del exterior (o sea, fuera del núcleo de los gobiernos nacionales):
«el discurso de Clinton en el que promete ayuda a América
Latina», «la pauta de la próxima reunión del G-7», «empréstitos
fabulosos» o el confortable argumento «la quiebra de la
economía brasileña arrastraría consigo a toda América Latina».
La intuición nos dice que «afuera» se encuentra el verdadero
juego de poder.
Sin
embargo, ¿dónde residiría este poder? Si el proceso de globalización,
como dicen los estudiosos, implica descentrarse de las relaciones
sociales, se hace difícil precisar la existencia de un único
espacio de poder (por ejemplo, el FMI). En verdad nos encontramos
ante líneas de fuerza que se caracterizan más por su difusión
que por su concentración. Esto aumenta la sensación de incertidumbre,
pues no logramos nombrar ni la fuente de los problemas,
ni las instituciones capaces de rodearlos. Si estuviéramos
frente a un movimiento imperialista, a pesar de las adversidades
y de las contradicciones que esto acarrearía, podríamos
decir: esto proviene de los «Estados Unidos» o de la «Unión
Soviética». Cada uno de estos lugares sería el núcleo y
la causa de nuestros dilemas, pero ya no existe «un» centro,
haciéndose imposible circunscribirlo e, incluso, nombrarlo.
En tiempos de globalización el miedo es una de las expresiones
de la descentración del mundo.
Renato Ortiz ha sido docente en las universidades de Lovaina,
París, Nueva York, Notre Dame, México, Barcelona, Oxford,
y actualmente es profesor del Departamento de Ciencias Sociales
de la Universidad Estadual de Campiñas, Unicamp, São Paulo,
Brasil. Autor, entre otros títulos, de Románticos y folcloristas,
Mundialización y cultura y Otro territorio: ensayos sobre
el mundo contemporáneo.
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