|
LA
CONVIVENCIA EN UN PAÍS DESBARATADO
Entrevista a Antonio Morales Riveira por Guillermo Solarte
Lindo Fotografías de León Darío Peláez
|
¿UN
PAÍS DESBARATADO? EL PAÍS NUNCA HA ESTADO ARMADO, Y MUCHO MENOS CONSTRUIDO.
Históricamente, Colombia nunca se organizó como país. Ni siquiera
desde los inicios de la «nacionalidad» colombiana, cuando la invasión
occidental de Cristóbal Colón y el proceso poste-rior de conquista,
ni desde la formación misma de los núcleos sociales que existían antes
de la llega-da de los españoles y que recibieron el mazazo ideológico,
ético y estético de la Conquista y de la violación de su existencia.
El país, incluso desde el punto de vista de la organización social
precolombina, no se formó como tal, no se armó como Estado y por eso
jamás se generó nación de ningún tipo.
En lo que hoy se llama Colombia, nunca se consolidó una madeja de
relaciones sociales y de conductas y normatividades que permitieran
pensar en un conjunto nacional. A diferencia de algunos países de
América precolombina como México e incluso Perú, donde
existía una organización y se originaron y fortalecieron estados,
u otros que se consolidaron gracias a las migraciones e influencias
de las estructuras racionalistas europeas con una clara concepción
de nación, y en consecuencia de Estado como Argentina y Chile,
en Colombia esto nunca se dio. Se supuso históricamente, a través
de la Conquista, la Colonia, la Independencia y la República, que
había una armazón nacional, pero ésta nunca ha existido: ni étnica,
ni cultural, ni económica, ni social, ni política, ni mucho menos
ética.
En consecuencia se impuso la percepción del Estado colombiano contemporáneo
como un conjunto, pero jamás hubo una influencia objetiva, una mano
histórica que creara una estructura nacional; por eso el desbarajuste
del que hoy nos quejamos es, simplemente, la progresión de una no
construcción. Tenemos un país apenas zurcido, jamás tejido. Y su único
pegamento ha sido en las mejores ocasiones la suma de
las babas propias de los excesos retóricos o leguleyos. Este país
no construido, mucho menos ha sido pensado, diseñado o planeado.
El proceso histórico colombiano, con características raciales y culturales
diferentes, es similar al que se generó tras la unificación de Italia
en el siglo XIX, y que hoy revienta con el problema de la Liga Lombarda
y toda la gente del norte opuesta a la del sur. Aquí también se hizo
con babas una nación, como en Italia, como en Yugoslavia, como en
todos los lugares y zonas geopolíticas del mundo donde se trató de
edificar naciones a punta de guerras y auto-ritarismos, forzando los
destinos históricos de los pueblos por medio de la conciliación de
lo naturalmente irreconciliable. Tanto como cruzar micos con papayas
o pedirle peras al olmo. Igual en Colombia, donde se superpusieron
de una manera incoherente razas e ideas, donde se unieron regiones
de suyo autónomas, donde se entremezclaron países y culturas siempre
al vaivén de las guerras, siempre al ritmo de las destrucciones.
FRAGMENTOS
DE UNA IDEA DE NACIÓN
La
ausencia de convivencia o la nula tolerancia del país de hoy se produce
como resultado de un proceso histórico en el cual se unieron cosas
que no eran juntables. Los procesos históricos comunes a toda Latinoamérica,
en Colombia se exacerbaron. Aquí se hizo a la brava la mezcla sincrética
del cristianismo con la cosmovisión precolombina: la suma atroz de
la culpa judeocristiana con el pensamiento animista y naturalista
del universo mágico religioso del precolombino. Por otra parte, se
efectuó la mixtura de grupos étnicos que deberían haber tenido, en
un momento dado, cierta autonomía. Se invadieron las
autonomías naturales, incluso las individuales. El resultado histórico,
que se refleja en todos los actos contemporáneos, es que el individuo
se siente violado y actúa única y exclusivamente como individuo, o
sea, es intolerante y no convive. No reconoce una colectividad forzada,
impuesta, y como ser colectivo se ve subyugado; por consiguiente,
reacciona dándole preponderancia a su individualismo. Y lo hace, desde
luego, con violencia individual o colectiva.
Ese egoísmo infinito del individualismo colombiano, que es el pan
cotidiano, se nota hasta en problemas psicomotores, como los excesos
que se producen en el tráfico de la ciudad. Alguien que no ha sido
educado en el respeto físico de los espacios, frente a la obligación
de respetar con su auto una línea que divide dos carriles, tenderá
siempre a meterse en el carril que no le corresponde, quebrantando
el orden colectivo y exaltando un supuesto orden individual que equivale
al caos social. Y lo hace porque no es capaz de mantener esa linealidad
que los europeos sí guardan culturalmente, como nación, basados trágicamente
también en su triste legado histórico de acción y reacción,
de crimen y castigo, de culpa y purga del pecado.
Lo que hacemos en la calle o en la guerra es, de algún modo, el rechazo
del inconsciente colectivo a la imposición de esas mixturas culturales
que se alcanzaron a punta de cruces y espadas. Es el rechazo a la
autoridad que pretendió aplicarle a la gente una inyección de orden
para hacer una «nación», y no lo logró porque quienes impusieron la
legalidad y el supuesto orden, nunca entendieron la psicología y la
organización social de las masas y de los individuos mestizos.
LA
COMPLEJIDAD DE LA VIOLENCIA
Habría
que revaluar el término de violencia política y, de alguna manera,
ampliarlo, pues no solamente el hecho del asesinato con un propósito
político es un crimen político. La violencia política, en un sentido
más amplio, es también el subproducto social de todas las barbaridades
históricas y de todos los sojuzgamientos propios de la llamada violencia
cotidiana, amén de la violencia clasista, la de la opresión y la inequidad.
La delincuencia común también es quizás a la inversa violencia
política. Eso no es nuevo para nadie, ni siquiera para quienes demonizan
todas las expresiones libres, en medio de un maniqueísmo simplista
y torpe de disparos, de autodefensas y de opciones más retardatarias
como el neoliberalismo, que no es más sino una forma velada y de moda
de la suma del viejo colonialismo con el contrabando de hoy, idéntico
al de antes, que fuera la gran expresión de la economía en los primeros
años de la República y que hemos heredado en forma de narcotráfico.
Nuestros 25.000 muertos al año, así se deban a la estrellada de un
bus que tenía mal los frenos, o de una línea en la vía no respetada,
obedecen a una conducta política impuesta por los poderosos, de una
seudocultura política. La histórica, la de siempre: la de la ventaja,
la del clientelismo, la del beneficio individual. Porque si el ejercicio
de la política es corrupto, el dolo está implícito en la válvula del
bus a la que le faltaba un poco de líquido; porque así es más barato,
como lo enseñan los mercachifles de la macroeconomía. En consecuencia,
los 30 muertos del bus que se va a un abismo son producto de una conducta
igualmente equívoca; de una violencia no sólo política sino instituida
por las «políticas» y no reconocida como violencia y conflicto social,
por una depravación histórica de quienes «organizan» la sociedad.
IDENTIDAD
EN LA ANARQUÍA
Curiosamente,
la identidad se da cuando el colombiano o el bogotano se ponen en
sintonía con lo suyo, que es la anarquía psicomotriz cultural; ahí,
en medio de la anarquización de todo, paradójicamente se produce una
cierta organización. Es en ese momento cuando el conductor respeta
la «cebra» en el semáforo. Hoy, de manera espontánea, mucha gente
cede el paso y construye leyes intuitivas y «legítimas» para organizar
lo que el Estado es incapaz de manejar: la calle, la gente, los asociados
con sus deberes y derechos.
Cuando el colombiano se reconoce en el desorden y vive del desorden,
empieza a organizarse. ¿En qué medida? De repente la gente empieza
a construir espacios de tolerancia y convive, mal que bien, ante la
absoluta inexistencia del Estado como figura paterna, autoritaria.
Entonces es paradójico que a través del desorden, la gente encuentre
la semilla para poder organizarse. Si hay algo notorio en la Colombia
de hoy es que ante la desaparición del Estado, la gente se organiza
por encima de su ausencia, llámese guerrilla, paramilitares, ONG o
sociedad civil. Y esto se expresa, más allá de los conceptos, en la
simple cotidianidad, en la sobrevivencia.
LA
LEY: UN JUEGO SIN FIN
Cuando
se habla de la Constitución uno piensa en la ley. Las legislaciones
colombianas se han pensado y construido, a lo largo de los siglos,
para que no perduren. Ésta es una perversidad del alma de los legisladores,
puesto que la ley debería permanecer como pauta de conducta a través
de la cual se corrige y se convive. En otras sociedades sucede lo
contrario; los gringos tienen una Constitución de diez artículos y
esa regla subsiste gracias a un régimen policial. Aquí parece que
cada ley tiene dentro de sí la semilla de su propia autodestrucción
para posibilitar que se dé el santanderismo, la continuidad tonta
de leyes que no sirven y que generan otras que no perdurarán, para
que sólo se reproduzca estúpidamente la necesidad de más leyes y más
legisladores, siempre dentro del universo de la ineficacia, la garantía
de supervivencia de lo que Gaitán llamaba «los mismos con las mismas».
Esa es la maña del poder. Para perpetuarse tiene que traicionar su
propio invento: la ley. ¿Y cómo? Haciéndola imperdurable. Los poderosos
se perpetúan en este país reformando siempre la ley para quitarle
perdurabilidad, y en ese juego de malhacer leyes todo el país, con
ellos a la cabeza, perece, históricamente hablando.
Si la ley desde un principio estuviera relativamente bien hecha, ellos
no podrían seguir legislando sólo para el día a día. Tan así es que
por ejemplo en un tema como la extradición, que nos agobia nacional
e internacionalmente, los constituyentes de 1991 sólo legislaron para
la coyuntura. Había narcoterrorismo y decidieron olvidarse de la extradición,
sabiendo que cinco o seis años después iba a armarse un rollo internacional
o un rollo interno tan fuerte, que iban a tener que revisar esa decisión.
Una ley contradice la ley de hace quince años y la extradición es
un claro ejemplo contemporáneo de cómo legislar para el presente.
Hacen constituciones para la coyuntura, y ¿qué pasa después? Se inventan
las posibilidades de reformar a través del Congreso para quitarle
las vísceras a la Constitución, para poder volver a hacer otra ley
que tampoco perdure. ¿Cómo quieren entonces que el ciudadano se acoja
a una ley de pacotilla? ¿Que respete una normatividad variable, fútil
e inaprensible? Y lo peor es que en ese juego siempre ganan ellos,
los del poder, y pierden los que en apariencia sí están sujetos a
la ley, los ciudadanos del montón que la rechazan consciente o inconscientemente
y son castigados por ella o por las leyes privadas, ilegales. Esas
que hoy ejercen con barbarie los «paras» que dicen representar la
legitimidad, y las propias fuerzas de esa «legitimidad». Por esta
razón no creo que la ley, por encima de la conciencia individual y
colectiva, sea la única posibilidad de organización social. Quienes
manejan las leyes, hasta la de la oferta y la demanda, siempre están
aliados, y les favorece que éstas no perduren, aunque sepan que la
impunidad original de la ley es su no perdurabilidad. Y esa es una
raíz definitiva de la violencia. Tan así es que se hizo una gran ley,
la Independencia, que en su conjunto con todo lo que implicaba
era una ley civilista, una conquista que nos permitía vernos, existir
y actuar en una sociedad soberana y nacional. Y no pasó nada. Esa
ley original, como todas, nunca se cumplió.
LA
PERIFERIA PARA EL CENTRO
El lastre histórico de no vivir en armonía con la geografía vertical
diversa que tenemos en el corazón y en el entendimiento, se debe al
triunfo del centralismo. Es la victoria de Nariño, por una parte,
y más tarde de Bolívar y Santander. Haciendo un poco de ficción histórica,
uno puede preguntarse qué habría pasado si a través de una ley de
carácter federal se hubieran respetado la diversidad cultural, las
regiones y las economías en Colombia. Cualquier intento contemporáneo
serio para reestructurar el país y sacarlo de la guerra debe pasar
por el planteamiento de la institucionalización de las autonomías
regionales, en una especie de prefederalismo, que será la única medida
que permita legalizar lo que hoy es un hecho: el dominio territorial
por parte de unos grupos armados que han consolidado su influencia
en todos los niveles, sobre vastas áreas de la geografía nacional.
Las famosas reformas constitucionales hacia la paz deben considerar,
antes que nada, el federalismo como nuevo diseño político, de tal
modo que esas fuerzas autónomas sean convocadas por un Estado, ese
sí de verdad nacional, que sea como un alter ego de las regiones,
libres, pero vinculadas a la nación. Esa es la única fórmula realista
para que la guerrilla, los «paras» y demás factores de violencia que
no piensan dejar las armas sino reinsertarse armados en la sociedad,
como ya lo han planteado, hagan parte de fuerzas policiales o militares
regionales que le deban obediencia a un Estado central pero no centralista.
Fuerzas que dependan de un ejército nacional, pero que simultáneamente
garanticen la validez y la permanencia del concepto de organización
federal de la vida civil y militar. Y que garanticen, en una especie
de paz armada, los logros mismos de la paz en materia política, social
y económica. A eso no hay que tenerle miedo, y esa, en últimas, puede
ser la verdadera reinserción de todos los alzados en armas.
Con un ejército nacional ineficiente ideológica y operati-vamente,
una guerrilla fuerte, el problema de la tierra dividido en tenencia
y territorialidad origen histórico de todo el derrame de sangre
en Colombia, unos «paras» que también están en el problema de
tenencia y territorialidad y que desplazan, se encuentra otra posibilidad
muy fácil de balcanización. El remedio podría ser una república federal
que no sólo propusiera soluciones contemporáneas, sino que finalmente
enderezara un equívoco histórico: haber pegado con babas una nación
que sólo existía en el delirio de unos iluminados que nunca miraron
la historia, que no se dieron cuenta de la inmensa diversidad cultural
y que forzaron un esquema centralista y excluyente, causante de todas
las guerras y de todas las injusticias.
LA
GUERRA DE LOS FANTASMAS
Los
gringos tienen un interés estratégico de carácter geopolítico. Luchan
contra el narcotráfico porque les afecta sus intereses económicos
seudoéticos, y como policías del mundo mantienen el prohibicionismo
mientras les convenga. Además, el expansionismo norteamericano y la
concepción imperial siguen ahí y más que nunca ahora que empiezan
a darse los primeros síntomas de sus deseos de «vietnamizar» el caso
colombiano. Además la «variable» Colombia, en términos de la política
del Departamento de Estado para América Latina, seguirá siendo la
misma: una política en la que prima lo económico, lo estratégico,
lo militar y lo neocolonial o neoliberal, como lo quieran llamar.
Me parece que en la Colombia de hoy, no en la de 1900 y de la pérdida
del canal de Panamá, sino en la de hoy, los gringos no se la pueden
jugar como quisieran. Esta argamasa que es la sociedad nacional, este
sancocho del que hablaba Jaime Bateman, es un intangible desde el
punto de vista de la estrategia imperial. Este país es un lugar inmanejable.
Aunque el ser colectivo colombiano no es nación ni es nada, sí es
profundamente lúcido, inteligente, imaginativo y tiene una concepción
antiautoritaria que tendría que confrontarse, y de hecho ocurre, con
la máxima autoridad del planeta. No les sería muy fácil tener de verdad
una capacidad de manejo sobre este país, así sea a través de los sapos
nacionales que les hacen el juego. La respuesta de Colombia, aunque
suene romántico, sería profundamente creativa, profundamente lúcida.
Por otra parte, el poder político y económico todavía es fiel intérprete
de sus propias necesidades que, en últimas, coinciden con las de los
Estados Unidos; por ejemplo, todo el proceso de la apertura, de ese
reino del contrabando que nos instaló César Gaviria y del cuento de
la globalización otro proceso devastador para el país y en general
para el Sur coincide perfectamente con los intereses de los
comerciantes norteamericanos. Y los gringos, como sociedad imperial,
no son nada más ni nada menos que eso: comerciantes. Igual de «tumbadores»
a los de acá, y por eso se identifican con sus modelos neoliberales.
Este siempre ha sido un país de comerciantes y de leguleyos, cuyos
intereses coinciden con los de los Estados Unidos.
Ese cordón umbilical que hay entre los Estados Unidos y el poder político
y económico en Colombia, sigue evolucionando. En cambio, si se rompiera
verdaderamente el equilibrio de la «democracia» colombiana en sí misma
y en su relación con los gringos la cosa se tornaría difícil e incluso
podría pensarse que los Estados Unidos adoptarían otro tipo de acciones,
a su juicio mucho más eficaces, para volver a organizar su «Banana
Republic». Por ejemplo, si se produjera ese proceso de balcanización,
es decir, si ocurrieran decisiones políticas definitivas en este país,
si se consolidaran tendencias y reformas en los próximos diez años,
los gringos sí se jugarían una salida militar: pellizcarían un pedazo
de territorio y dejarían otro intacto. Eso sucedería así si la guerrilla
tumbara una puerta descomunal y verdaderamente pusiera en jaque al
país.
TENSIONES
EN LAS EXTREMIDADES
Lo
más extremo es el equilibrio de la guerra. Dentro de una pavorosa
ética social el país se ha acostumbrado a que existe una guerra equilibrada,
que produce unas estadísticas de horror y unos porcentajes de sangre
«asumibles» para la sociedad. Es extremo que nos hayamos acostumbrado
a 250.000 muertos en los últimos años y que nos parezca que la guerra
es manejable, mientras sea estable. Eso es lo que un proceso de paz
debería romper, no el extremo de la polarización de las fuerzas mismas
del conflicto y de su capacidad de avance o de retroceso. Hay que
romper el hilo conductor de la existencia de una guerra permanente,
de una guerra que no va ni viene, que desafortunadamente no tiene
en tantos años, cerca de 40, un ganador a la vista. Es terrible, pero
aquí lo único estable y perdurable es la guerra. Esa sí ha sido en
las últimas décadas la verdadera norma y en ella sí perduran las leyes,
pero las de la guerra, las que nos gobiernan en lo social y en lo
político.
La pelea es por la territorialidad. Finalmente los violentos tratan
de conservar lo que creen suficiente para el abastecimiento de su
gente y para su crecimiento. Por eso la guerra en Colombia no es de
ganadores ni vencedores y, por tanto, perdura, volviéndola más trágica
porque se trata de conservar zonas invadidas a veces por el uno o
por el otro. Esa posibilidad de entrecruzarse en territorios y en
dominios físicos de la tierra es la que hace perdurar una guerra boba
que tan sólo garantiza un cierto equilibrio, incluso económico y de
relaciones de producción entre quienes se van acomodando, entre ellos
el ejército y la sociedad misma, que poco a poco se vuelve inmune
a la guerra, hipnotizada. ¿Quién se beneficia de esa estabilidad de
la guerra? Pelecha el ejército porque crece, porque le dan más recursos;
pelechan los «paras», la guerrilla y hasta los procesos de paz. Lo
más inmoral de una guerra es que sea estable.
PRIVADOS
DEL EJÉRCITO
El
ejército nunca fue nacional, sino más bien un ejército construido
para el servicio de un sector o de unos sectores, pero siempre con
un concepto particular, privado y no público, mucho menos nacional;
de ahí la facilidad con que varios de sus miembros y algunos dueños
de la propiedad tomaron la decisión, no hace mucho tiempo, de privatizar
la guerra con ejércitos a sueldo como los paramilitares o las autodefensas.
En ese sentido el general Manuel José Bonett tiene una anécdota reveladora:
«Cuando era subteniente en Ciénaga (Magdalena), me ordenaron acabar
con los liberales; cuando fui coronel, me ordenaron matar a los comunistas».
¿Quiénes? Los dueños del ejército colombiano, que son los mismos dueños
de la economía y de la política; entonces que no se rasguen las vestiduras.
El más privado de los ejércitos es el colombiano. Los «paras» son
privados, pero el ejército colombiano lo es mucho más. Es muy difícil
que un ejército que jamás ha sido nacional, se vuelque en sentido
figurado sobre la nación real y no sobre la nación parcial que ha
sustentado.
Últimamente ha pasado otra cosa fundamental en el conflicto armado
en los campos. Hace unos años, en la época de la violencia anterior,
el problema era la tenencia de la tierra, el campesino que pretendía
la reforma agraria y el otro que no se la otorgaba, pero en los últimos
tiempos ese polo de conflicto bélico se desplazó hacia la concepción
de la territorialidad que sobrepasa el problema de la tenencia de
la tierra. En el manejo de las grandes áreas rurales lo menos importante
es la propiedad privada de la tierra, que era por lo que se peleaba
hace 50 años; lo importante ahora es el dominio económico de inmensas
extensiones. ¿Por qué lo menos importante es poseer la tierra? Porque
se tienen armas de territorialidad absolutamente asombrosas como la
capacidad de desplazamiento, y a través del desplazamiento no se necesita
poseer las propiedades. Por la ausencia del desplazado, éstas simplemente
son de las fuerzas de ocupación. El mayor negocio en el campo en los
últimos años es el desplazamiento, y más en el caso de los paramilitares.
La guerrilla también juega a la territorialidad: por su intención
política, por su deseo de reformas o quizás por un supuesto deseo
de toma del poder. Los «paras» juegan porque si salen 300 campesinos
de Mutatá, simplemente quedan 25.000 hectáreas, y si se puede sembrar
coca, ¡perfecto!
En los últimos cinco años se ha dado una transformación evidente del
fenómeno paramilitar. Fue una bola de nieve que se les salió de las
manos a sus creadores, esto es, al ejército y a los narcos, apoyados
por los ganaderos y por los agricultores. Sin embargo, Carlos Castaño
está totalmente identificado con los deseos igualitarios de las Farc
y el ELN, pero no con su modo de actuar. ¡Los paramilitares hoy son
refor-mistas! Son, en este momento, una guerrilla de «derecha revolucionaria»
que pone en práctica el concepto de la territorialidad para hacer
una reforma agraria, no por la tenencia de la tierra, sino por el
dominio territorial mismo, geopolítico y estratégico, desde luego
al servicio de quien les paga; esa es su gran flaqueza moral, además
de la inmensa cobardía de asesinar a la población civil.
Pero volviendo al cambalache de la tenencia de la tierra, enfrentada
al nuevo proceso de territorialidad, ya no son de alguna manera los
individuos los que hacen las guerras. Los individuos sumados, los
de antes, los que querían una tierrita... ahora son unas masas flotantes
en lo ideológico y lo económico, que se van moviendo por el país poseyendo
dominio territorial y en consecuencia poder político, militar y económico.
La guerrilla pide unas mesas de diálogo que conduzcan a otra Asamblea
Constituyente para renovar de nuevo ese mito colombiano, el de la
Carta Magna: todo el mundo quiere pasar a la historia reformando ese
libro. Pero a mi juicio la guerrilla colombiana sigue siendo un movimiento
armado que, como todos, ejerce de manera estúpida la violencia, que
está metido en una guerra sin salida, pero que evidentemente no es
una banda armada terrorista, ni una banda de narcotraficantes. Se
trata de organizaciones político-militares que mantienen unos preceptos
ideológicos de justicia social, de reforma social. Ya se bajaron hace
rato del cuento de la dictadura del proletariado y de la construcción
del socialismo, de la utopía marxista-leninista, pero mantienen una
estructura ética y política que les da legitimidad ideológica.
¿QUIÉNES,
PARA NEGOCIAR QUÉ?
En
medio del posible diálogo con los alzados en armas se va a ventilar
el problema del costo-beneficio, dentro del pragmatismo y la autosuficiencia
de la burguesía colombiana y de la guerrilla. Hoy el presidente de
Fedegan, Jorge Visbal Martelo, puede decir: «Bueno, mi costo es de
10%; la embarramos históricamente, doy el 10% de justicia social».
Y ese negocio, como es obvio, se producirá dentro de la guerra. Cada
cual querrá presionar más, deseará regatear, como hace uno cuando
va a la tienda o a un sanandresito a comprar algo. Exactamente lo
mismo: tanto de reformas sociales, tanto de bienestar familiar, tal
modificación del Seguro Social para cubrimiento del 40% en salud.
Eso es lo que inicialmente van a negociar, pero la unidad del Estado
también la van a tener que negociar.
Un aspecto fundamental, la cohesión del Estado por medio de las fuerzas
militares, será el punto definitivo de una negociación. Más allá del
dinero, de las reformas, de la reinserción, de los mismos procesos
inherentes a la paz, el problema es qué hacer con las fuerzas armadas
del país. De alguna manera las propias fuerzas militares lo único
que no dejarían tocar sería su integridad, y todo depende de quien
esté al frente del Estado, de quien esté aportándoles la ideología
a los militares en el momento en que se produzca la negociación. Ese
es el gran problema, porque la guerrilla seguramente pedirá la reestructuración
de las fuerzas armadas. Ahí vendrán las grandes dificultades, cuando
en el negocio se metan con la almendra, con esa institución «romántica»
que es el ejército de la patria, que en el fondo no es otra cosa que
la seguridad del Estado y de quien lo soporta.
En ese instante se empezará la discusión sobre el concepto de Estado
que se quiere. ¿Centralista? ¿Federalista? ¿Con autonomías regionales?
¿Neoliberal? ¿Social? La primera discusión y el último acuerdo serán
sobre qué pasará con las fuerzas armadas, las legítimas y la guerrilla;
eso lo tienen que negociar paralelamente a todo lo demás. No obstante,
lo que marcará la pauta será el negocio de las armas de la guerrilla
y del ejército, en un sentido político. ¿Quién debería estar en la
paz? Ahí sí toca ser casi matemático, sumar el todo nacional. Y cuando
digo sumar todo, no es solamente convocar a la mesa y a los procesos
de paz al Estado, los bandos y las organizaciones que tienen un puesto
ganado y una cierta legitimidad: ONG, derechos humanos, campesinos,
sino a lo que coloquialmente podría definirse como todo el «combo».
Mucho más allá de lo que hoy llaman «sociedad civil», que poco a poco
comienza a dejar de ser una expresión libre de la colectividad porque
ya ese concepto lo empiezan a manipular los medios, los gremios y
los políticos para apropiarse de esa sociedad civil y convencernos
una vez más de que ellos dizque son Colombia, para volver a atracar
al pueblo y robarle su representación. Todo el país, es decir 40 millones
de personas, debe estar representado para cohesionar la gran masa
de la paz. Es un problema histórico de exclusión el que hay que vencer.
La gran estrategia, el gran trabajo de la gente que piensa en este
país y que produce ideas, debería ser la generación de mecanismos
para aglutinar una expresión que nunca se ha dado, una expresión históricamente
oculta e invisible, la de los millones de colombianos que son en últimas
las víctimas de la violencia, los que se mueren. Ellos tienen que
expresarse por encima de la guerrilla, del poder, de los dueños de
la producción, de la Iglesia y del ejército. Todos los colombianos
deben ser aceptados en el proceso de paz y en la construcción de un
nuevo Estado y un nuevo país, para ver si al fin somos nación.
Versión de la entrevista a Antonio Morales Riveira, tomada del libro
No pasa nada. Una mirada a la guerra, de Guillermo Solarte Lindo,
editado por Tercer Mundo y el Instituto Interamericano de Cooperación
para la Agricultura, IICA, 1998.
|