|

Entrevista con el cineasta Barbet
Schroeder
Texto y fotografías de Juan Fernando Ospina
|
¿Usted
conoció la obra de Fernando Vallejo en Francia?
Sí, pero no la leí en francés, la leí en español. Ahora, en Francia,
dos de sus libros tienen mucho éxito, pero yo los conozco desde antes
que salieran allá.
¿Cuándo la conoció?
Hace un año. El responsable es mi amigo Luis Ospina. Él me dijo: «Esto
es una cosa para usted».
¿Consiguió sus libros en París?
No, los conseguí aquí, pues yo vengo a Colombia cada vez que no estoy
haciendo una película. La penúltima vez que estuve compré todos los
que encontré.
Usted vivió en Colombia cuatro años, por la época del Bogotazo. ¿Qué
edad tenía?
Siete años. Colombia es el país de mi infancia, el país de mi corazón.
¿Vivía en Bogotá?
Sí, pero íbamos de vacaciones a Cartagena, a Medellín, a Cali. También
estuve muchas veces en los Llanos montando a caballo.
¿A dónde fue luego de salir de Colombia?
Viví en París. La mayor parte de mi adolescencia la pasé allí. Fue
la época de La Cinemateca, los filmes... sin embargo, el primer filme
que yo vi en mi vida lo vi en Bogotá, y me sacaron llorando antes
del final. La película era Bambi; después de eso no vi cine por muchos
años.
¿Una experiencia traumática?
Sí, más traumática que la del 9 de abril.
¿Además de colombiano se siente francés?
No, realmente nunca me sentí francés. Soy francés de cultura, pero
en Francia nunca me sentí en casa. Era muy horrible el cambio de salir
de Colombia y llegar a Europa: todo era frío, la gente no era tan
buena; no me gustó tanto. La escuela era de los tiempos de Napoleón,
los liceos eran horrorosos. Me sentí como un alien.
¿Cómo surgió el proyecto de Mariposas...?
Me gustaban tanto las obras de Bukowski que decidí llamarlo para ver
si era posible hacer algo juntos. Conseguir su teléfono fue muy difícil,
pero cuando finalmente lo llamé, me contestó: «No me interesa». Entonces
le dije: «Ejem, yo...» y él me repitió: «No me interesa y punto».
Y me colgó. Luego volví a llamarlo y le dije: «Esto no va a ser cine
de Hollywood, lo que quiero hacer es un filme respetando su obra,
una película que se vea como suya con mi colaboración y no como una
película mía».
¿Bukowski tenía alguna referencia suya?
No, ninguna. Además, para él el cine era horroroso; de cualquier tipo.
Él nunca iba a cine, lo odiaba.
¿Para esta época él gozaba ya de cierto reconocimiento?
No, nada de eso. Vivía en un lugar miserable cerca de East Hollywood,
viejo y barato, y subsistía con las regalías del único país donde
se estaban vendiendo sus libros; era el segundo año en que le enviaban
dinero de Alemania. Realmente él nunca cambió su forma de vida. Su
bienestar económico vendría en parte por la película, sólo que ese
dinero apenas se le pagó cuando terminamos de editar, es decir, siete
años después.
¿Qué hizo que una persona tan apática como Bukowski aceptara su propuesta,
comprometiéndose incluso a escribir el guión? ¿El dinero, tal vez?
El dinero no era mucho al empezar, aunque para él estaba bastante
bien. Lo que pasó fue que nos comprendimos, nos hicimos amigos; esa
fue la razón.
¿El personaje que conoció reflejaba lo que leía en sus libros?
Sí, era casi como él mismo; sin embargo, algo que nunca aparece en
sus libros es que era bastante tímido y sensible, hipersensible, una
persona que no haría daño a nadie, ni siquiera a una araña. Esa es
la diferencia entre el personaje de ficción y el verdadero.
¿Es cierto que Bukowski escribió un libro en el que contaba todo lo
relacionado con la película?
Sí, aunque no todo es cierto, como por ejemplo el episodio en Rusia.
Él no comprendió bien lo que le conté, dice que yo estuve poniendo
mi lengua en la boca de una vieja mujer. Él no entendió esto, pero
no importa: es la verdad en un 95%.
¿Cuál es la verdad del episodio en Rusia?
Hum... ese fue uno de los intentos por conseguir un millón de dólares
para Mariposas..., uno entre muchos. Yo pasé todos esos años buscando
el dinero. Uno de los planes fue traficar con diamantes en África.
Otro, jugar en los casinos con el tipo que hizo Los tramposos; él
tenía algunos trucos para engañar y lo intentó varias veces, pero
fue un fracaso, no funcionó.
Otra tentativa fue la de Rusia. Supe que había una señora de unos
40 años que quería salir de allí, pero no podía; tenía 40 millones
de dólares en una cuenta suiza, parte de una herencia. Así que me
fui para Moscú con el pretexto de mostrar mi película Los tramposos
por primera vez al público ruso. Nadie entendía que yo hacía este
show para poder encontrarme con ella. La estuve esperando, mas a último
momento no pudo asistir porque la policía la tenía vigilada. Me vi
entonces en la necesidad de encontrar una intérprete discreta, que
no fuera a denunciar nada, pero no resultaba nada fácil conseguir
este servicio, y menos a mitad del invierno. Afortunadamente por fin
di con una mujer muy vieja, muy religiosa, a la que seduje diciéndole
que me interesaba mucho Cristo. De esta manera logré que me enseñara
todos los lugares secretos de los cristianos, todo el underground
cristiano de Moscú; era increíble, muy interesante. Hicimos esto por
dos días, hasta que le propuse que fuera mi intérprete. Luego nos
fuimos a visitar a la mujer de la herencia en su apartamento, a eso
de la medianoche, y allí fue cuando descubrí que a mi intérprete la
excitaba el miedo, le gustaba estar asustada, tenía orgasmos con ello.
Me decía: «¡Mira, mira, ahí está un tipo con metralleta, es de la
KGB!». Cada vez que los veía se volvía como loca... Bueno, finalmente
me encontré con la señora. Una historia complicada: tenía una hija
fantástica de 16 años y me enamoré de ella.
¿Le tocó vivir el momento en que Bukowski comenzó a recibir dinero?
Sí; él nunca cambió. Empezó a escribir poemas sobre su BMW, sobre
su nuevo jardín y cosas así; no perdió la inspiración. Además iba
todos los días a apostar a los caballos; alguna vez perdió 200 dólares
y se sintió muy estúpido. Para él esos eran los mejores momentos para
escribir.
¿Y efectivamente era una persona que tenía que beber todo el tiempo?
Sí, aunque a mí me tocó el período en que cambió. Cuando lo conocí
bebía vodka, luego cambió al vino blanco; una noche nos tomamos unas
doce botellas de vino blanco. Luego pasó al vino rojo y tomaba solamente
cuando se ponía el Sol. Luego bebía un día sí y un día no, y así...
Me tocó el período en el que comenzó a cuidarse para vivir más. Lo
extraño fue que cuando le descubrieron la leucemia le hicieron un
examen para ver cómo estaba su hígado y apareció perfecto. Este tipo
era una fuerza de la naturaleza, una fuerza increíble.
A Bukowski la película le gustó muchísimo, pero hubo algo que le pareció
imposible, un sacrilegio. Cuando Mickey Rourke encuentra a Faye Dunaway
en el bar, ríen, beben, conversan. Luego salen del bar; al final de
esta toma él le dice: «O.K. Vamos». Pone su botella en la barra y
sale. En la botella todavía se ve un poco de cerveza. Bukowski dijo:
«¡Nunca! ¡Nunca un personaje como él va a dejar media botella, imposible!»
¿Y el casting? ¿Él estuvo de acuerdo con eso?
Con Mickey Rourke estuvo bastante de acuerdo, pero con Faye Dunaway
no tanto. Para él el personaje femenino representaba a la mujer de
su vida, tenía un recuerdo muy fuerte de ella y no era como Faye.
¿Quedó contento con la película?
La película salió fantástica. Mi trabajo con Mickey fue casi lo mejor
que he hecho. El primer día de rodaje todo marchó bien, pero antes
yo había tenido muchísimos problemas con él, hasta el punto de que
llegué a decirle que no hacía la película. Él tenía una visión del
personaje totalmente falsa, creía que este tipo vestía camisetas de
Hawai y lucía bronceado. Yo le decía que no había sol dentro del bar.
Mickey estaba loco. También tenía otra idea descabellada: quería usar
unas gafas blancas de mujer Christian Dior, a las que les mandó fundir
unas palmeras a cada lado como una manera de contribuir a la imagen
del personaje.
Él no entendió bien lo que le conté sobre la película. Es decir, que
era sobre gente sencilla, que no tiene automóvil, que vive en Los
Ángeles, que no tiene dinero, que está rodeada de palmeras por todos
lados. Esto era tan notorio, que no había necesidad de mostrarlo en
unas gafas. Mickey me las enseñó y me dijo muy serio: «Éstas son las
gafas del personaje». Yo, totalmente deprimido, me las puse para que
viera el efecto que causaban. Le manifesté que si esas eran las gafas
del personaje entonces mejor no hacía la película. Fue un momento
muy tenso.
Después le dije que las podía usar en un momento de la película, cuando
va a ver a la editora, una mujer rica. En su casa hay unas gafas,
y él se las pone un instante.
¿Ahora con Fernando Vallejo no repite un poco lo que fue la experiencia
con Bukowski?
A mí me gusta mucho esta forma de trabajo. Así hace sus películas
Alain Resnais; todas comienzan con el escritor. Es decir, él se pone
al servicio de un escritor que le guste, y creo que con esta manera
de trabajar se hacen películas más originales. Además, cuando un escritor
tiene el sentido de la palabra los actores ganan mucho; por ejemplo,
si un diálogo está bien escrito tiene la música del escritor en las
palabras y a los actores les va mejor cuando disponen de un buen texto.
Muy pocos directores trabajan así, y menos aún en América. No son
fetichistas del escritor, como sí lo soy yo.
¿Está haciendo un documental para cine sobre Vallejo?
No, en video, porque sólo me enteré a último momento de que él iba
a venir a Colombia a inaugurar el Congreso Nacional de Escritores.
Empecé a grabarlo con una cámara digital, sin equipo humano, haciendo
yo solo el sonido y la imagen. La calidad no es perfecta, porque no
soy muy buen camarógrafo; es más, hasta hace poco nunca había hecho
cámara ni fotografía. Tomar fotos es difícil para mí porque me saca
de la vida. No puedo vivir y hacer fotos al mismo tiempo.
¿Qué finalidad tiene este documental?
Es para la televisión, para la gente que conoce a Vallejo y le gustan
sus libros, para quienes quieren conocer algo más del personaje, sobre
las ciudades de las que él habla.
¿Podría considerar a Vallejo y a Bukowski como escritores marginales?
Tal vez, en la medida en que viven fuera de las normas generalmente
aceptadas. Su crítica se hace desde un punto de vista que no es el
clásico, pero no parece de izquierda. Es una crítica más fundamental
y más pesimista, como la de Celine.
Ayer hablábamos de un proyecto suyo de finales de los años setenta.
El proyecto se llamaba «Machete». Hice el guión con un amigo crítico
de cine, pero nunca llegamos a escribir los diálogos.
¿Era sobre la violencia en Colombia?
Trataba de una situación que resultó premonitoria. Un tipo controlaba
toda una región donde se cultiva coca y tenía un hijo que estaba en
Estados Unidos o en Francia. Es la historia del hijo que vuelve a
ver a su padre, a visitar los lugares de su infancia, y se encuentra
con un infierno de bandas armadas, aviones que vienen y van, laboratorios
y toda la realidad del narco-tráfico pero en el ámbito campesino.
El guión tenía dos elementos que para aquella época eran ficticios:
uno era que la guerrilla hacía parte del negocio al cobrar un impuesto
de seguridad y, el otro, que el dueño se preparaba para producir heroína.
Traía químicos de Tailandia, máquinas para extraer el opio, algo sobre
lo cual me había documentado. En ese tiempo no se hablaba de estas
cosas que ahora son normales. Por esta razón ya no vale la pena filmarlas.
Para todos nosotros ha sido una sorpresa saber que estaba en Bogotá
cuando lo del 9 de abril. ¿Qué recuerda de ese día?
Vivíamos en el centro, en la calle 16. Recuerdo que decían cosas por
la radio. Los adultos, como mi madre, mi padre y los vecinos, estaban
muy preocupados y trataban de ocultarnos los sucesos. Pero los niños
saben todo lo que pasa: no se les puede esconder nada.
Me acuerdo mucho de la radio en Colombia. La muchacha que trabajaba
en la casa siempre estaba escuchándola, de ahí que la música colombiana
haga parte de mi vida. Por esos días del Bogotazo se escucharon más
noticias y menos porros.
¿Sabía quién era Gaitán en ese momento?
Sabía que era un rojo. Me asustaba un poco ese color porque es más
perturbador que el azul. Mi padre, que era geólogo, se mantenía casi
todo el tiempo en la selva, y de allí trajo una lora a la que le enseñó
a decir: «Soy de verde vestido, pero soy liberal».
Un domingo mi padre nos llevó a todos a una fiesta liberal. No tengo
idea si antes o después del 9 de abril, pero creo que fue antes porque
luego era difícil pensar en una fiesta liberal. Yo estaba temeroso
de ir tal vez por el color o por las vibraciones que estaban en el
aire. Cuando lo del 9 de abril nos quedamos encerrados en la casa
como una semana, con instrucciones de no acercarnos a la ventana,
de no hacer demasiado ruido y ser totalmente discretos. De todos modos
mi hermana y yo nos asomamos y vimos un grupo que entraba en una casa
y salía de ella con una nevera americana, grande, de esas superpesadas.
Todos llevaban trapos rojos en la cabeza, tenían machetes y cosas
así. Cuando salieron de la casa el que parecía ser el jefe comenzó
a discutir con uno de los que cargaban. Toda esta escena la vimos
sin sonido, por lo que parecía completamente irreal. Luego de unos
momentos de discusión muy fuerte el jefe se le acercó y ¡zas!, le
cortó la cabeza con el machete. La cabeza rodó por el suelo, pero
el tipo siguió parado con el peso de la nevera, caminó tres pasos
y tuvo contracciones durante un tiempo que me pareció una eternidad.
Como nos habían prohibido mirar por la ventana, sólo les hablamos
de esto a nuestros padres quince días después.
Cuando todo terminó, mi padre dijo que podíamos salir, darle una vuelta
a la ciudad y ver lo que había pasado. Tuve entonces otra visión fantasmal;
la destrucción era impresionante.
Después de estos eventos, unos meses más tarde, me dijeron que la
lora se había escapado. Sin embargo, mucho tiempo después supe la
verdad: mi padre había tenido que matar a la lora porque era peligroso
poseer un pájaro que decía ser liberal.
¿En esos momentos ustedes pensaron en abandonar el país?
No, nosotros dejamos el país dos años más tarde. Hay otra historia,
la última, que tiene que ver con colores también. Después del Bogotazo
fuimos a un picnic, no muy lejos de la ciudad, otra vez con mi hermana.
Estando allí nos pusimos a caminar y unos diez minutos después llegamos
a una colina. Del otro lado había una carretera y de repente vimos
un camión lleno de gente con banderas rojas y armas. Al mismo tiempo,
pero del lado contrario, venía otro camión parecido, lleno de gente
armada vestida toda de azul. Cuando los camiones se encontraron los
hombres se bajaron y empezó el tiroteo. Era algo muy extraño, todo
era una cuestión de colores: una lora verde, grupos rojos, otros azules.
Para mí todos estos recuerdos son muy surreales, hechos precisos que
conservo grabados en imágenes.
¿Cómo comenzó a hacer cine?
Aproximadamente a los doce años de edad, en París, comencé a ver cine
de una manera muy seria en La Cinemateca, y a los catorce decidí que
quería hacer películas. Empecé trabajando con Jean Luc Godard como
tercer asistente o algo así. Luego estuve produciendo películas de
Eric Rhomer, sin dinero. Yo quería hacer películas, pero viendo los
directores que me gustaban me di cuenta de que sus primeros filmes
los habían hecho a los 40 años, entonces pensé que no tenía mucha
prisa en ser director, ya que éste es un arte de hombres maduros,
a diferencia de la música y otras artes. Sin embargo, trabajar como
productor era como ser un superasistente de todo el itinerario de
una película, desde que comienza hasta que termina. Así aprendí muchísimo.
¿Cuál fue su primer proyecto como director?
More, con música de Pink Floyd, rodada en el otoño de 1968. Era una
historia de amor y destrucción; la idea era hacer la historia de una
mujer fatal en camiseta.
¿En qué momento entró Pink Floyd a hacer la música?
Cuando estaba realizando el montaje los Pink Floyd no eran muy conocidos
pero me gustaban mucho, así que fui a preguntarles si querían hacer
la música para el filme. A ellos les pareció buena la idea y de inmediato
nos pusimos a trabajar: tardamos sólo quince días en componerla, grabarla
y editarla. Normalmente ellos demoraban un año en la preparación de
un disco, pero con éste lograron uno de sus mayores éxitos.
En ese tiempo yo no creía que la música fuera tan importante en las
películas, no era lo que más me interesaba; pensaba que era solamente
lo que el público escuchaba como trasfondo en las escenas. Sin embargo,
la música de More sí fue compuesta para la película, pero no con la
exactitud de estos días. Había unas especificaciones para las escenas,
aunque no tan precisas como las que hago ahora con los filmes americanos.
Usted sabe que el público americano necesita música como una droga.
|
|
Bueno,
ahora cuéntenos sobre el episodio Idi Amín.
Este personaje me apasionó por completo. Muy pocas veces recorto cosas
de los diarios, pero cuando lo hago generalmente termino realizando
una película sobre el tema. Una vez lo hice con Amín Dadá y otra con
el caso Von Bülow. Frente a Amín Dadá yo quería comprender cómo funcionaba
la cabeza de ese tipo, entonces aparenté que estaba realizando una
producción para la televisión francesa, pero en realidad era una producción
independiente de la que habíamos vendido una hora para la televisión.
¿Cómo llegó a él?
Por medio de la embajada de Francia en Uganda. Ellos le dijeron que
un personaje de la televisión francesa quería hacer una película de
propaganda sobre él, lo cual era cierto, pues mi objetivo no era mostrar
su aspecto negativo, como sí lo haría un periodista interesado en
denunciar lo que pasaba. Yo deseaba realizar un autorretrato y esa
fue la propuesta que le presenté cuando nos encontramos. Ese momento
incluso se filmó, pero no resultó técnicamente; la idea era que la
película comenzara justamente con esa conversación.
A Idi Amín le gustó mucho la idea de que yo estuviera a su servicio
y él fuera casi como el director. Estuve listo a grabar cualquiera
de las cosas que propusiera, con la condición de que siempre apareciera
frente a la cámara. Él quería ponerme a filmar las fábricas e industrias
de su país, a lo cual estuve dispuesto siempre y cuando fuera él quien
las presentara.
Bukowski menciona en su libro que en el documental pueden verse cocodrilos
y cadáveres flotando en el río.
Cocodrilos sí, pero cadáveres no. Los saurios tenían exceso de alimento.
Incluso en Kampala la electricidad se iba muchas veces porque las
turbinas generadoras se atascaban con los cadáveres que los cocodrilos
no se comían.
¿Qué escenas le preparó Idi Amín?
Una donde representamos las alturas del Golán. Él me dijo: «Ahora
le voy a mostrar cómo deben tomarse las alturas israelíes del Golán».
Y así organizó una toma muy ridícula de una pequeña colina, fuera
de Kampala, con todo el ejército ugandés. Hubo momentos muy cómicos,
como cuando se ve que él le dice al camarógrafo Néstor Almendros que
filme un helicóptero y la cámara hace un giro porque el dictador lo
ordena.
Hay otra escena muy importante en la que Idi Amín les habla a los
doctores de la Facultad de Medicina. Hace un gran discurso, aunque
ridículo, en el que les explica que deben ser muy limpios y lavarse
las manos antes de cada operación; luego cambia de tema, habla de
cosas más divertidas que causan la risa de los asistentes, y finalmente
dice que si alguno de los presentes tiene problemas que exponer, lo
puede hacer. Algunos lo halagan, pero hay uno que comienza a criticar
un poco el régimen, en especial por la pobreza y los problemas que
los aquejan. Yo me fijo entonces en la manera como el rostro del dictador
se transforma. Se ven los ojos que van a matar y se oye su respiración
agitada, muy agitada. Por último se ríe y dice que le gusta mucho
ese tipo de discusión franca, pero el pobre que habló esa noche sirvió
de alimento para los cocodrilos poco después.
Lo que me contó sobre una reunión de ministros también es muy impresionante...
Eso fue fantástico. Le insistí para que citara a un consejo de ministros,
pues intuía que podría convertirse en una buena escena, y fue la mejor.
Las cosas que decía eran increíbles, como ésta por ejemplo: «Tienen
que enseñar al pueblo a amar a su líder, esto es lo más importante».
Hubo otra situación bastante terrible por la cual nunca quise cenar
con él ni aceptar las mujeres que me ofrecía. Yo solía quedarme en
mi habitación leyendo los diarios desde el momento en que Amín tomó
el poder, pues de esa manera encontraba muchas de las preguntas que
posteriormente le hacía. Un día que fuimos al Ministerio de Información
para saber el itinerario de Amín y decidir qué hacer, encontramos
un gran escándalo, gente en armas que corría por todas partes. Le
preguntamos a alguien qué sucedía y nos contó que la noche anterior
Amín se había visto por televisión saludando a un líder árabe con
la mano izquierda, lo cual es una falta muy grave entre los musulmanes.
Amín estaba furioso con el camarógrafo que había hecho esa toma. Cuando
lo vi, horas más tarde, le dije que la culpa no era del camarógrafo,
que era un problema en la sala de edición donde seguramente habían
puesto la cinta al revés, y por eso parecía que saludara con la mano
izquierda. Entonces él dijo: «¡Ajá, así que fue el editor!» y lo mandó
llamar. Una hora antes había ordenado que mataran al camarógrafo...
Después de ese día no volví a hablar de nada con Amín. Por eso el
poder es un horror absoluto. A mí no me gusta el poder de ningún tipo,
y siempre trato de evitar esas situaciones. Incluso tengo problemas
cuando soy director de cine, pues no me agrada sentir demasiado ese
poder. Amín Dadá se volvió una caricatura de todos los directores.
Lo más interesante de este caso es que el tipo parecía inocente, como
un joven elefante salvaje que no sabe lo que está haciendo, que actúa
así por naturaleza.
¿Qué pasó después con la película?
A Idi Amín le mandé una versión un poco más corta, la que hice para
televisión, que le gustó mucho. La película tuvo un éxito tremendo.
En París se exhibió durante un año, y la gente la veía como un filme
cómico de Chaplin.
|