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La primera vez que oí mencionar la historia fue en casa del médico Luis Eduardo Vargas Rocha. Sucedió hace 25 años en presencia del pintor Darío Jiménez y del compositor Óscar Buenaventura, y apareció ociosamente por obra del rastreo a los linajes, una cualidad de los tolimenses viejos cuando son buenos conversadores. Según el anfitrión, un pariente remoto por la rama materna que ejerció la medicina en Ibagué en 1830, estuvo envuelto en la sindicación judicial que se abrió contra el Libertador Simón Bolívar, sin que hubiera intervenido como conjurado sino como un ciudadano que reclamó la acción de la justicia para que se resarciera un agravio. El recuerdo era compartido, porque un antepasado del compositor había hospedado en su casa al Padre de la Patria entre el 6 y el 7 de enero de ese año, la noche del suceso. Ocho años después, la misma historia vino a colación entre los magistrados Lubín Piedrahíta Marín y Germán Alvarado Pantoja, quienes, en las largas tertulias nocturnas del bar El Fique, solían recordar antiguos juicios para dirimir en público las diferencias que los habían enfrentado en la Sala de Decisión de la Sala Penal en el Tribunal Superior de Ibagué, en la que ambos actuaban como falladores de segunda instancia. Esa vez, el primero aseguró haber conocido una copia quirográfica (esa fue la palabra que empleó) del auto que ordenaba la comparecencia judicial del presidente de la república, en la biblioteca familiar de Ismael Santofimio, un viejo educador ciego que llevó fama de conservar algunas rarezas. Pero para entonces el anciano profesor había muerto y (por supuesto) no pudo respaldar su dicho sobre la existencia de aquella prueba. Pero, como se verá, todo indica que en su poder descansó por muchos años el documento extraordinario que, precisamente por no aparecer en los restos del expediente, es la clave para reponer el encartamiento procesal que se inició. Posteriormente pude conocer una versión que, sin contrariar la evidencia, viene a modificar su naturaleza material. Gregorio Rudas Chinchilla refiere que tuvo ocasión de conocer el mismo auto en una fotografía de Daniel Camacho Ponce que Alfonso Palacio Rudas escondía en su biblioteca. Sin duda tiene por qué saberlo, pues asistió a su tío en las labores menudas de organización en la enorme colección de libros que legó al Banco de la República poco antes de su muerte. El dato es de 1990. Sorprende saber que el ilustre escritor liberal eludió responder a su sobrino la razón que tuvo para conservar una pieza tan valiosa en el anonimato, ni quiso explicar de qué manera el maestro Ismael Santofimio pudo facilitarle un original que exhibía con reservas por el origen irregular de su posesión. Quienes trataron al duro polemista coinciden en que debió obtenerla sin permiso, llevado por su manía de coleccionista a todo trance. Hará falta que el ejemplar aparezca cuando se culmine el inventario nemotécnico de la descomunal biblioteca que se conserva cerrada. Aparte de estas referencias circunstanciales que proclaman haber visto el auto judicial, todos los hechos que se cuentan tienen respaldo en las ruinas del expediente que estropeó el descuido con la complicidad del tiempo, y que con suerte pude hallar en el desventrado archivo judicial del mismo tribunal, con la valiosa colaboración de Helio Fabio González Pacheco. Fue en la primera semana de enero del año que ya se mencionó. Viniendo de Cartago por el camino del Quindío, el libertador de tres repúblicas y supremo presidente de Colombia, con parte de su estado mayor y al mando de 282 hombres a caballo y 644 a pie, se encontraba a las puertas de la ciudad de Ibagué. Bolívar baja de su montura y espera la de reserva que dos soldados enjaezan a su lado, mientras calma su sed con la naranja que un oficial le alcanza partida en cuatro cascos. Las filas descansan a discreción y se alivian de las ropas que usaron para trasponer la cordillera que separa los valles del Cauca y del Magdalena. Hombres y animales sorben el agua fría del Combeima, en ese punto un riachuelo débil que baja apretado entre un cañón arisco. Ventea húmedo desde la distante cumbre coronada de nieve que, años después, le daría nombre a este suelo. El comandante en jefe siente que es un buen viento para sus pulmones y un recreo para su espíritu la vista de esa pirámide trunca donde enloquecen las nubes y restalla la luz del sol que le da en la cara. Las voces de los oficiales ordenan y componen las filas en el momento en que ven aparecer, entre las vacadas tranquilas, al grupo de exploradores que vuelve acompañado de una alegre comitiva oficial de bienvenida. Recostada a un alto contrafuerte de la misma cordillera que han trasegado, la ciudad se derrama hacia el oriente sobre una meseta que deben alcanzar para saberse en ella. Desde el río se asciende por una breve pero empinada cuesta, en cuya cima se abre súbitamente el trazado rectangular de sus calles de tierra y la blanca fisonomía de sus paredes encaladas con sus techumbres de paja, rosadas al mediodía. En torno al ejército en marcha se arremolinan los chiquillos escandalosos y los perros felices. Al borde mismo del peñón sobre el que se erige la ciudad y en el momento en que asoma la guerrera roja sobre el caballo blanco que todos han creído ver en su memoria, irrumpe un murmullo de cuerdas y crece un coro festivo que forcejea con el griterío de los escolares que, desde los andenes, agitan banderas de papel y vitorean al libertador de su patria. Los rígidos jinetes se niegan a mirar a las muchachas que les lanzan flores a su paso, pero aflojan la mandíbula, complacidos; los infantes, con los ojos fijos en la espalda de su compañero, tienen dificultades para mantener el compás del redoblante porque los niños les hablan y algunos quieren tocar la culata de sus fusiles. El ejército evoluciona en la plaza, forma por escuadras y se detiene de un solo golpe frente a la alcaldía municipal. Serio, con la cabeza descubierta y sin desmontar, flanqueado por su estado mayor, el Libertador escucha las pomposas palabras de bienvenida que le dirige el alcalde, rodeado de los notables de la ciudad, desde una tarima de guadua engalanada con pendones de papel. Alzándose sobre los estribos, agradece el cariño de los ibaguereños y lanza finalmente un viva a la patria. Entre el estruendo de los voladores y la algarabía del pueblo volcado sobre la plaza, Bolívar se deja conducir por el coronel Pepe París, oriundo de la ciudad, a la Casa de los Arcos, destinada para su alojamiento y el de su cuerpo de oficiales. Es un edificio levantado en el costado sur de la gran plaza, conformado por tres salones, dos comedores, dos cocinas, cuatro patios pequeños empedrados que comunican las quince alcobas, dos aljibes, tres albercas, una cuadra cubierta para 40 animales de carga y una barraca utilizada como dormitorio con capacidad para 30 peones de recua, cosecheros, cargueros y correos que acostumbran «posadiar» en ella antes de emprender los tortuosos caminos que llevan a Salento, en la región del Quindío, o meterse en la calina reverberante de las planicies bajas que deben cruzar antes de ascender a Santafé de Bogotá. La casa pertenece a la familia Buenaventura, dueña también de una hacienda panelera en la cabecera de la hermosa meseta que se abre hacia el norte, donde cultiva 20 hectáreas de cafetales y pastan sus ganados. A las cinco de la tarde todo quedó rigurosamente preparado en la casa del cabildo municipal para el homenaje al Libertador. Doña Javiera Guerra y las hermanas Pérez respondieron por los bizcochos de achira, las almojábanas, los panes de mantequilla y el chocolate con clavos y canela. Los manteles de Holanda, así como la vajilla de Limoges con cubiertos de Portugal para la mesa principal, los prestó doña Mónica Carvajal. Hay un arreglo de rosas púrpuras en cada mesa y un clavel de pétalos bermejos en cada puesto. En un rincón del gran patio cuadrado, «en honor de su excelencia y de la distinguida comitiva que nos honra con su presencia», desfilan con sus vestidos de algodón blanco y sus pañuelos colorados, duetos y tríos de guitarreros y tipleros bajo el palio fresco de un badeo. Terminado el ambigú, las damas del comité de recepción «queremos ofrecerles, como una pequeña muestra de la cultura musical de nuestra querida ciudad, tres melodías preparadas por el coro para la ocasión». Las voces huérfanas acometieron con ímpetu una canción que, entre trémulos y entreveros, hablaba de la felicidad encontrada en el hogar después de tanto caminar en busca de ella. Los bellos giros susurrantes le abrieron una puerta que daba al cielo transparente de una colina desde la cual volvió a ver, entre los sienas dormidos y los blancos tranquilos de la tarde, la lejana Roma quieta ante sus pupilas encendidas cuando, 25 años atrás, hizo un juramento. En la inconsciencia del recuerdo lo recorrió un estremecimiento parecido a la tristeza, no por haber faltado a su palabra en la que puso de por medio su propia sangre, sino por las complicaciones que ensombrecían la gloria de su nombre y la paz de todas esas tierras ganadas por su espada. «La ingratitud fatiga el brazo y desalienta al corazón», pensaba mientras viajaba a marchas forzadas desde el sur extremo de su república más amada para acudir al llamamiento del Congreso que lo reclamaba con urgencia y en el que entreveía una amenaza, a pesar de lo cual no se atrevía (o tal vez no podía) a oponerse ya. No fue un capricho suyo que la nación liberada en la batalla de Ayacucho y que nació en la de Tumusla, la misma que lleva su nombre para recordarlo por siempre, le hubiera servido para ensayar en su Constitución, por primera vez, un poder central que contenía todos los poderes para el gobierno feliz de estos pueblos infelices. ¿Acaso no lo había declinado con largo desprendimiento en favor del mariscal Sucre, en señal clara de que no lo deseaba para sí? No encendió el verbo, ni fatigó el cuerpo, ni desenvainó la espada apenas satisfecha, porque codiciara los laureles con que ciñeron su frente los latinos opresores, sino para la libertad de todos los americanos subyugados. Uno es el gesto que describe la espada para romper las cadenas y otro el que se requiere para evitar que oprima. Mejor demostración no cabía de su parte: había agradecido a los cuzqueños la corona de oro con que quisieron encumbrar su cabeza y la había entregado al héroe de Pichincha y Ayacucho, suplicándoles comprendieran que a él le bastaba con el título de republicano. En una de las salas el estado mayor delibera sobre asuntos que sólo son de su incumbencia. A las siete de la noche el alcalde, el médico Azuero Vargas y todos los ediles de la ciudad solicitaron una audiencia con el supremo señor presidente. Media hora después, delante de su estado mayor, en su condición de miembros distinguidos de la sociedad ibaguereña y como responsables del gobierno, quieren saber «por qué razón no está deliberando desde el día 2 del mes que cursa, la Asamblea Constituyente que su excelencia había convocado desde junio del año antepasado». Dos pupilas solemnes escrutaban uno por uno a los presentes. Tal era, en resumen, la respetuosa demanda que había leído el presidente del concejo municipal con tono engolado pero con apostura subalterna. De este modo imprudente, que el Libertador en su inteligencia atribuyó a la ignorancia y no a la malicia, fue como vinieron a enterarse, por un acto de condescendencia, que la Constituyente en cuestión había sido tácitamente derogada en un decreto promulgado por él, con fecha del 26 de septiembre de 1928. Pero omitió comentar las circunstancias que lo movieron entonces, como calló también el afán que lo llevaba a instalar el Congreso los próximos días. Los despidió con cortesía y se retiró a la segunda sala, donde lo esperaba una comisión de señoras que había anunciado su visita «para entregarle un regalo en recuerdo de su estancia en la ciudad». Se trataba de un poncho de hilo blanco con dos guitarras bordadas en el pecho y un nevado en la espalda que entregó a su edecán, quien lo recibió con la solemnidad que merece una bandera. De pie, envuelto en la capa negra de paño que su edecán acaba de vestirle y rodeado informalmente por su cuadro de oficiales, agradeció todas las atenciones recibidas, comentó la algarabía de los escolares batiendo las banderitas como bienvenida a su ejército, alabó las delicias del ambigú y tuvo palabras especiales de gratitud por los aires musicales ejecutados esa tarde. Sinceramente conmovido, estrechó entre sus manos las de aquellas mujeres felices y las acompañó hasta la pesada puerta que da al ancho zaguán adoquinado, en el que se agolparon los pasos como una lluvia. En la cena se enteró por el coronel José María Melo que la tierra que lo hospedaba era pródiga para el café y la caña y que en las praderas de la meseta se daban bien los frutales. Supo también de los ricos yacimientos de oro, cobre, azogue, piedras de imán y ágata en las estribaciones vecinas y que en los valles del Combeima y del Luisa los mármoles brotaban como viruelas en los potreros. A las ocho de la noche remató la cena con una tasa de limonaria que sostuvo entre sus dedos acerados, mientras sus hombres comenzaban a disponer lo necesario para el levantamiento de una carta minera y daban órdenes para la bitácora de marcha. A esa hora, un viento frío regaba por los corredores la hostigante dulzura de la flor del borrachero. La alcoba dispuesta para el Libertador es otra después de todos los cambios que ha sufrido el mobiliario. En el centro permanecen la cama ancha y alta con un escaño de madera, una cómoda de cuatro cuerpos, una mesa auxiliar en la cabecera, al igual que un escritorio con lo indispensable para el trabajo. Sobre una mesa esquinera están el jarrón y el aguamanil debajo de un espejo, y un brasero de carbones rosados que tiemblan sin crepitar frente a la ventana cerrada. El ordenanza concluye su labor con la ropa para dormir y alista la que el Libertador usará durante el viaje: la interior de franela, los calcetines de hilo, la camisa blanca de organdí, las calzonarias de cuero, los pantalones de dril, dos pañuelos blancos y la guerrera de campaña. Mientras disponía las ropas en la cómoda con maneras silenciosas y sabidas, pensó por primera vez en la inútil función que realizaba todas las noches al guardar en el bolsillo interno de la guerrera la billetera que conservaba desde siempre la misma cantidad de dinero. Al menos ya no debía poner en el pantalón el monedero con el escudo de armas de la república repujado en cuero, pues desde seis meses atrás el propio Bolívar le había ordenado conservarlo «por si llegara a hacer falta en alguna oportunidad». Pero el tiempo pasaba y al joven oficial jamás se le encargaba hacer por él ninguna compra. Ya había notado que en su señor el dinero resultaba ocioso, pero ahora atribuyó tal gesto, con asombro, no a una indulgente demostración de confianza sino a la simple y preocupante necesidad de aliviarse de peso, pues no se explicaba de otro modo que también le confiara una de sus pistolas gemelas. A las ocho y treinta de la noche el coronel París fue llamado a la alcoba del Libertador. No deseaba que el camino al Quindío, construido por el español Melchor de Valdés 270 años atrás, se mantuviera en las terribles condiciones en que lo encontraron. Ordenar su rehabilitación inmediata resultaba indispensable para la economía, para las urgencias de la guerra y conveniente para su gobierno. Era preciso preparar un decreto que previera su financiación con los fondos que se colectaran entre los empresarios de los departamentos de Mariquita y Cundinamarca y los propios de las ciudades de Ibagué y Cartago, adicionados mediante el cobro posterior de un peaje de ocho reales para toda carga de ropa, dos para cualquier carga de víveres y medio real por el paso de toda caballería. Deseaba promulgarlo como regalo por su estancia en la ciudad, tan pronto llegara a Santafé de Bogotá, su afanoso destino. El ordenanza recibió la orden de desvestirlo para meterse en la cama. El oficial conocía bien todas sus responsabilidades y desempeñaba sus deberes con respetuosa alegría, sin que nunca hubiera recibido una recriminación por alguna distracción. Siete años llevaba en la honrosa tarea de administrar la privacidad más íntima de ese hombre al que admiraba y servía con la pasión de un devoto. A no ser por su falta de talento, podría dibujar de memoria sus angulosas canillas, sus nalgas de piedra, las lanas crespas de sus sienes, la rijosa armadura de su sexo afamado, o las costillas cristianas que asomaban bajo el pecho pando. Había aprendido a distinguir en él la fiebre por la aureola que llenaba sus cuencas, la tos de un resfriado de la de una bronquitis y el lento ronroneo anginoso con el que se hundía en el sueño. En muchas ocasiones, a pedido del doctor Reverend cuando no los acompañaba, debió detenerse a reconocer el esputo en los pañuelos para describírselo, como parte del rastreo que el médico realizaba a un mal que lo mantenía desorientado con sus señales engañosas. A las ocho y cuarenta y cinco, al pedir permiso para retirarse, el ordenanza anunció que avisaría para que le trajeran las toallas calientes, el agua tibia para el aguamanil y la infusión de la noche. Cuando la joven (otros sostienen que era casi una niña) traspuso la puerta después de haber sido autorizada por una voz distraída que vino de adentro, y atravesó con pisada de gato la habitación para poner en su lugar las toallas humeantes y la jarra nueva, el aire se despertó en la alcoba; en ese instante, todavía atareado en el escritorio y al abrigo del brasero, Bolívar reparó en ella y pensó que la había visto ya en otra parte. Al devolverse para buscar la puerta, los ojos de la muchacha chocaron con los que indagaban por sus hoyuelos en las mejillas y su dentadura de mazorca. Ella atinó a decir que regresaría con la infusión, como se lo había encargado su madrina, hizo una reverencia y se fundió en la negrura del corredor. El Libertador y supremo presidente de la república, general en jefe de los ejércitos, huésped de honor de la hidalga ciudad de Ibagué, acarició el jabón oloroso entre la lija de las manos, hundió el rostro entre la toalla vaporosa y entonces pudo verla entre muchas otras mientras bailaba un bambuco en el ambigú de esa tarde. Repentinamente creyó que frotaban encajes muy cerca de sus oídos. Afuera, en el pequeño patio de mandarinos, dos guardias enruanados cruzaban su monótona vigilia. Cuando ella reapareció en la luz dorada y temblorosa de la lámpara, no vio el tazón esmaltado entre sus manos. Eran sólo sus trenzas, su blusa de hilo con flores bordadas en el redondo escote donde campeaban sus hombros lustrosos y su amplia falda de vuelos desiguales las que llenaban el magro escenario en el que ahora se movía un hombre que instintivamente cerraba la puerta tras de sí, estimulaba los pulmones con el aroma de la infusión de yerbabuena en leche hervida y calculaba que, si bien esa bebida era buena para calmar la indómita urgencia de sus intestinos, tenía también otras urgencias que calmar. Los soldados se despertaron al alba en los potreros vecinos donde humeaban las bocas y los fogones. Una brisa fría los cohíbe y levanta rumores en los guaduales y los guamos, mientras los capitanes ordenan la tropa ante la mirada de los perros aburridos y la curiosidad de los que llegan puntuales con el último toque de campana que llama a la misa. En la gran plaza evoluciona en silencio una cresta oscura de puntas afiladas, los hombres se enfilan en la oscuridad que se ha llenado de metales, los caballos sacuden los nervios por los ollares. Una calle más abajo pasaron callados frente a la enorme mole de tierra y piedra donde antes funcionó el convento de Santo Domingo. La visión del enorme conjunto emergiendo entre el malva del amanecer y la noticia de que allí, por decreto del general Francisco de Paula Santander, existía ahora el colegio Simón Bolívar, lo irritó sin que pudiera evitarlo. La paradoja le resultaba siniestra: quien había desterrado a los monjes dominicos y dispuesto que en el mismo convento se estableciera un colegio para la instrucción pública en su homenaje, ahora se encontraba igualmente desterrado por un acto que tuvo que firmar con su propia mano. De un tajo apartó la reflexión intrusa de su mente. Dejaron atrás el cementerio que mira desde lo alto al río Combeima y la acequia del río Chipalo que sirve como acueducto y riego para los plantíos, y tomaron luego la abierta planicie en cuyos confines se deshacen las últimas tintas de la noche. Cerca del mediodía cruzaron la ardiente meseta que busca la depresión de Gualanday donde tiembla el mundo en la calina tórrida de esa hora. Los hombres avanzan en orden riguroso mientras el sol les busca la nuca. Se encaminan a los valles bajos del Espinal, confiando en acampar antes de cruzar el Magdalena, lo que les exigirá una jornada completa. Ignoran en las filas que, tras ellos, cabalgan desesperadamente un juez y cuatro policiales. Los perseguidores cambian las bestias rendidas en el alto de Buenos Aires, meten la cabeza en una charca y saltan a sus monturas frescas; maldicen para sus adentros porque el sol les da en la cara. Una prisa grave los hermana; otean con ansiedad los montes calvos que parecen sestear en la llanura por donde esperan distinguir algún vestigio de la tropa que siguen. Saben de sobra (y es la razón de su desespero) que han partido a la carrera con medio día de desventaja. No se tratan como amigos ni hace falta decirse nada, pero sudan y acezan al mismo ritmo de sus caballos. Sólo uno de ellos conoce la suprema razón que los empuja, en tanto que los otros cuatro saben apenas que deben cumplir la delicada misión de notificar a un hombre, sin importar su rango, que tiene que comparecer de inmediato ante la justicia que lo reclama para dar explicaciones sobre su conducta. El que conoce el porqué y de quién se trata se asegura, de trecho en trecho, de que el valioso documento permanezca en su alforja. El juez letrado siente que, a instancias del médico Azuero Vargas, ha dictado una providencia que demanda la comparecencia de quien ofendió el pudor de su joven ahijada. Sabe que lo ha hecho contra los consejos de todos los conocidos que intercedieron para llamarlo a la cordura. «Caballeros, la sangre derramada en la Revolución francesa y el cadalso en que murió Luis XVI no se justificarían jamás si solamente hubieran servido para inventar la separación de los tres poderes; esa gesta memorable será recordada en la historia porque desde entonces todos los hombres quedaron sometidos al peso de la ley, y eso incluye al rey», había dicho excitado por su fervor de abogado recién graduado. Desoyendo las recomendaciones del alcalde y los concejales, que no atinaban a comprender la envergadura del discurso pero sí las consecuencias de la acción que se proponía acometer, dictó a su secretario la providencia y pidió un piquete de cuatro policías para hacer valer su decisión. Al final de la tarde alcanzan la retaguardia del ejército en marcha. Un piquete los detiene y pregunta por la razón de su prisa. El juez letrado sólo declara traer una razón urgente que debe transmitirle personalmente al Libertador. Un oficial se desprende de la formación, la cual continúa su camino. Desde su cabalgadura registra receloso con la mirada el pequeño grupo de policiales, ordena que se le dé paso al juez que ha enseñado sus credenciales y el sobre que contiene la importante justificación que lo ha traído, pero dispone que los cuatro hombres armados, que parecen orgullosos de haber llegado hasta este punto de su misión, permanezcan en el mismo sitio. Las voces de «quién va» se escuchan por la doble fila de la infantería, llegan luego hasta los cuadros de la caballería que, sin inmutarse, ven pasar al galope a un oficial y un civil demudado por la fatiga que, tras los espejuelos nublados, lleva la vista clavada en la distancia. Finalmente, el ansioso juez tiene ante sí las grupas del estado mayor; el oficial que lo escolta le manda detenerse. Lo ve reunirse con el cerrado grupo de oficiales que vuelven la cabeza para mirarlo con curiosidad. Tres jinetes se abren de la formación que, imperturbable, prosigue su marcha. En el centro, bajo el sombrero blanco de jipijapa, reconoce al hombre que busca. Sabe que es él porque compartió una mesa en el mismo patio donde se le agasajó apenas ayer; trae viva la impresión que le causó el timbre aflautado de su voz que, en un hombre de su estatura histórica, se hacía notoriamente ridícula. Le molesta no saber por qué regresa este desacuerdo inesperado entre la sombra de la gloria y esa humanidad culpable de tantos afanes de última hora. Desde la nebulosa de sus aprensiones repara en las cejas rapaces que se fruncen concentradas en la lectura de su lacónico auto a 20 cuerpos de distancia y en el hierro de las pupilas que se alzan para detallarlo. Un remolino helado lo envuelve cuando el caballo blanco arranca a su encuentro, en tanto que el suyo resuella aplomado sobre la pradera caliente. Sabe que cuenta con la fuerza y la majestad de la ley, y con su convicción de hombre justo confía en que así lo entenderá también ese hombre al que vino a notificar de su disposición judicial. El genio militar de América, el primer magistrado de la república, se detiene bruscamente a su lado; lo confunde la incredulidad y lo arrebata la cólera. Los dos folios que contienen el auto que lo cita a comparecer ante él por razones de jurisdicción y por la naturaleza de los hechos que fueron denunciados, cortan el aire en añicos. ¡No sea tan güevón, me cago en sus códigos! le grita, y se vuelve impertérrito para reunirse con los oficiales que lo esperan a pocos pasos. Los
despojos enredándose en los zarzales son un imán para la aturdida
mirada del juez, que no ve pasar al último hombre que arrea las mulas
de bastimentos, sin que nadie se ocupe de su figura inmóvil, ultrajada;
en medio de la llanura que se le ocurre infinita, descubre accidentalmente
a los cuatro jinetes que lo aguardan empequeñecidos por la distancia.
Intenta hilvanar una idea que lo justifique en ese lugar y en ese
momento, pero no la encuentra; una cuerda de metal se le rompe dentro
del pecho y la soledad que lo rodea se humedece en sus ojos juveniles.
No puede pensar con claridad, pero cuando levanta la cara ensombrecida
y da con la sangre que ilumina las nubes lejanas, cae en la cuenta
de lo largo que será el camino de regreso a casa1. Nota
del autor: 1. Dos obvias reflexiones finales se imponen: si los hechos
ocurrieron tal como quedaron descritos, ¿qué documento íntegro fue
entonces el que conoció el magistrado Piedrahíta Marín y cuál el que
escondía Alfonso Palacio Rudas; si para el primero se trataba de una
versión manuscrita, y para el segundo de una copia fotográfica, siendo
que todos tienen al profesor Santofimio como única fuente? El historiador
Darío Ortiz Vidales, en la página 237 de su obra Historia breve del
absolutismo, que consulté a última hora, refuerza el testimonio de
Rudas Chinchilla, en el sentido de dar por cierto que el documento
en poder del educador Santofimio era una copia fotográfica; que le
consta porque la tuvo en sus manos varios años antes de 1980, cuando
volvió a buscar en la casa de doña Mariela Albarán viuda de Santofimio,
la examinada copia con el propósito de grabar con su texto una placa
en mármol en «homenaje a la rectitud y valor de la justicia tolimense»,
placa que sería empotrada en el vestíbulo del Palacio de Justicia.
Dice el historiador que cuando visitó a la viuda con esa intención
se descubrió que la pieza había desaparecido.
*Álvaro Hernández V. (Ibagué, 1947). Escritor, periodista y abogado. Premio Enka de Literatura Infantil 1985 con El libro cantor. Autor también del libro de poemas Funerarium (1996) y tiene cuentos recogidos en cuatro antologías. Director del cortometraje Por el camino de los soldados (1987). |
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