Leímos textos, investigamos en la prensa, hablamos con la gente que lo conoció o que vivió el momento, escuchamos su voz, sus discursos, vimos sus imágenes las de la época, dialogamos con investigadores. En cada objeto, lugar o persona encontramos un fragmento, una versión, un recuerdo. La historia vino a redondearse cuando hallamos Mataron a Gaitán, de Herbert Braun. Allí estaba, de cuerpo entero, la compleja figura de Jorge Eliécer Gaitán. Así que cuando decidimos encargar los artículos para el libro El saqueo de una ilusión. El 9 de abril 50 años después, que acompañarían el recién descubierto archivo fotográfico de Sady González, preguntamos por Herbert Braun. Supimos que es colombiano de nacimiento y profesor de historia en Charlottesville, Virginia; también, que había publicado otra obra en inglés relacionado con Colombia y un ensayo sobre los acontecimientos de 1968 en México. Lo buscamos a través de algunos historiadores, pero no fue posible establecer contacto. Hace algunos meses, cuando editorial Norma reimprimió Mataron a Gaitán y tradujo al castellano El rescate. Diálogo de una negociación con la guerrilla, conversamos con él, aprovechando su visita a Bogotá. No quería más inviernos Durante la primera guerra mundial la familia Braun, oriunda de Bremen, Alemania, sufrió las inclemencias de los combates tanto como su ciudad. Gustav Braun, abuelo de Herbert Braun Becking quien hoy nos ocupa y padre de Herbert Braun, era un empresario, un comerciante que lo perdió casi todo en el conflicto armado (la vida la perdió al finalizar la segunda guerra mundial, en 1946, cuando fue atropellado por un jeep lleno de soldados gringos borrachos). Así que Herbert, el hijo de Gustav, quien no había terminado sus estudios en el colegio, tuvo que emplearse como aprendiz en una ferretería. Eran cinco los practicantes. Un día de 1920 entró el jefe al almacén y dijo: «¿Quién quiere ir a Barancuila?» Los cinco levantaron la mano, pero Herbert estaba más cerca de él, así que fue escogido; tres semanas después se embarcó. Tenía 18 años cuando comenzó a trabajar en la ferretería Helda de Barranquilla; desde ese entonces quedó prendado de Colombia, de la cordialidad de la gente, del fervor que encontró en la vida; pero, sobre todo, dos cosas lo cautivaron. Una eran los espacios. Aquí le parecieron gigantescos, en especial los destinados para la vivienda, tanto así que años después construyó dos casas amplias, una en Bogotá y otra en Cali; de esta manera se sintió más emprendedor, más dueño de sí mismo y de su destino. Lo otro fue su rechazo al frío; se prometió que no volvería a vivir un invierno. Herbert regresó a Alemania años después, apenas durante el tiempo suficiente para conocer a Hillegonde Becking, quien luego sería su esposa. El 9 de abril en el vientre Herbert
Braun Becking, el tercer hijo de Herbert e Hillegonde, nació el 11
de septiembre de 1948. Cinco meses atrás, el 9 de abril, las ferreterías
fueron lo primero que saqueó la turba enfurecida por el asesinato
de su caudillo, Jorge Eliécer Gaitán, con el fin de armarse. Una de
ellas, la Vergara, era gerenciada por Herbert padre. Aquel día Hillegonde,
quien llevaba en el vientre a Herbert hijo, también se encontraba
en el epicentro de los disturbios, en el centro de Bogotá, en una
visita donde el ginecólogo. Parece que desde ahí quedó establecida
la relación entre el hoy historiador y los sucesos del 9 de abril.
Herbert creció escuchando historias sobre aquella fecha y Gaitán.
Un microhistoriador «Me
interesa la historia que está en lo pequeño de las cosas añade,
en los detalles. Soy un microhistoriador. Por ejemplo, para escribir
un libro sobre una tarde en la historia de Colombia, empiezo con el
9 de abril, veo qué está ocurriendo y me pongo a hacer pesquisas:
qué se entiende, qué no, por qué ocurre esto y, en forma de círculos
concéntricos, voy ampliando. Me hice ciertas preguntas sobre lo que
leía de las actividades, de las actitudes de los amotinados del 9
de abril; preguntas sobre la relación entre ellos y Jorge Eliécer
Gaitán, y poco a poco se fue ampliando el radio de acción. Esa es,
básicamente, la forma en que trabajo; trato de encontrar muchas cosas
con significación en los detalles más pequeños». Híbrido cultural De
esas y otras experiencias, así como de su trasegar, resultó Herbert
Braun, mezcla de intelectual idealista e híbrido cultural. Vivió en
Colombia infancia y adolescencia, pero «en un enclave extranjerizante:
el Nueva Granada y una casa de alemanes, luterana, no católica, donde
constantemente se establecían las distancias. Entonces me siento colombiano,
pero muy pocos me lo reconocen y a veces hasta se burlan de mí y dicen
hombre, no seas huevón, si tú no eres colombiano». Después
de vivir 30 años en los Estados Unidos y de haber hecho su carrera
y su familia allá, se nacionalizó. La buena escritura Un
tanto debido a la herencia de los dogmas, durante un tiempo Braun
escribía «espantosamente mal», como él lo señala. Leía literatura,
pero sólo para entender los argumentos; la forma lo tenía sin cuidado.
Paradójicamente, se encontró con el arte de la escritura cuando empezó
a leer libros de historia, «en especial historiadores del siglo XIX,
que escribían en forma preciosa». Mientras tanto, cayó en manidos
esquemas: lo importante es lo que se dice y no cómo se dice, es responsabilidad
del lector descifrar lo que se dice y, mientras más complejo el lenguaje,
más importante lo que se dice. «Esto era posible porque yo no estaba
estudiando acontecimientos, actores, personas ni individuos; estaba
escribiendo teorías. Uno cogía ciertos eventos históricos, ciertos
momentos para encasillarlos dentro de una teoría, que es lo que hacen
hoy en día los politólogos, algunos antropólogos e historiadores.
Pero cuando empecé a hacer la investigación sobre Gaitán, comencé
a darme cuenta de que lo que quería era revivirlo. Por ejemplo, andaba
por Bogotá y cuando iba a los almacenes a comprar algo, hacía los
cheques y escribía, digamos, 22 de septiembre de 1948. Estaba
en otro mundo». Artesanía intelectual «Como
historiador siento que soy un intermediario añade-, un intermediario
entre el lector y esas realidades que tengo tiempo para investigar,
que son digamos el 9 de abril en Colombia o el 2 de octubre en México.
Tengo el tiempo, no necesariamente la formación académica, que realmente
creo que no tiene nada que ver con nada. Pienso que los cursos de
metodología académica que tomé a través de los años no me sirvieron.
Cada cual hace su propio taller. Somos un artesanado, este artesanado
que en la historia ya casi no existe; o sea, estamos en control de
nuestros propios medios de producción. Es una maravilla. Por eso soy
un hombre contento, feliz. Lamento no haber logrado aún escribir algo
sobre situaciones felices; quisiera, antes de morir, poder escribir
sobre algo bello que haya ocurrido en la historia de Colombia o de
algún otro país latinoamericano». Las facetas de Gaitán Braun
no describe un solo Gaitán. O sí, pero con múltiples facetas. No es
el Gaitán esquizofrénico, contradictorio, oportunista al que se refieren
algunos, sino que a sus diferentes caras les ve una coherencia y una
consistencia muy particulares: «No es siempre el mismo, pero tiene
una integridad que me asombra. Hoy en día todavía más. Los valores
que tenía Gaitán al comienzo de su vida son los mismos que este hombre
tenía en el momento en que lo mataron. No sé cuántos de nosotros podamos
vivir una vida así». Esas reflexiones parten precisamente de Mataron
a Gaitán, del cual el escritor Antonio Caballero comentó en El Saqueo
de una ilusión: «Debo decir que todo lo que yo pensaba desordenada
y vagamente sobre Gaitán y el 9 de abril, y que me proponía ordenar
en este artículo, está magníficamente dicho en este libro. Para entender
lo que Gaitán representó y sigue representando en este siglo en Colombia
es imprescindible leerlo...». El peligro de Gaitán Leyendo aquí y allá, lo de Braun, la prensa de la época y otras publicaciones, se llega a la conclusión de que sin importar quién le disparó, se había creado el ambiente para que asesinaran a Gaitán. Tico Braun está de acuerdo a medias. Dice que los políticos alababan al caudillo, aunque nunca sabían cuál Gaitán iba a despertar cada día en la mañana. Ellos entendían que él era parte de su sistema y, al mismo tiempo, que no formaba parte del mismo: «Estoy absolutamente de acuerdo en que había un consenso entre ellos de que Gaitán era impresionantemente peligroso para el país. No estoy nada convencido de que había un consenso en el sentido de que había que matarlo. De que a todo mundo le cruzó la idea por la mente, no cabe ninguna duda, porque se hablaba constantemente de que a Gaitán lo iban a matar. Si hubo líderes, los jefes naturales, como ellos se decían en ese entonces, de los dos partidos políticos que conspiraron para matarlo, estaría muy sorprendido. De que había personas dentro de los dos partidos, liberal y conservador, que odiaban a Gaitán o que sentían que si ellos lo mataban podrían sacar provecho de un líder u otro, eso es más factible; y hay cierta evidencia de que algunas personas en el partido conservador actuaron de esa manera. De lo que no tengo absolutamente ninguna duda es de que, cuando mataron a Gaitán, casi cada uno de estos jefes políticos lanzó una exclamación de alivio; «ahh», fue la primera reacción, inmediata, instantánea, casi natural. Y la siguiente, que vino un segundo después, ¡Dios mío, y ahora qué hacemos! El tremendo miedo. O sea, estoy convencido de que ellos se decían: Sería muy bueno que Jorge Eliécer no estuviera, pero ¡Dios mío, qué vamos a hacer sin él! Porque él era tan parte de ese mundo y después de Gaitán nunca lograron volver a hacer política. Ellos también perdieron sus puestos, dejaron de ser quienes eran. Muchísimos regresaron a su vida privada durante toda una década. Otros más se fueron al exilio y cuando volvieron, hicieron el Frente Nacional; construyeron un sistema político que para la mayoría de ellos ya no tenía ningún interés, ni ningún misterio, ni ninguna belleza porque todo estaba reglamentado. Y se aburrieron. En el Frente Nacional se nota claramente que ya no querían hacer política». El rescate Corría
el año de 1987. La Universidad Nacional publicaba la primera edición
en castellano de Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana
en Colombia, y Herbert Braun preparaba su investigación sobre la masacre
de estudiantes de 1968 en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco,
México, D.F. Una llamada telefónica alteró el trabajo del investigador.
Habían secuestrado en Colombia a su cuñado, Jack Gambini, estadounidense
de origen italiano dedicado a empresas relacionados con el petróleo.
Braun regresó al país para ponerse al frente de las conversaciones.
Pasarían años para que terminara el difícil proceso de escribir El
rescate. Diario de una negociación con la guerrilla, libro que se
publicó originalmente en inglés y que se imprimió en castellano hace
apenas unos meses. La escritura Comenzó
la escritura del libro en forma tradicional, separando por capítulos
épocas históricas, pero poco a poco se fue dando cuenta de que el
resultado era un mamotreto espantoso, que no iba a leer nadie. «No
eran capítulos coherentes, porque la historia no ocurre en capítulos,
¡carajo! La historia ocurre constante y continuamente entre muchas
diferentes personas, aspectos, condiciones; entonces, cómo relacionar
todo eso al mismo tiempo. El problema, el desafío, era tratar de darle
al lector un sentido de las cinco, seis, o diez cosas diferentes que
le pueden ocurrir a uno, al mismo tiempo, el mismo día». Víctima, no: protagonista Este
libro existe no sólo porque secuestraron a un pariente de un escritor,
de un investigador, sino porque Braun encontró que Jack es un ser
especial. Un hombre conservador, de principios sólidos, que pese a
estar cautivo logra mantener su integridad: «Aquí tenemos a un hombre
de principios, cuya posición desde el primer momento fue una concepción
moral. Dijo no. Esto no se hace, esto no se debe hacer, a mí no me
importa cómo ustedes justifican lo que están haciendo; esto no tiene
justificación moral. Y dice que prefiere estar muerto que secuestrado.
Una posición que tiene mucho de una filosofía conservadora, de la
libertad del individuo». País político vs país nacional Varias
vertientes se unen en Herbert Braun en relación con el conocimiento
de este país: su investigación sobre Gaitán y los sucesos del 9 de
abril, la cruda experiencia durante el secuestro de su cuñado, y el
hecho de poder leer desde cerca y desde lejos a Colombia. Mataron
a Gaitán se inicia con una cita del político liberal Rafael Uribe
Uribe, en la que habla de la división entre los bogotanos y el resto
del país. En El rescate, la primera página recoge un testimonio del
jefe guerrillero Manuel Marulanda en torno al desconocimiento entre
los citadinos y los que están enmontados. De Gaitán dice que hoy es
plenamente vigente su división entre el país político y el país nacional:
«El país político está integrado por los partidos liberal y conservador,
el Estado, la policía, los militares, la guerrilla y las autodefensas.
Son grupos públicos, políticos, que quieren ser considerados políticos.
Y como decía Gaitán, ¿quiénes son el país nacional? Pues los que trabajan,
los que se preocupan por su salud, los que buscan una educación, los
que no tienen una voz colectiva. Es ahí donde veo una escisión, una
división bastante profunda. Ahora, hay un contacto continuo y constante
entre esos dos mundos, sólo que es impresionantemente conflictivo.
En ese contacto hay muchísimas personas del país nacional que se aproximan,
que se agarran, que se dejan representar, que buscan su tajada en
ese país político, ya sea con los partidos políticos o con los guerrilleros
o las autodefensas. Y de cierta manera ese país político los
usa a ellos y ellos usan al país político. Lo que hace el país político
es, por ejemplo, pedirle dinero al país nacional; en algunos lugares
se llama una vacuna y, en otros, un impuesto». Ejércitos chiquiticos Braun es implacable en sus conceptos. Desde la angustia le digo, siento en este momento que hacemos la paz o nos vamos a una guerra total. «No me imagino qué podría ser una guerra total replica, ni quién la podría ejercer. Ninguno de los ejércitos que hay en el país tiene capacidad de ejercer una guerra total. Son todos, todos, cada uno de ellos, ejércitos chiquititos, chiquititos, chiquititos; incluso, posiblemente en especial, el ejército pagado por el patrimonio y el erario nacional. No hay nadie en capacidad de hacer una guerra realmente distinta de las miles de guerras que tenemos en el país hoy en día. Además, estoy bastante convencido de que ninguno de esos pequeños ejércitos quisiera eliminar a los otros... Cada vez que pienso en los pequeños ejércitos pienso en Borges, en esa crítica tan maravillosa que les hizo a los militares argentinos en los últimos momentos de su vida, cuando decía que simplemente eran unos hombres que querían jugar con unos tanquecitos. Y se rió de ellos. Se burló de ellos. Me queda perfectamente claro, por ejemplo, que las autodefensas o los paramilitares eliminan su razón de ser si eliminan a la guerrilla. Lo que siempre ha ocurrido en Colombia es el juego del gato y el ratón. Pelean, retroceden, actúan, toman, van, se retiran». Reacción de derecha Como
analista, Braun se muestra escéptico frente a una salida a corto plazo:
«Vivimos un equilibrio horripilante. En el pasado las violencias terminaban
por desgaste, pero esto de ahora, esta mierda, no se está desgastando
para nada. Hay demasiadas personas, y todos estos pequeños ejércitos
son ejércitos bandoleros, o sea, que actúan por razones económicas».
Droga, gringos e intervención Le
digo a Tico Braun que especialistas estadounidenses han afirmado que
la guerrilla puede ganar la guerra en cinco años. De nuevo responde
en forma directa: «El gringo miente cuando dice eso. Creo que miente
conscientemente, como una manera de poder intervenir más en el país
y pelear en contra de la guerrilla, y utilizar a Colombia para sus
ejercicios antiterroristas» Contrapregunto: ¿Sería la posibilidad
de otro Vietnam? Replica: «No. Aquí no se van a meter de lleno. Llegarán,
se irán, volverán... Como algo muy colombiano, un pequeño ejército».
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