REVISTA NÚMERO 19

Por Guillermo González Uribe* 

Leímos textos, investigamos en la prensa, hablamos con la gente que lo conoció o que vivió el momento, escuchamos su voz, sus discursos, vimos sus imágenes —las de la época—, dialogamos con investigadores. En cada objeto, lugar o persona encontramos un fragmento, una versión, un recuerdo. La historia vino a redondearse cuando hallamos Mataron a Gaitán, de Herbert Braun. Allí estaba, de cuerpo entero, la compleja figura de Jorge Eliécer Gaitán. Así que cuando decidimos encargar los artículos para el libro El saqueo de una ilusión. El 9 de abril 50 años después, que acompañarían el recién descubierto archivo fotográfico de Sady González, preguntamos por Herbert Braun. Supimos que es colombiano de nacimiento y profesor de historia en Charlottesville, Virginia; también, que había publicado otra obra en inglés relacionado con Colombia y un ensayo sobre los acontecimientos de 1968 en México. Lo buscamos a través de algunos historiadores, pero no fue posible establecer contacto. Hace algunos meses, cuando editorial Norma reimprimió Mataron a Gaitán y tradujo al castellano El rescate. Diálogo de una negociación con la guerrilla, conversamos con él, aprovechando su visita a Bogotá. 

No quería más inviernos 

Durante la primera guerra mundial la familia Braun, oriunda de Bremen, Alemania, sufrió las inclemencias de los combates tanto como su ciudad. Gustav Braun, abuelo de Herbert Braun Becking —quien hoy nos ocupa— y padre de Herbert Braun, era un empresario, un comerciante que lo perdió casi todo en el conflicto armado (la vida la perdió al finalizar la segunda guerra mundial, en 1946, cuando fue atropellado por un jeep lleno de soldados gringos borrachos). Así que Herbert, el hijo de Gustav, quien no había terminado sus estudios en el colegio, tuvo que emplearse como aprendiz en una ferretería. Eran cinco los practicantes. Un día de 1920 entró el jefe al almacén y dijo: «¿Quién quiere ir a Barancuila?» Los cinco levantaron la mano, pero Herbert estaba más cerca de él, así que fue escogido; tres semanas después se embarcó. Tenía 18 años cuando comenzó a trabajar en la ferretería Helda de Barranquilla; desde ese entonces quedó prendado de Colombia, de la cordialidad de la gente, del fervor que encontró en la vida; pero, sobre todo, dos cosas lo cautivaron. Una eran los espacios. Aquí le parecieron gigantescos, en especial los destinados para la vivienda, tanto así que años después construyó dos casas amplias, una en Bogotá y otra en Cali; de esta manera se sintió más emprendedor, más dueño de sí mismo y de su destino. Lo otro fue su rechazo al frío; se prometió que no volvería a vivir un invierno. Herbert regresó a Alemania años después, apenas durante el tiempo suficiente para conocer a Hillegonde Becking, quien luego sería su esposa. 

El 9 de abril en el vientre 

Herbert Braun Becking, el tercer hijo de Herbert e Hillegonde, nació el 11 de septiembre de 1948. Cinco meses atrás, el 9 de abril, las ferreterías fueron lo primero que saqueó la turba enfurecida por el asesinato de su caudillo, Jorge Eliécer Gaitán, con el fin de armarse. Una de ellas, la Vergara, era gerenciada por Herbert padre. Aquel día Hillegonde, quien llevaba en el vientre a Herbert hijo, también se encontraba en el epicentro de los disturbios, en el centro de Bogotá, en una visita donde el ginecólogo. Parece que desde ahí quedó establecida la relación entre el hoy historiador y los sucesos del 9 de abril. Herbert creció escuchando historias sobre aquella fecha y Gaitán. 
«Todo el mundo —recuerda él— hablaba mal de los colombianos aquí en Colombia, como lo seguimos haciendo. Y hablaban especialmente mal de los pobres y de los nueveabrileños; entonces yo, un poco por rebeldía personal, me convertí en un chauvinista furibundo». Ya en el colegio Nueva Granada escribió un artículo sobre el 9 de abril en el que retrataba a Gaitán como un gran héroe. Braun no fue un buen estudiante, pero le gustaba la historia. Viajó a los Estados Unidos, donde estudió ciencia política, pensando que a través de ella podría contribuir a solucionar problemas en el país. Obtuvo luego una maestría, pero se sentía encasillado; se la pasaba leyendo libros importantes, escritos por personas muy importantes, que no le llegaban al alma: «Decidí que quería estudiar lo que ocurría. Me metí a la historia porque sentí que era una cosa mucho más abierta, donde había más libertad; así como mi padre pudo construir acá casas un poco más grandes, yo también podría escribir libros y hacer investigaciones sin tanto encajonamiento teórico». 

Un microhistoriador 

«Me interesa la historia que está en lo pequeño de las cosas —añade—, en los detalles. Soy un microhistoriador. Por ejemplo, para escribir un libro sobre una tarde en la historia de Colombia, empiezo con el 9 de abril, veo qué está ocurriendo y me pongo a hacer pesquisas: qué se entiende, qué no, por qué ocurre esto y, en forma de círculos concéntricos, voy ampliando. Me hice ciertas preguntas sobre lo que leía de las actividades, de las actitudes de los amotinados del 9 de abril; preguntas sobre la relación entre ellos y Jorge Eliécer Gaitán, y poco a poco se fue ampliando el radio de acción. Esa es, básicamente, la forma en que trabajo; trato de encontrar muchas cosas con significación en los detalles más pequeños». 
Volvamos un poco atrás. Herbert Braun Becking, pese a sus raíces, no estudió en el tradicional colegio de la colonia alemana, el Andino, sino en el Nueva Granada, el de los estadounidenses, porque su padre decía: «Para qué enviar a los hijos a estudiar al colegio de los que perdieron la guerra, mejor mandarlos al de los que la ganaron». Durante un buen tiempo olvidó a Gaitán y a la historia. En los años sesenta fue marxista: «Creo que en esa época todos lo éramos. Recuerdo que creíamos que si uno no era marxista era porque no sabía pensar. Era un dogmatismo espantoso que únicamente muchos años después logré llegar a reconocer. Fui izquierdista en ese sentido, un izquierdista teórico. Pensaba que era muy inteligente porque tenía todas las respuestas, y todas las respuestas me las había dado Carlos Marx». 

Híbrido cultural 

De esas y otras experiencias, así como de su trasegar, resultó Herbert Braun, mezcla de intelectual idealista e híbrido cultural. Vivió en Colombia infancia y adolescencia, pero «en un enclave extranjerizante: el Nueva Granada y una casa de alemanes, luterana, no católica, donde constantemente se establecían las distancias. Entonces me siento colombiano, pero muy pocos me lo reconocen y a veces hasta se burlan de mí y dicen “hombre, no seas huevón, si tú no eres colombiano”». Después de vivir 30 años en los Estados Unidos y de haber hecho su carrera y su familia allá, se nacionalizó. 
En su hablar, en la construcción de las frases, se siente la influencia del idioma inglés, y su acento en español es una mezcla de cachaco bogotano con mexicano del Distrito Federal, donde también vivió y trabajó. Su pinta es de alemán. Sus sentimientos, de pasión y dolor por Colombia; quiere a este país y ha estado ligado a él de diversas maneras. Su nombre, Herbert, lo cambió y lo colombianizó; se llama a sí mismo y le dicen Tico Braun.  

La buena escritura 

Un tanto debido a la herencia de los dogmas, durante un tiempo Braun escribía «espantosamente mal», como él lo señala. Leía literatura, pero sólo para entender los argumentos; la forma lo tenía sin cuidado. Paradójicamente, se encontró con el arte de la escritura cuando empezó a leer libros de historia, «en especial historiadores del siglo XIX, que escribían en forma preciosa». Mientras tanto, cayó en manidos esquemas: lo importante es lo que se dice y no cómo se dice, es responsabilidad del lector descifrar lo que se dice y, mientras más complejo el lenguaje, más importante lo que se dice. «Esto era posible porque yo no estaba estudiando acontecimientos, actores, personas ni individuos; estaba escribiendo teorías. Uno cogía ciertos eventos históricos, ciertos momentos para encasillarlos dentro de una teoría, que es lo que hacen hoy en día los politólogos, algunos antropólogos e historiadores. Pero cuando empecé a hacer la investigación sobre Gaitán, comencé a darme cuenta de que lo que quería era revivirlo. Por ejemplo, andaba por Bogotá y cuando iba a los almacenes a comprar algo, hacía los cheques y escribía, digamos,  22 de septiembre de 1948. Estaba en otro mundo». 
Tico Braun cuenta cómo durante ese proceso llegó a la conclusión de que lo más importante era tratar de escribir de tal manera, que el lector pudiera meterse dentro de ese mundo que intentaba describir, y que para este propósito era fundamental que el texto tuviera calidad: «Estoy convencido de que se trata es de contar cuentos. Escribir relatos, ojalá de tal manera que el lector se sienta cómodo y a sus anchas leyendo; incluso que se divierta». Que el libro lo toque, lo mueva, lo cambie un tantito, aunque sea sólo por un rato. Me parece que lo más importante, absolutamente, es escribir bien, y no quiero decir que lo haga: lo intento». Habla entonces de rescatar la historia, de revivirla.  

Artesanía intelectual 

«Como historiador siento que soy un intermediario –añade-, un intermediario entre el lector y esas realidades que tengo tiempo para investigar, que son digamos el 9 de abril en Colombia o el 2 de octubre en México. Tengo el tiempo, no necesariamente la formación académica, que realmente creo que no tiene nada que ver con nada. Pienso que los cursos de metodología académica que tomé a través de los años no me sirvieron. Cada cual hace su propio taller. Somos un artesanado, este artesanado que en la historia ya casi no existe; o sea, estamos en control de nuestros propios medios de producción. Es una maravilla. Por eso soy un hombre contento, feliz. Lamento no haber logrado aún escribir algo sobre situaciones felices; quisiera, antes de morir, poder escribir sobre algo bello que haya ocurrido en la historia de Colombia o de algún otro país latinoamericano». 
Afirma que lo que intenta hacer es narrar la historia, buscando que no se pierdan los eventos y, a la vez, observándolos desde la visión de distintos protagonistas y de la suya propia: «Hoy veo mucho más importantes que mis interpretaciones, las que tienen los actores históricos de su propia realidad». Su propósito es reconstruir para que el lector pueda revivir la historia y llegar a sus propias conclusiones. En Mataron a Gaitán, apunta a mostrar diferentes contextos y miradas. 
Cuenta Braun que busca aproximarse a los personajes históricos, meterse en sus vidas, tratar de ver el mundo como lo vieron ellos, es decir, «salirme de mí mismo y convertirme en una persona que vivió en determinada época». Agrega que particularmente le interesan los personajes que distan mucho de su personalidad: «Aprendemos no tanto de nuestros amigos como de aquellos que tienen una visión distinta de la vida». 
Sobre la forma en que concibe su labor, señala: «El trabajo del  historiador es el uso de la imaginación. A partir de las fuentes que tengo a la mano me imagino otras vidas y se las presento al lector para que juzgue, evalúe, decida y acepte o rechace». 

Las facetas de Gaitán 

Braun no describe un solo Gaitán. O sí, pero con múltiples facetas. No es el Gaitán esquizofrénico, contradictorio, oportunista al que se refieren algunos, sino que a sus diferentes caras les ve una coherencia y una consistencia muy particulares: «No es siempre el mismo, pero tiene una integridad que me asombra. Hoy en día todavía más. Los valores que tenía Gaitán al comienzo de su vida son los mismos que este hombre tenía en el momento en que lo mataron. No sé cuántos de nosotros podamos vivir una vida así». Esas reflexiones parten precisamente de Mataron a Gaitán, del cual el escritor Antonio Caballero comentó en El Saqueo de una ilusión: «Debo decir que todo lo que yo pensaba desordenada y vagamente sobre Gaitán y el 9 de abril, y que me proponía ordenar en este artículo, está magníficamente dicho en este libro. Para entender lo que Gaitán representó y sigue representando en este siglo en Colombia es imprescindible leerlo...». 
El libro está ahí. Ahora es tiempo de preguntarle a Braun cómo ve a Gaitán a 50 años del 9 de abril y a catorce de la primera edición de su obra en inglés, a lo que responden sin vacilar: «Veo a Gaitán como el político que le podría haber dado a la convivencia nacional una vigencia hacia la segunda mitad del siglo. Y creo que él podría haber mantenido ese sistema e irlo transformando poco a poco, dándole un cariz social y moderno mucho más grande». 
La gran pregunta que se hace él es si Gaitán en el poder habría logrado mantener un régimen de elecciones con un Congreso, con una Corte Suprema, con una división entre los militares y el gobierno civil. Braun piensa que Gaitán lo habría deseado, pero a la vez considera que habría podido dejarse llevar por su propia popularidad o por sus seguidores para haberse convertido en un dictador, aunque él no lo quería ser. Considera que ese era el gran temor de los convivialistas, como llama a los liberales y conservadores que compartían y comparten el poder en Colombia, y que temían perderlo frente a Gaitán. 

El peligro de Gaitán 

Leyendo aquí y allá, lo de Braun, la prensa de la época y otras publicaciones, se llega a la conclusión de que sin importar quién le disparó, se había creado el ambiente para que asesinaran a Gaitán. Tico Braun está de acuerdo a medias. Dice que los políticos alababan al caudillo, aunque nunca sabían cuál Gaitán iba a despertar cada día en la mañana. Ellos entendían que él era parte de su sistema y, al mismo tiempo, que no formaba parte del mismo: «Estoy absolutamente de acuerdo en que había un consenso entre ellos de que Gaitán era impresionantemente peligroso para el país. No estoy nada convencido de que había un consenso en el sentido de que había que matarlo. De que a todo mundo le cruzó la idea por la mente, no cabe ninguna duda, porque se hablaba constantemente de que a Gaitán lo iban a matar. Si hubo líderes, los jefes naturales, como ellos se decían en ese entonces, de los dos partidos políticos que conspiraron para matarlo, estaría muy sorprendido. De que había personas dentro de los dos partidos, liberal y conservador, que odiaban a Gaitán o que sentían que si ellos lo mataban podrían sacar provecho de un líder u otro, eso es más factible; y hay cierta evidencia de que algunas personas en el partido conservador actuaron de esa manera. De lo que no tengo absolutamente ninguna duda es de que, cuando mataron a Gaitán, casi cada uno de estos jefes políticos lanzó una exclamación de alivio; «ahh», fue la primera reacción, inmediata, instantánea, casi natural. Y la siguiente, que vino un segundo después, “¡Dios mío, y ahora qué hacemos!” El tremendo miedo. O sea, estoy convencido de que ellos se decían: “Sería muy bueno que Jorge Eliécer no estuviera, pero ¡Dios mío, qué vamos a hacer sin él!” Porque él era tan parte de ese mundo y después de Gaitán nunca lograron volver a hacer política. Ellos también perdieron sus puestos, dejaron de ser quienes eran. Muchísimos regresaron a su vida privada durante toda una década. Otros más se fueron al exilio y cuando volvieron, hicieron el Frente Nacional; construyeron un sistema político que para la mayoría de ellos ya no tenía ningún interés, ni ningún misterio, ni ninguna belleza porque todo estaba reglamentado. Y se aburrieron. En el Frente Nacional se nota claramente que ya no querían hacer política». 

El rescate 

Corría el año de 1987. La Universidad Nacional publicaba la primera edición en castellano de Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana en Colombia, y Herbert Braun preparaba su investigación sobre la masacre de estudiantes de 1968 en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, México, D.F. Una llamada telefónica alteró el trabajo del investigador. Habían secuestrado en Colombia a su cuñado, Jack  Gambini, estadounidense de origen italiano dedicado a empresas relacionados con el petróleo. Braun regresó al país para ponerse al frente de las conversaciones. Pasarían años para que terminara el difícil proceso de escribir El rescate. Diario de una negociación con la guerrilla, libro que se publicó originalmente en inglés y que se imprimió en castellano hace apenas unos meses. 
A Tico Braun esta experiencia le cambió la vida y, de paso, terminó de romper la forma académica en su escritura: «Éste no podía ser un libro académico desde el mero comienzo, porque es un libro personal donde soy un protagonista y los únicos que pueden, por lo menos en los Estados Unidos, ser protagonistas de sus propios libros no son los historiadores sino los antropólogos, y yo no soy antropólogo. Entonces a mí no me permiten eso. En los Estados Unidos mis colegas consideran que esto no es un libro, que es una mezcolanza de recolecciones personales de Tico Braun. Yo estaba prácticamente seguro de que esto iba a pasar, pero al mismo tiempo se reflejan ciertas ganas de joder que tiene uno por dentro». Considera además que este libro puede ser más importante que muchos tratados teóricos que se realizan. 

La escritura 

Comenzó la escritura del libro en forma tradicional, separando por capítulos épocas históricas, pero poco a poco se fue dando cuenta de que el resultado era un mamotreto espantoso, que no iba a leer nadie. «No eran capítulos coherentes, porque la historia no ocurre en capítulos, ¡carajo! La historia ocurre constante y continuamente entre muchas diferentes personas, aspectos, condiciones; entonces, cómo relacionar todo eso al mismo tiempo. El problema, el desafío, era tratar de darle al lector un sentido de las cinco, seis, o diez cosas diferentes que le pueden ocurrir a uno, al mismo tiempo, el mismo día». 
Entonces comprendió, como en  Mataron a Gaitán, que muchas de las historias que se escriben sobre Colombia tratan sobre un grupo social o el otro, vistos completamente separados: «La historia no es así. Sabía que tenía que tratar de integrar la voz de mi cuñado, la voz de los guerrilleros anteriores a este secuestro, la voz de los guerrilleros durante el secuestro, la voz de Enrique Santos Calderón —a quien me pasé leyendo durante todos esos meses—, la voz de Maza Márquez, la de los empleados de Jack. ¿Cómo compaginar todo eso? Se me desmoronó el texto. Empecé entonces a escribir partecitas. Lo primero que hice fue dividir la crónica, el testimonio, el relato de mi cuñado; empecé a dividirlo en diferentes partes y entre ellas fui intercalando otras voces. Puse la voz de mi hermana, las de los guerrilleros, muchas de los cuales son del M-19 porque son los que más escribían; incluso tienen unos ensayos y unos recuerdos que son absolutamente preciosos». 

Víctima, no: protagonista 

Este libro existe no sólo porque secuestraron a un pariente de un escritor, de un investigador, sino porque Braun encontró que Jack es un ser especial. Un hombre conservador, de principios sólidos, que pese a estar cautivo logra mantener su integridad: «Aquí tenemos a un hombre de principios, cuya posición desde el primer momento fue una concepción moral. Dijo no. Esto no se hace, esto no se debe hacer, a mí no me importa cómo ustedes justifican lo que están haciendo; esto no tiene justificación moral. Y dice que prefiere estar muerto que secuestrado. Una posición que tiene mucho de una filosofía conservadora, de la libertad del individuo». 
En el libro se transmite que el secuestro es uno de los peores, si no el peor, de los cánceres que tiene Colombia. «También lo es el hecho de que nosotros podamos participar con toda la calma del caso en una cosa de éstas. Eso es absolutamente horrible. Yo me di cuenta de lo horrible que es únicamente cuando oí el testimonio de mi cuñado. Quisiera que en esa yuxtaposición entre las dos voces, la del semizquierdista intelectualoide, que soy yo, y la del capitalista conservador, hombre de principios éticos, muchos de nosotros en Colombia aprendieramos que tenemos que tomar una posición política, digo, moral, ante estas situaciones. Espero que su crónica nos ayude a reflexionar un tanto y a tratar de humanizarnos un poco más. No sólo a nosotros, a los que secuestran, sino a aquellos que cometen los secuestros. Posiblemente es esperar demasiado, pero nosotros, los que escribimos, es lo único que podemos hacer». 

País político vs país nacional 

Varias vertientes se unen en Herbert Braun en relación con el conocimiento de este país: su investigación sobre Gaitán y los sucesos del 9 de abril, la cruda experiencia durante el secuestro de su cuñado, y el hecho de poder leer desde cerca y desde lejos a Colombia. Mataron a Gaitán se inicia con una cita del político liberal Rafael Uribe Uribe, en la que habla de la división entre los bogotanos y el resto del país. En El rescate, la primera página recoge un testimonio del jefe guerrillero Manuel Marulanda en torno al desconocimiento entre los citadinos y los que están enmontados. De Gaitán dice que hoy es plenamente vigente su división entre el país político y el país nacional: «El país político está integrado por los partidos liberal y conservador, el Estado, la policía, los militares, la guerrilla y las autodefensas. Son grupos públicos, políticos, que quieren ser considerados políticos. Y como decía Gaitán, ¿quiénes son el país nacional? Pues los que trabajan, los que se preocupan por su salud, los que buscan una educación, los que no tienen una voz colectiva. Es ahí donde veo una escisión, una división bastante profunda. Ahora, hay un contacto continuo y constante entre esos dos mundos, sólo que es impresionantemente conflictivo. En ese contacto hay muchísimas personas del país nacional que se aproximan, que se agarran, que se dejan representar, que buscan su tajada en ese país político, ya sea con los partidos políticos o con los guerrilleros o las autodefensas. Y de  cierta manera ese país político los usa a ellos y ellos usan al país político. Lo que hace el país político es, por ejemplo, pedirle dinero al país nacional; en algunos lugares se llama una vacuna y, en otros, un impuesto». 
Queda una pregunta para Braun: ¿dónde coloca a los industriales, a los empresarios? «Eso no me queda muy claro –responde—; posiblemente ahí se escriba la historia de las primeras décadas del siglo XXI de Colombia. Es decir, ¿qué van a hacer las clases burguesas, para usar ese viejo término que es muy bueno, para tratar de rescatar este país?» 
  

Ejércitos chiquiticos 

Braun es implacable en sus conceptos. Desde la angustia le digo, siento en este momento que hacemos la paz o nos vamos a una guerra total. «No me imagino qué podría ser una guerra total —replica—, ni quién la podría ejercer. Ninguno de los ejércitos que hay en el país tiene capacidad de ejercer una guerra total. Son todos, todos, cada uno de ellos, ejércitos chiquititos, chiquititos, chiquititos; incluso, posiblemente en especial, el ejército pagado por el patrimonio y el erario nacional. No hay nadie en capacidad de hacer una guerra realmente distinta de las miles de guerras que tenemos en el país hoy en día. Además, estoy bastante convencido de que ninguno de esos pequeños ejércitos quisiera eliminar a los otros... Cada vez que pienso en los pequeños ejércitos pienso en Borges, en esa crítica tan maravillosa que les hizo a los militares argentinos en los últimos momentos de su vida, cuando decía que simplemente eran unos hombres que querían jugar con unos tanquecitos. Y se rió de ellos. Se burló de ellos. Me queda perfectamente claro, por ejemplo, que las autodefensas o los paramilitares eliminan su razón de ser si eliminan a la guerrilla. Lo que siempre ha ocurrido en Colombia es el juego del gato y el ratón. Pelean, retroceden, actúan, toman, van, se retiran». 

Reacción de derecha 

Como analista, Braun se muestra escéptico frente a una salida a corto plazo: «Vivimos un equilibrio horripilante. En el pasado las violencias terminaban por desgaste, pero esto de ahora, esta mierda, no se está desgastando para nada. Hay demasiadas personas, y todos estos pequeños ejércitos son ejércitos bandoleros, o sea, que actúan  por razones económicas». 
A mediano plazo alcanza a dilucidar algo también horripilante: «Es posible que si en los siguientes cuatro años no hay una paz duradera y convincente, el país se vaya a la derecha. Digamos en unos quince o veinte años, si no se logra esa paz, esa reestructuración, tomando el ejemplo de la historia europea, puede producirse una contrarrevolución desde arriba, en la cual grupos económicos pudientes, agropecuarios, por medio de sus gremios, de alguna manera u otra o con ayuda militar, del ejército nacional y de los paramilitares, logran restablecer el orden de la propiedad privada en el campo, eliminando a la guerrilla y reincorporando a toda esa gente que se ha refugiado para que regrese al campo y trabaje otra vez, en situación muy similar a la que siempre han trabajado, dentro de circunstancias en las cuales el Estado haría muy poco para tratar de matizar una relación muy salvaje entre los que tienen la tierra y los que la trabajan. No habría guerra, pero sería una cosa espantosa. Más que contrarrevolución sería una reacción, ya que no hemos tenido una revolución. Una reacción derechista, violenta, fulminante. Y bastante popular, diría yo. La gente se desespera por la falta de orden, especialmente las clases medias y los pobres». 
  

Droga, gringos e intervención 

Le digo a Tico Braun que especialistas estadounidenses han afirmado que la guerrilla puede ganar la guerra en cinco años. De nuevo responde en forma directa: «El gringo miente cuando dice eso. Creo que miente conscientemente, como una manera de poder intervenir más en el país y pelear en contra de la guerrilla, y utilizar a Colombia para sus ejercicios antiterroristas» Contrapregunto: ¿Sería la posibilidad de otro Vietnam? Replica: «No. Aquí no se van a meter de lleno. Llegarán, se irán, volverán... Como algo muy colombiano, un pequeño ejército». 
Vamos a otro tema álgido que engloba varios aspectos de los problemas del país, el narcotráfico, que en parte financia o ha financiado todo aquí, políticos, paramilitares, guerrilla, ejército, incluso industria y comercio. ¿La solución pasaría por la legalización, como ocurrió en Estados Unidos con el alcohol, o la despenalización? «No entiendo bien cuál podría ser la relación entre la primera y la segunda partes de la pregunta. O sea, si el narcotráfico financia todo esto, cómo cambiaría si la droga se legaliza. La mafia no se acabó, se transformó, y hoy en día la mafia está muy bien en los Estados Unidos. Eso no se cambia. No creo». Contrapregunto: Pero la violencia en las calles sí; lo que fue Chicago en los años veinte. Ahora Tico Braun analiza: «Una de las razones principales por las cuales creo que sería importante legalizar la cocaína, si estamos hablando de la cocaína, es porque en las ciudades de los Estados Unidos los hombres pobres, que son casi exclusivamente de raza negra, se están matando, y se están matando en gran parte alrededor de la cocaína. En los Estados Unidos se entendía hace ocho o diez años que había una crisis, hoy ya no. Una de las razones principales es porque los niños blancos de las clases medias no incrementaron de una manera sustancial su uso de la cocaína. Cuando existía esa posibilidad había un gran temor. Ese temor ya no existe. O diría, exagerando únicamente un poco, que ya a casi nadie le importa un carajo la cocaína en los Estados Unidos, porque a nadie en los Estados Unidos le importan un carajo los negros pobres que viven en las ciudades». 
Finalmente, al señalarle que el gobierno estadounidense presiona e interviene todo el tiempo con el pretexto del tema de la droga, dice: «Es pura política. Lo tiene que decir. Así como el gobierno de Estados Unidos manifiesta constantemente que quiere la paz, pero no hace absolutamente nada para obtenerla, de la misma manera afirma que debe controlar la droga porque no puede decir que no lo va a hacer. Es uno de los enemigos que tiene, después de la guerra fría. Si hay droga, un gobierno tiene que decir que la va a combatir». 
  

Resaltados: 
Para “Antes de la buena escritura”: 
«Estoy convencido de que se trata es de contar cuentos. Escribir relatos, ojalá de tal manera que el lector se sienta cómodo y a sus anchas leyendo; incluso que se divierta». 

Para antes de las facetas de Gaitán 
«Los valores que tenía Gaitán al comienzo de su vida son los mismos que este hombre tenía en el momento en que lo mataron. No sé cuántos de nosotros podamos vivir una vida así». 

Para antes de país político vs. país nacional 
Lo que hace el país político es, por ejemplo, pedirle dinero al país nacional; en algunos lugares se llama una vacuna y, en otros, un impuesto». 

Otro para antes de país político vs. país nacional 
¿qué van a hacer las clases burguesas, para usar ese viejo término que es tan bueno, para tratar de rescatar este país?

 

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