REVISTA NÚMERO 18

Por William Ospina * 

Una tarde de 1543, los habitantes de la isla de Cubagua, frente a las costas de Cumaná, en Venezuela, vieron el cielo ennegrecerse ante el avance de una poderosa tempestad. Como si otro océano se desbordara sobre el Caribe, grandes torrentes inundaron la isla y el furor de los vientos arrasó sin remedio las casas, los palacios y las fortalezas de Nueva Cádiz, una de las primeras ciudades fundadas en América por los españoles. Entre las muchas gentes que corrían desconcertadas bajo los remolinos del agua y del viento, abrumadas por un estruendo desconocido que venía al mismo tiempo de la tierra y del mar, y que vieron desaparecer en una noche moradas y riquezas, estaba un joven de 20 años que entonces no era más que un aventurero arrojado por el azar a las islas de América, pero a quien se le iba a conceder uno de los destinos más notables de su tiempo.  

Había nacido en Alanis, pueblo andaluz que, fiel a su nombre, tiene dos alanos rampantes en su escudo de armas; se llamaba Juan de Castellanos, y hacía unos tres años andaba de isla en isla, buscando fortuna, preguntándose si su destino sería el comercio o las expediciones guerreras, la riqueza ganada por las armas, la fama ganada por los hechos, o una gloria imprevisible como héroe o como mártir. Todo era posible en aquel tiempo, cuando España era dueña del mundo, y un nuevo continente acababa de surgir de los mares como un sueño desmesurado e inexplorado, lleno de terrores y de promesas.  

Mucho tiempo después contaría que aquella tempestad le hizo envidiar a los muertos, que en un momento sintió que hasta las casas parecían huir, que las calles se habían convertido en ríos, que todo lo que había sido morada era peligro, que el cielo de pronto pareció una ceiba gigantesca a la que están derribando con sus hachas los leñadores, que el aire huracanado parecía una batalla en la que se rompían juntas muchas lanzas, que estaban en guerra rigurosa todos los vientos y que el mar era mucho más alto que la tierra.  

En cuanto cesaron la furia del viento y el estruendo del mar, los pálidos y aterrorizados isleños decidieron huir hacia la vecina isla de Margarita, y los barcos de un capitán llamado Niebla y de Juan Cabello se llevaron para siempre a los pobladores. Pero con aquella retirada concluía uno de los episodios más dignos de memoria de la conquista de América: el modo como en sólo 50 años una pequeña isla desierta se convirtió en una ciudad fabulosa que atraía comerciantes y aventureros de todas partes, y cómo, una vez llegada a su esplendor, una progresión de hechos de sangre y de conmociones naturales la convirtieron de nuevo en un islote despoblado y perdido.  

A pocos años del descubrimiento de América, el nombre de Cubagua ya frecuentaba los labios de los aristócratas de Europa, y se lo pronunciaba con admiración y codicia en las grandes ferias de Augsburgo y de Brujas. La causa de aquélla era a la vez sencilla y espléndida: de Cubagua salían sin cesar las más famosas perlas de Occidente.  

En su tercer viaje, ya descubiertas las grandes islas, Colón y sus marinos habían desviado el rumbo hacia el sur, y en lugar de adentrarse una vez más por los archipiélagos del Caribe entraron en un golfo inesperado e inmenso y bebieron, creyendo que era el agua sagrada del Ganges, el agua dulce del Orinoco. Aquellas playas llenas de pájaros de muchos colores eran para sus ojos el Asia, y así, bordeando la isla de Trinidad, salieron del golfo de Paria y contemplaron, en una asombrada navegación de cabotaje, el mundo enorme que se abría frente a ellos. Ante las costas de lo que sería Venezuela, y junto a la paradisíaca isla de Margarita, estaba Cubagua.  

Fue el propio Colón quien advirtió con extrañeza que, junto a aquel islote reseco y deforme, había nativos en agudas embarcaciones que largamente se sumergían en el mar, y volvían trayendo en los cestillos algo que descargaban en las canoas. La mirada que había explorado con ansiedad lo inmenso se detenía ahora en lo diminuto, llena de la misma curiosidad. Los indígenas, al advertir la nave, se replegaron asustados hacia la costa, y allí prepararon con sobresalto sus arcos, pero desde los botes los hombres de Colón los halagaban, hasta que les permitieron acercarse. Podemos imaginar por igual la escena y el asombro de los navegantes. Aquellos nativos desnudos de las costas del mundo nuevo estaban adornados de perlas. En los brazos, en las piernas, en los cuellos, mujeres y varones llevaban largas sartas de perlas, y era eso lo que extraían de las paredes sumergidas de la isla y de las praderas marinas.  

Cambiadas por cuentas de vidrio y por cascabeles, cada una de las primeras perlas que adquirieron los marineros llevaba una noticia deslumbrante. De modo que aunque Colón, que exultaba de dicha, quería mantener en secreto su descubrimiento, la fama de los ostiales de Cubagua se extendió por los mares; muy pronto aquel estéril peñasco sin ríos ni fuentes ni árboles fue asediado por nativos de todo tipo, y creció un campamento de toldos y de tiendas que en seguida se exaltó en ranchería y en pueblo y en ciudad. Desde 1496, año del primer hallazgo, la muchedumbre de los aventureros y los contratantes no dejó de crecer, y los pueblos nativos de las costas vecinas, que habían intimado por siglos con el mar y que habían hecho de aquellos ostiales un goce sencillo y un juego misterioso, vieron convertirse su templo marino en un inesperado horror. Ninguno de ellos se había establecido nunca en Cubagua, porque a pesar de su nombre la isla de piedras y espinas no tenía agua que pudiera beberse. Sin embargo, fue tal la prosperidad, que uno de los negocios más rentables era el de los barcos que traían el agua desde Cumaná para abastecer a los pobladores de esa ciudad recién inventada, en la que había ya palacios y fortalezas.  

Y en las terrazas y en las calles y en la orilla había riqueza y abundancia, casas torreadas, altos y soberbios edificios, gentes prósperas y felices; las perlas de Cubagua iban de mano en mano por el mundo, y en Sevilla y en Toledo crecían las contrataciones. Pero tal demanda requería que los únicos seres capaces de extraer de las profundidades las ostras y las perlas, los indios de la costa cercana, trabajaran cada día más, y se sumergieran con mayor frecuencia, y más largas jornadas, y desde más jóvenes, ojalá por más tiempo cada vez, en las aguas maravillosas de Cubagua. Y así la riqueza, como siempre ocurre, se convirtió para unos en maldición, y los pobres nativos de Cumaná vieron su paraíso transformado en infierno. Pasando el día entero en esas inmersiones inmisericordes, los jóvenes vivían poco tiempo y un día sus pulmones reventaban por el esfuerzo. Entonces quisieron negarse a bucear, y reconquistar la libertad que habían perdido. Pero el negocio llevaba un ritmo tal que esa negativa ya no era posible. Cuando los nativos se negaron la violencia irrumpió, desnudando el rostro verdadero de aquella conquista, y los indios fueron reducidos a la esclavitud, para que cargados de cadenas y en ásperas prisiones en la noche, y sumergidos en otra prisión de agua en el día, extrajeran sin fin el contento para distantes damas y nobles caballeros.  

Como lo habría de decir nuestro joven, es imposible referir plenamente todas las maldades y las villanías que allí comenzaron. Hasta el emperador Carlos V, que acababa de convertirse en señor de tierras y mares, que había nacido en Gante, que gobernaba con su madre loca en Castilla, que tenía un palacio en Augsburgo y otro en Bruselas, una corte en Valladolid y otra en Milán, y que tenía súbditos en las playas de Flandes y en las gargantas del Rin, en los valles del Anáhuac y en la selva de las Amazonas, empezaron a llegar noticias de las iniquidades de sus hombres contra los nativos de ultramar, y el joven emperador, agobiado de reinos, hizo una pausa en sus guerras de Flandes, en sus aventuras navales contra los piratas moros, y en sus consejos interminables donde se decidía sin tregua el destino de Europa, para recomendar a los traficantes un mejor trato para los hijos del Nuevo Mundo.  

Pese a que las recomendaciones del emperador salían vigorosas y absolutas de sus labios, y se posaban con grave majestad en sus decretos, y avanzaban con grandeza y clarines por los reinos guerreros de Europa, eran menos fuertes ya cuando se embarcaban por el gran océano, y llegaban asordinadas a los puertos de América, de modo que los traficantes de perlas ni pensaban en ellas, porque sabían que era difícil que el remoto emperador viniera a vigilar el estado de los pescadores de perlas en las azules mazmorras del agua.  

Vinieron entonces algunos religiosos a humanizar aquel mundo y fundaron conventos en la costa, pero no gastaron su energía y sus plegarias tratando de corregir el rudo corazón de los mercaderes sino intentando cambiar las costumbres de los nativos, empeñándose en demostrarles que no había más que un Dios, que llevaba quince siglos sangrando en un árbol por culpa de sus idolatrías y de sus pecados.  

Un negociante más desaforado que los otros, que al parecer se llamaba Ojeda, salió un día de Cubagua hacia las costas vecinas a comprar provisiones a los indios, y al recibir la comida que le trajeron hasta el barco decidió quedarse también con los portadores y llevarlos esclavos. La operación resultó tan exitosa, que quiso repetirla en seguida; sin embargo, la noticia del asalto había corrido más veloz por la tierra, y cuando Ojeda recaló en las costas siguientes, los nativos ya lo esperaban. Fingieron negociar con él, le pidieron cuatro días de plazo para traer los víveres, y Ojeda los esperó, manteniendo los prisioneros ocultos en el barco. Pero los indios ya habían tocado el extremo de la paciencia, y estallaron en un motín de proporciones escandalosas. Decididos a exterminar a los invasores, se fueron por las costas matando españoles y despidieron para el cielo incluso a los frailes de los conventos recién fundados. En el poema en que tiempo después fueron inmortalizados estos hechos, el indio que convoca a los otros a la campaña de exterminio argumenta que los conquistadores y los frailes están aliados en una conspiración para arrebatarles a los americanos todo lo que había sido hasta entonces su vida, y dice con inmejorable elocuencia:  

«Bien veis que por palabras y en escritos   
Suelen abominar estos letrados   
Las viejas ceremonias y los ritos   
En que fuimos nacidos y criados:   
Aquestas son sus voces y sus gritos,   
Y en esto viven todos ocupados:   
Frailes quitan deleites y placeres,   
Y los otros los hijos y mujeres».   

Fue en el año de 1519 cuando la rebelión de los indios de Cumaná llevó espanto a las poblaciones españolas de la costa y conmovió por primera vez la prosperidad de Cubagua, que se anunciaba eterna. En sólo un cuarto de siglo la riqueza de las perlas había hecho surgir de la nada un bazar insolente, y nadie parecía darse cuenta de que todo ese esplendor reposaba sobre la extenuación de los indios. Ahora estaban los curas degollados, destrozadas las efigies, ensangrentados los altares y los templos consumidos por el fuego, y los indios dóciles que daban perlas a cambio de espejos y de cuentas de vidrio se habían vuelto feroces vengadores. Una tropa armada de lanzas y de flechas envenenadas cargó contra Cubagua, y la multitud de los mercaderes corrió hacia los barcos dejando todas sus riquezas y provisiones en la isla, que fue saqueada en seguida por los nativos.  

Ojeda, por su parte, permaneció los cuatro días en aquella playa, sin saber que esperaba la muerte, que llegó puntual. Y al año siguiente una tremenda expedición española, al mando de Gonzalo de Ocampo, ancló en el puerto de Cumaná, se adentró por tierra firme, y llevó castigo a los pueblos indígenas de donde habían salido los amotinados. Las playas y los caminos se llenaron del horrible espectáculo de incontables indios clavados en estacas, y muchos otros fueron reducidos a la esclavitud y marcados con hierros candentes.  

Avanzando por esas aldeas de nativos, los españoles encontraron a un indio vestido con hábito de franciscano, y reconocieron en él a uno de los asaltantes del convento. Por ello, entre las primeras y extrañas imágenes que nos ofrece el fresco descomunal de la conquista del territorio americano, está la de un indio vestido con el traje de Francisco de Asís que se mece ahorcado en lo alto de un peñasco.  

Cada vez que se intentaba remediar la situación de los hombres de América, los hechos terminaban agravándola. El continente recién descubierto era apenas una fuente de recursos para las facciosas potestades europeas, y casi nadie desde Europa podía ver toda la complejidad que había en él. «¡La más hermosa parte del mundo trastornada por el tráfico de perlas y pimienta! ¡Oh victorias mecánicas, oh baja conquista!» —escribió por entonces Montaigne—. Pero esas palabras difícilmente las podían comprender monarcas como Carlos V —que necesitaba la riqueza de América para sostener su poderío—, ni conquistadores que se enfrentaban casi solos a las adversidades y las inclemencias de un mundo desconocido, ni los prelados y los misioneros que se sentían obligados a extender el imperio de su fe sacrificando incluso sus vidas para ello. Los hechos son siempre anteriores a las razones, y son muy pocos los seres humanos que comprenden su tiempo y abarcan todos los rostros contradictorios de la verdad.  

Un hombre bondadoso, el padre Bartolomé de Las Casas, sintió desde el comienzo que el peor de los males estaba en la negación de la humanidad de los indígenas. Los veía como criaturas ingenuas y distintas, y entendía que su deber natural como cristiano era protegerlos de la codicia y la crueldad de los conquistadores. Ni un solo día de su vida descansó en esa tarea, y fue hasta el palacio del emperador y le reclamó leyes severas que salvaran a aquellos nuevos súbditos del exterminio que se cernía sobre ellos. Pero su desesperación hizo que los indios fueran reemplazados en los peores trabajos por esclavos traídos de África, y de un mal salieron dos.  

Lleno de buenas intenciones, Las Casas, como su contemporáneo Vasco de Quiroga, seguía afirmando que los nativos del Caribe eran criaturas mansas a las que se podría atraer a la religión cristiana por la vía del amor y del ejemplo; pero mientras él preparaba los nuevos cruzados del amor que colonizarían pacíficamente las tierras nuevas y sembrarían con dulzura la civilización, los conquistadores y los traficantes seguían sembrándola con espadas, cadenas y hierros candentes; el mismo emperador que firmaba las Nuevas Leyes de Indias necesitaba más riquezas de América para detener al moro, para controlar al papa, para que sus cardenales mantuvieran su influencia en el decisivo Concilio de Trento, para gobernar a los alemanes, para intimidar a los franceses, para que sus navíos imperiales pudieran seguir navegando entre los cisnes del Rin, para que las galeras del almirante Andrea Doria, su aliado, pudieran seguir reinando en el Mediterráneo, para que su hijo Felipe pudiera casarse con la reina María de Inglaterra, y para que los reinos que habían caído en sus manos fueran heredados por sus hijos y por sus hermanos, y el mayor imperio del mundo no se desintegrara al amanecer como el sueño del hechicero. Y para ello los colonos de América exigían derechos de señorío sobre los nativos, reforzaban su dominación, y avanzaban arrasando culturas y rancheando el oro de los templos y de las tumbas, de modo que los valientes indios del Caribe ya no querían oír hablar de la bondad de Cristo.  

Con los muchos indios esclavizados, Cubagua había reanudado su producción de perlas; la Nueva Cádiz seguía creciendo, y sobrevivió incluso a un terremoto que en 1530 derribó parte de la fortaleza y modificó las sierras cercanas. Casi nada parecía quedar como recuerdo de la primitiva pobreza y aridez del islote. Había fiestas, torneos y ejercicios cortesanos, los edificios ya lujosos se engrandecían, y era casi natural que las hermosas perlas tuvieran como precio invisible la vida de aquellos indios famélicos con los pulmones llenos de agua y los ojos de luz submarina que en la noche oían el rumor de la fiesta desde sus silenciosas prisiones.  

Y, de pronto, desaparecieron los ostiales. A los pobres esclavos que saltaban de las canoas y se sumergían con instrumentos para arrancar las ostras de rocas y peñascos, con el fin de abrirlas y arrancarles el pequeño pero imprevisible número de perlas que contenían, seguramente les costó convencer a sus amos de la extraña verdad: prácticamente no quedaban ostras alrededor de la isla donde durante siglos habían abundado. Se intentaron todas las explicaciones: si los cardúmenes de rayas habían arrasado los ostiales, o si éstos, por algún hábito migratorio, se habían desplazado hacia regiones más lejanas y más profundas, o si finalmente era la explotación desmedida y creciente lo que había agotado los recursos, al no darles el menor tiempo para reproducirse. Lo cierto es que las perlas escasearon hasta casi desaparecer, y con ellas se fue afantasmando la ciudad, de modo que cuando Juan de Castellanos llegó a Cubagua, más o menos por la época en que llegaron también las Nuevas Leyes firmadas por el emperador, ya el tráfico de perlas se había reducido, y sólo quedaban como prueba de su antiguo esplendor los palacios y las fortalezas de la Nueva Cádiz, y gentes sedentarias viviendo de la riqueza que habían acumulado.  

Entonces vino el golpe final. Aquella tempestad que parecía enviada para borrar definitivamente la ciudadela española de la memoria de los hombres y para mostrar cómo es breve todo esplendor y frágil todo poderío. Dos siglos y medio después, todavía atraído por la leyenda de las perlas de Cubagua, el barón Alexander von Humboldt se acercó a la isla. La encontró desierta. «Hoy se alzan —escribió— sobre esta tierra inhabitada médanos de arena movediza y apenas se encuentra el nombre de Cubagua en nuestras cartas». No pudo hallar restos de lo que había sido una lujosa ciudad del Renacimiento, sino el viento soplando sobre los  
Pero todo esto lo sabemos porque alguien comprendió que lo que perdura está en el lenguaje y en el sentido. La música dura más que el hombre, y las palabras llevadas por el ritmo resisten más a los asaltos del tiempo que las fortalezas de piedra y las ciudades de codicia y de orgullo. Aquel muchacho que en 1543 escapaba a la destrucción de la ciudad en el barco del capitán Niebla, iba a ser en los 30 años siguientes el atento testigo de la conquista de los nuevos reinos, y dedicaría el resto de su larga vida a cantar en un libro infinito la desesperada fundación de un continente.    
 

* William Ospina (Padua, Tolima, 1954). Poeta, ensayista y traductor. Ha publicado, entre otros, El país del viento (1992), Es tarde para el hombre (1994), Esos extraños prófugos de Occidente (1994), ¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua? (1995) y ¿Dónde está la franja amarilla? (1997). El presente texto es el primer capítulo del libro sobre don Juan de Castellanos que publicará próximamente Editorial Norma.

 

Esto y mucho más encontrará en NÚMERO
Regresar a la Página Principal

Artículos en Internet SuscripcionesEditorial  |  Número Ediciones  |  Números Anteriores


Revista Número. Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
Bogotá, Colombia
numero@elsitio.net.co
.