Jalik, el hombre de ojos negros, levemente sesgados, tiene un rostro inescrutable. Su barba enmarañada y su inmovilidad casi total le infunden un aspecto legendario. El viejo que conduce el carromato le ofrece un cigarrillo, intentando romper el hielo. Jalik reacciona sin inmutarse y acepta el ofrecimiento. Aspira con descuido y deja que el humo escape por los labios entreabiertos. Su mirada está más allá de todo lo que pasa frente a él. Sus ojos escudriñan la distancia polvorienta de los remotos parajes de su origen. El panorama inmediato ya no lo conmueve. El esplendor de los verdes infinitos y la exuberancia del encantamiento tropical no lo afectan en este momento. Al principio, unos años atrás, sintió que visitaba los jardines salvajes del paraíso y todo le parecía una especie de revelación natural que nunca había imaginado. Pero ahora no se fija en nada, pasa por alto el paisaje e ignora por completo la presencia del carretero. La mujer, tendida en las tablas, no se mueve, tiene los ojos cerrados, es una masa compacta de silencio. Jalik está absorto, es un hombre tocado por la melancolía y su alma se reconcentra en la sinfonía de su propia memoria, donde sopla el viento fuerte de las áridas llanuras y se levantan remolinos de arena quemada por la presencia implacable del sol que gobierna las extensiones sagradas del Karakum. Ha perdido interés en todo aquello que lo rodea. Ha caído en su propio vacío y se ha dado cuenta de que no eran suficientes su movilidad continua y su manera impulsiva de intuir los rumbos del destino. Se encuentra extraviado en sí mismo. Paulatinamente, su vida se ha ido metiendo en una confusión de acontecimientos que lo han alejado para siempre de su remoto país, de su lengua, de sus costumbres. El tiempo, las ciudades, los pueblos, los caminos han pasado al ritmo imprevisible de cada día, obedeciendo al azar, a lo que surge en esa especie de fuga de sí mismo que ha venido protagonizando. La crisis es grave. En su interior, el hombre padece los desafíos del sentimiento y trata de mantener la serenidad para no extraviarse definitivamente en el delirio. El día anterior, por primera vez, ha fallado. Su arte es la precisión simple y perfecta: él es un Tigre, preparado para no errar, pero su mano ha conocido la indecisión de la mente y la tensión inoportuna de los nervios. Es un síntoma de su desgaste y, en el fondo, lo sabe muy bien. Eso ha contribuido de manera fulminante a la caída de su estado anímico. Ya no se siente de ninguna parte. Lo ha perdido todo, incluso las ganas de lanzarse para siempre a los despeñaderos del olvido, pero tiene nostalgia del pasado, una especie de melancolía enfermiza que lo satura y lo acosa. Rompe su quietud sacando del fondo de la ropa sucia una botella de licor del diablo. Bebe un sorbo largo, lento, saboreado con las entrañas. Antes, cuando era joven, no bebía, pero se ha ido acostumbrando a calmar las sequedades interiores con el deleite angustioso del alcohol. No determina al carretero, no manifiesta ningún signo de comunicación. Al viejo le habría gustado un buen trago, pero el Tigre se mantiene absorto, libre de emociones exteriores. El vaivén del carretón y la temperatura recalentada de la media tarde lo meten en la espesa modorra de un camino de herradura casi plano que, a veces, resulta quebrado súbitamente por los baches y las piedras. Jalik no se inmuta, entrecierra los párpados y fuma con desgano. El humo forma diminutas estelas que mueren rápidamente en la dispersión de la brisa que acompaña la lenta marcha. Hacía más de cinco horas que estaban rodando en el carretón. La noche anterior había sido una espera terrible, en el muelle de un caserío espectral. Al amanecer habían logrado viajar en un deslizador de mestizos que se arriesgaron contra la corriente, a pesar de los inconvenientes del río, a cambio de 22 dagas con empuñadura de oro y un billete de cien dólares que la mujer había guardado con celo durante las últimas semanas. Después, casi al mediodía, en un cenagoso caserío llamado Tierra Firme, el carretero había aceptado llevarlos a cambio de un reloj de pulso con inscripciones de alguna conmemoración especial. También, para convencerlo, le habían dado un baúl con trajes y velos, y los últimos treinta mil pesos que eran el recuerdo final de los días prodigiosos, cuando en los pueblitos de la bonanza circulaban el dinero y la avidez de gastarlo en cualquier tipo de diversión. Ya lo perdieron casi todo. El Tigre no sabe muy bien cómo llegaron a ese punto. Ha sido un desdoblamiento de circunstancias, una suma de virajes y tropiezos: la vida, que se vuelve inexplicable cuando enreda sus cabos. Siente que reina el caos en su alma. Añora, ama como nunca, su tierra, su gente, la libertad de las llanuras, las voces del viento... El Tigre comedor de sables imagina que cabalga en el potro de la aflicción. Entre los remolinos polvorientos del recuerdo escucha sonidos, percibe cascos en movimiento. Quisiera ir a galope tendido hasta las orillas del viejo río Amu-Daria y visitar los campos de algodón y los manantiales donde abrevan las tribus y los rebaños. Jalik recuerda los colores azules, granates, rojos de los trajes de los jinetes que recorren extensiones enormes, viajando desde las estribaciones fértiles de los montes sagrados hasta las orillas del gran lago de sal, a través de las inmensidades desérticas, para comerciar en aldeas y dar rienda suelta al galope abierto del corazón, porque todo el que ha nacido en Turkmenia es feliz cuando vuela por las grandes llanuras de tierra amarilla y rojiza sobre las cuatro patas de su cabalgadura. El Tigre evoca y ensueña: está lejos, en el tiempo irrecuperable de su infancia, con su madre, su abuelo, sus hermanos y las hermosas primas venidas del país de los armenios. Siente que la vida es una región de resonancias y que su alma es una yegua desbocada de largas crines que flotan como la cabellera inverosímil de una bestia descomunalmente hermosa, veloz, de color negro, con manchas blancas y arreos de cuero rebordeados con oro y filos de plata. El carretón da varios tumbos seguidos. Las ruedas amenazan con salirse de los ejes y el maderamen cruje. La mujer se queja y Jalik vuelve a la realidad de su circunstancia. Dos mulas tiran sin descanso. El carretero las anima restallando la fusta en el aire y dando voces. Parece que hablara en la lengua de las bestias: las controla en los sitios difíciles, las apacigua en las curvas resbaladizas y las apura con silbidos alegres en los pasos planos. Las mulas entierran los cascos, se afirman, trotan, avanzan con pericia, guiadas por la mano firme del viejo, que anda metido en sus propios pensamientos. Hace mucho vive por esos lados y está acostumbrado a preguntar lo necesario, a callar con cautela. Sólo atiende los motivos del camino y se dedica a lo suyo. El sol aún golpea fuerte, pero la temperatura está bajando y el ambiente se refresca un poco. Hay nubes por el oriente y las bandadas de loros comienzan a surcar el espacio, revoloteando con algarabía. Huele a tierra húmeda, a polvo de camino, a vegetación. También a mula, a sudor, a cansancio. La mujer, de nuevo, se queja y pide agua. Los hombres se miran y el carretero detiene la marcha. Jalik vuelve a la botella y el viejo, observando a la mujer, abre un calabazo lleno de agua y le ofrece una totumada fresca. Está débil, casi no puede enderezarse. Las mulas se mueven a un lado y buscan yerbajos. Los ruidos del monte se escuchan con nitidez: la naturaleza reverbera y todo es un concierto viviente. El espacio es música, y los pájaros y los insectos excelsos maestros cuyos instrumentos son ellos mismos. Es difícil verlos, pero ahí están, emitiendo los más bellos sonidos del universo. Algo se conmueve en la conciencia del Tigre comedor de sables. Da unos pasos, descarga la vejiga de manera ruidosa, como un caballo, exactamente. Luego contempla las formas caprichosas de los árboles y la terquedad de los arbustos que han ido invadiendo parte del camino, que realmente es una trocha poco transitada en los últimos tiempos. Le ofrece un trago al viejo, observa la palidez de la mujer y, sin cruzar palabra, se acomodan en la carreta y reanudan la marcha. El terreno se hace más quebradizo y el viaje más difícil. Jalik, desolado, piensa en las huellas que han ido dejando y experimenta un escalofrío, una serpiente de miedo, un estupor interior cercano al vértigo. Piensa en la muerte y se estremece. Un temblor helado le recorre el cuerpo. Ha estado escapando de sí mismo y ahora siente la necesidad de encontrarse de nuevo con aquello que es realmente, pero presiente que es imposible desandar el recorrido azaroso de su existencia. Cuando el día declina, las mulas alcanzan la parte más alta de una colina de cuesta prolongada. Abajo, de frente, se abre un vallecito sembrado con matas de fique y pastizales en proceso de crecimiento. Después, penetran en una arboleda de tupida penumbra donde parece que comenzara la noche. Hay fragancias fuertes, oscuras claridades crepusculares, un follaje fantasmal que susurra con los empujes de la brisa. Jalik piensa que si la mujer estuviera bien diría que es un bosque de hadas pero ella, sumida en la inconsciencia de la fiebre y la debilidad, ha perdido contacto definitivo con el paisaje. Sólo sangra y, de vez en cuando, se queja. Cuando termina el paso por la arboleda, se abren potreros y algunas reses surgen en la semipenumbra, cerca de pocetas de agua que multiplican las primeras estrellas que puntean el violeta oscuro del firmamento. Jalik busca las señales de alguna casa, pero no logra localizar indicios humanos. Tan sólo se aprecian chagras y pastizales. Unos perros aúllan monte adentro. El viejo, con visibles muestras de fatiga, conduce la carreta. Observa a la mujer y luego al hombre. Se ha hecho a la idea de no pensar en ellos, pero la curiosidad lo aguijonea y vuelve a preguntarse por la extraña pareja. No logra discernir nada. Existe cierta desconfianza que no puede disimular del todo. Algo le carcome la cabeza. Desde el principio supo que la mujer estaba mal, pero no conoció las causas de la herida. El hombre no quiso explicar nada. Simplemente arregló el viaje y punto. Habló de la urgencia del caso y acordaron llegar al puesto de salud más cercano, a casi un día de viaje. Habló con dificultad, expresándose con pocas palabras, mal pronunciadas. No compró viandas ni agua, únicamente estaba interesado en partir de inmediato. El viejo notó el hermetismo del extraño personaje. Era raro y sus maneras y sus palabras delataban a un tipo de otra parte. Más bien delgado, de mediana estatura, de piel cetrina, con los ojos fijos, un poco achinados y una barba de profeta loco, de bárbaro, de faquir. Vago no parecía y su traje era normal pero el chaleco resultaba extraño. En el brazo derecho le descubrió un tatuaje en forma de cobra que se anudaba del codo a la muñeca. El viejo estaba acostumbrado a tratar con todo tipo de seres. Había visto gente rara en aquellos parajes. Todos en busca de fortuna, huyendo de alguna desgracia... Con las mulas se entendía a la perfección y con los humanos a veces prefería conservar distancia. Muchas cosas inconfesables habían sucedido en esos parajes colonizados por las fiebres de la bonanza y ahora atacados por la desolación, abandonados por sus prósperos habitantes que de la noche a la mañana se habían ido huyendo del miedo, de las tempestades de sangre, de los fantasmas maltrechos de confusas contiendas pactadas con la muerte. La mujer sufre, se muere despacio, pero hace bastante se acabó la compasión y al carretero sólo lo motiva llegar a su destino. Más adelante, los animales dan muestra de cansancio y jadean. El viejo se detiene en la orilla de una quebrada de corriente mansa y deja que las mulas beban hasta saciarse. Les corta yerba fresca y las masajea en las patas y en el espinazo. El Tigre se impacienta, y para no perder la calma humedece una toalla con una bocanada de licor y la coloca sobre la frente de la mujer, que ha perdido la noción de lo real y divaga entre pesadillas y malestares que la sumergen en la niebla ardiente del delirio. Por fin, el carretero ajusta las bridas y reacomoda las enjalmas. Le regala un tabaco al extraño forastero para que espante las nubes de mosquitos. Luego se ríe con sorna, devora un pedazo de panela reblandecida por la temperatura y se enjuaga la boca con agua extraída del calabazo. Le brinda fuego a Jalik y mientras lo observa fijamente, a la luz de la llama, calcula que falta una hora de viaje a buena marcha. No comenta nada, toma su puesto y azuza las mulas. La noche se cierra por completo y permite observar la vía láctea en todo su esplendor, espectáculo sobrecogedor que despierta finas reacciones en la sensibilidad del comedor de sables. El mapa de los cielos siempre enseña la pequeñez ínfima de los viajeros. Piensa en las rutas de Turkmenia, donde se pierden los más hábiles jinetes y se abren las caminos de las estrellas como en ningún otro lugar sobre la tierra. Las dunas, como un oleaje seco que nunca cesa, cambian con el viento y sólo el cielo indica las direcciones precisas. En las desiertas inmensidades el horizonte es una línea circular que todo lo abarca y que altera la lógica de la mirada. Recuerda aquellas noches estelares, cuando viajaba con su padre y sus hermanos desde Darvaza hasta la gran ciudad de Ashabad y de ahí a Kizyl-Arvat, un pueblo azotado por violentos remolinos de calor. En la última parte del viaje se adormilaba observando estrellas y planetas, contando los meteoritos, escuchando el canto monótono de una mujer, sobre la carrocería descubierta de un pesado camión que había pertenecido al ejército soviético y que ahora funcionaba como transporte de carga, animales y personas. Iban a visitar a Bairam Artykmadur, el abuelo materno, un hombre especial que pertenecía, por tradición y edad, a otro tiempo de menos austeridades espirituales. Este anciano de barbas sabias, dueño de secretos milenarios de las tribus trashumantes que se aliaron a las huestes del Tamerlán, hablaba proverbialmente, alrededor de una lámpara de aceite, y recitaba cantos de hazañas de jinetes valerosos guiados por líderes audaces que conocían a la perfección el arte de la guerra y las costumbres sagradas de los mayores. Siendo niño, Jalik soñaba con las legiones del gran Timur Lenk. El abuelo conocía muchas cosas acerca de las serpientes y sabía todo acerca de los misterios de la llanura del origen. También hablaba con entusiasmo de las alturas del Cáucaso y de sus majestuosos picos de vientos helados. Así mismo, pulsaba las dos cuerdas del dutar ancestral y sus dedos producían una música tan especial que se mezclaba con el viento y estimulaba las emociones. Había compuesto un poema en el que hablaba de la Ciudad de las Torres Muertas, que conoció el esplendor de la sabiduría en otra época pero que terminó devorada por las tormentas de arena, porque el desierto avanza y castiga el orgullo de los hombres, por perturbar su sagrado misterio. Había sido un oasis de conocimiento y regocijo, y entre sus piedras arden las señales de fuego de una almenara fantasmagórica que sobresale en medio de las ruinas de la noche. Abundan los buitres de blanco plumaje y los reptiles carnívoros capaces de matar un camello joven o devorar a un niño de pocos años. El abuelo Bairam había vivido en Anau, una aldea de alfombreros descendientes de los antiguos artesanos que trabajaban para los fastuosos palacios de la ciudad y por eso contaba en sus versos las grandezas del imperio sepultado por el desierto. El anciano era el verdadero Tigre de Turkmenia y de él había recibido Jalik la heredad del nombre totémico y los principios herméticos del arte de los sables. El abuelo era un gran comedor y además manejaba a la perfección la danza de los puñales, un antiguo conocimiento de los hombres del Karakum. Algo que estaba más allá de lo puramente circense. La verdadera magia de su arte. El carretero vuelve a ofrecerle candela para que prenda el tabaco. Jalik se sobresalta, con el recelo que aprendió a incubar en estas tierras ultramarinas donde todos viven a la ofensiva y donde siempre ha sido un extranjero desacoplado. El viejo le sonríe y algunos dientes con calzas de oro brillan en la noche. El Tigre comedor de sables masca tabaco, chupa, escupe con fuerza y el agrio de la saliva le duerme la boca. Con la punta de la lengua busca un residuo aprisionado entre las muelas. Cuando el sabor llega al estómago le produce náuseas. La mujer se ladea, sudando copiosamente, delirando sin sosiego. Jalik, en un arranque de afecto, le acaricia la frente e intenta decirle algo, pero no logra encontrar las palabras adecuadas y termina murmurando una frase a medias, mezcla de lenguas y vocablos inciertos. Apura los últimos tragos y arroja la botella. Siente que algún animal se desplaza veloz, en la oscuridad de los matorrales. El viejo ríe, pensando en las palabras del hombre. Tiene claro que no ha nacido en estas tierras. Le da por imaginar que es un diablo más, escapado del infierno o de alguna penitenciaría. Abundan los prófugos y no sería raro que se tratara de un delincuente. Pero por su aspecto, a pesar de la apariencia, no parece un hombre malo; su mirada es de loco, no de asesino. Tiene aire peligroso, aunque la verdad es que debe andar metido en un lío difícil... El carretero se encuentra fatigado y piensa en un buen camastro y en un pedazo de carne asada con plátano y yuca. Se saborea y supone que la pareja debe estar hambrienta. Con eso de la fiebre, a la mujer tal vez no le apetezca nada, pero el hombre tiene cara voraz y se nota que el trago se le está subiendo a la cabeza. El viejo sigue pensando en la rareza de los viajeros y les aplica el látigo a las mulas, con intensidad, para que no detengan el ritmo. Jalik continúa lanzando bocanadas de humo, espantando los mosquitos que se acumulan alrededor de la enferma. El tabaco se ha ido consumiendo, ayudado por las ráfagas de viento. El hombre tose, siente agrieras, un desvanecimiento molesto. Le gustaría tener otra botella y beber sin descanso. Siente que el alcohol no le hace falta, que lo realmente necesario es la parte de su alma que se ha ido tras el recuerdo del pasado. Su vida ha cambiado tanto que tiene dificultades para reconocerse. Detrás de su rostro inmutable se trasluce una máscara de angustias retenidas. Mira de reojo al carretero y le pregunta cuánto falta. El viejo gesticula y le indica que pronto terminaran el recorrido. Las mulas también dan muestras de agotamiento y la mujer se convulsiona un poco, resuella, llora como una niña hundida en el desamparo de la noche. A lo lejos, en las curvas del camino, se distinguen las primeras luces. Al Tigre comedor de sables le duelen los huesos, las fauces, el alma, que no deja de vagabundear por las praderas de la añoranza. Eran serenas y frescas las alboradas rojizas de su juventud. Le parece inhalar el aire matinal, impregnado en el olor caliente del estiércol de los caballos, antes de una partida. Es verdad que no puede abandonarse a su suerte, pero también es cierto que su mente se niega a regresar. Cómo le gustaría menguar el hambre con una escudilla de sémola, miel y leche tibia de yegua. Algo reconfortante que casi nunca faltaba en el comienzo de aquellos días, antes de empujar los rebaños de carneros hacia fuentes de agua. Era por la noche cuando el abuelo transmitía su arte, iluminados por el fuego. Hablaba de una manera suave y movía su cayado para trazar signos y puntos cardinales. El abuelo tenía la insignia guerrera de los tigres devoradores de sables. Era un Dorvozi y su gran conocimiento estaba en el arte del lanzamiento de los puñales. Era famoso desde el país de los uzbekos, hasta los pueblos del Cáucaso y las orillas del mar Negro. No había llano, montaña, valle o pueblo desconocido para su larga historia. Su perfección consistía en desafiar todos los riesgos lanzando los cuchillos con el rostro cubierto, contra un blanco humano que giraba expuesto en un tablero circular. La maestría se lograba cuando el lanzador conseguía diseñar la figura humana, rozando la piel, sin herir la carne. Eso era ver, descubrir las líneas de la luz invisible, acertar controlando el peligro, manejando la exactitud de los impulsos. Devoraba sables de acero cortante sin hacerse daño porque dominaba la voluntad de los metales y podía, fisiológicamente, ser invulnerable en los estados de trance. Él era directo heredero de conocimientos milenarios. Un arte, una gracia, una música interna, un legado supremo. Con todo, el abuelo Bairam se quejaba porque ya no se podía cabalgar sobre las doradas llanuras y era imposible ir de un lado para otro en completa libertad. Por eso tuvo que dejar la vida trashumante e instalarse de manera definitiva en Kizyl-Arvat, un lugar donde se siente el final de la vida y todo se reseca bajo el pellejo de la sequedad misma. Ahí está, viendo escurrir la acequia precaria que lleva más polvo que agua, terminando la vejez en el encierro de un pueblo saturado por las instalaciones de oleoductos y los ruidos de camiones. En otra época el abuelo negociaba con terciopelos y telas que venían de Irán. Llegaba hasta los pueblos del delta del Volga, en los dominios de Astracán, y luego se aprovisionaba de pieles de cordero que vendía en los mercados de Ashabad, en el otro extremo. Muchos familiares y amigos se habían empleado en las textileras o en los depósitos de gas, olvidando para siempre las faenas tradicionales. Tal vez por eso el abuelo se esmeraba en el aprendizaje de su heredero. El célebre Dorvozi, el guerrero con la piel de tigre, intentaba prolongar una cultura condenada a la extinción por el final de los tiempos y por el caos del progreso. Algo difícil de aceptar para el abuelo y los mayores y una cuestión evidente para casi todos. Sin embargo, Jalik siempre se había resistido a la nueva lengua de la vida moderna. Su espíritu era un potro brioso, indómito. Él era devorador de sables y por eso aún no se entregaba. Manotea y gesticula, como sobreponiéndose a la impotencia. Se siente un poco débil, borracho, desvariando. La mujer dice que tiene frío y Jalik la cubre con su chaleco, al tiempo que la acoge entre sus brazos. Ella abre los ojos e intenta aferrarse a un paisaje que es una sucesión de imágenes que se distorsionan en las variaciones grotescas de la fiebre. Gime, dolorida, con una palidez que resplandece en la noche. Se acomoda contra el pecho del hombre y éste respira profundo, captando las bravas resinas que llegan del monte en ráfagas intermitentes. Sigue divagando en el espacio tembloroso de la memoria, recordando detalles casi olvidados que han vuelto como si reviviera con nitidez el largo camino recorrido en su periplo por la tierra. En las noches de estío cabalgaban bajo la luna y fumaban Kif en pequeñas pipas de hueso, cuando se detenían a beber agua y a cerciorarse de la ruta, según la indicación de las constelaciones. Los arenales formaban oleajes secos y montículos que se levantaban y se desvanecían de manera perenne. Otra vida, considerablemente distinta. El carretero revienta la fusta con ganas y las mulas trotan por un ancho camino de barro pisado, alegres, presintiendo el final del viaje. La mujer se ha quedado quieta, abrasada por la fiebre maligna que le ha erosionado los labios y le ha partido la lengua dolorosamente. El viejo desea que la viajera viva, pues sería un lío que muriera en su carreta. Eso de hablar con la justicia y contestar preguntas resulta muy complicado en esos lugares. Así que ruega a Dios que no la deje morir. El Tigre devorador de sables tiene serias dificultades para expresar ternura a una mujer. Pasión sí, furor, espíritu aventurero, misterio de hombre con conocimientos exóticos. Eso podía ofrecer; pero ternura, a veces con las potrancas o con las ovejas. Ni siquiera con su propia madre podía manifestar las dulces caricias y los delicados sentimientos que tanto cautivan a las mujeres. Más bien parecía indolente el carácter de Jalik. Por eso, en plena adolescencia, no le resultó difícil despedirse del abuelo Bairam y de sus hermanos de sangre. A Soná, su madre, le explicó las cosas con cuidado para que comprendiera que se abría un nuevo futuro para él y para su arte. No quería ser un Dorvozi más. Deseaba viajar, proyectarse, aprender nuevas cosas, actuar para públicos que valoraran mejor lo que tanto le había costado aprender. En el fondo, el muchacho inexperto anhelaba grandes ciudades y balnearios junto a blancas playas iluminadas por la lujuriosa belleza de mujeres que en ese momento conocía por fotografías de revistas occidentales y por comentarios de viajeros que especulaban con las maravillas del mundo más allá del Cáucaso. El padre aprobó los planes del hijo y le deseó buena fortuna en los días de bienestar y en las épocas de sufrimiento. El abuelo Bairam lo llamó aparte y le dijo que no olvidara que era un Tigre de Turkmenia y que su oficio representaba algo más que un arte antiguo. Tenía razón de ser en las aldeas, en los oasis y en los dorados arenales del desierto, pero terminaría apenas como una diversión vacía si quería hacerlo en la pista de un circo. Jalik, con el entusiasmo de la juventud, le confesó que tarde o temprano habría tenido que optar por algo distinto; no había nacido para repetir la historia. El mundo estaba cambiando y el progreso resultaba notorio. Como prueba estaban los territorios cruzados por las líneas férreas, las carreteras y las extractoras de petróleo. No quería ir a una refinería y no le interesaba trabajar en la construcción de canales. Deseaba seguir con el arte de los puñales y la extrema puntería, y el conocimiento del devorador de sables. Su decisión era firme y estaba tomada. Los delegados del gran Circo Ruso estaban seleccionando nuevos números de las regiones más apartadas de la Unión. Era una especie de rescate de tradiciones y de habilidades con la intención de construir un espectáculo que diera a conocer la riqueza y la variedad de las culturas soviéticas. De Turkmenistán habían querido a los caballistas de Jodzhabaev, virtuosos en el galope acrobático y en las danzas ecuestres. Así mismo, lo habían elegido a él, a su nieto predilecto, para devorar sables y lanzar puñales, con el rango de artista benemérito del pueblo. Sólo tendría que ir a Moscú, estudiar el idioma ruso y aprender las bases del escenario. Unos tres o cuatro años... Lo otro sería una especie de juego no tan alejado del antiguo rito. Cada número sería la representación de lo aprendido y la tradición estaría adquiriendo un nivel más desarrollado. Después, viajar por la Unión y por el mundo, siendo una especie de embajador de las tradiciones de la soleada Turkmenia. Ante el entusiasmo de Jalik el abuelo lo besó con serena comprensión. Le ofreció un telpek de piel de cordero que se ajustó perfectamente a su cabeza. Luego, esparció un tazón de té alrededor del joven y le dijo ¡Sag Bol! (¡A tu salud!). Sin embargo, la mirada del anciano era escéptica, triste. Estaba convencido de que la nueva etapa de los tigres era un final inevitable. Los mundos estaban cambiado y la historia iba de caída en recaída, así todos pensaran lo contrario. Ya los jinetes del viento no volverían a ser los reyes del Karakum. Tampoco el devorador de sables llegó a ser un rey de la pista. Su actuación fue destacada, pero las estrellas reales eran de otro tipo y sus actuaciones mucho más espectaculares. Los directores, aunque valoraban el exotismo de su número, le sugerían modificaciones sustanciales en el traje y en el ritmo de los arriesgados lanzamientos. Con ensayos y reconsideraciones de fondo el Tigre logró integrar sus ejercicios a ese conjunto que era uno de los espectáculos más emocionantes del mundo. Es grande la tradición del Circo Ruso y ahora lucía más pintoresco con las tradiciones de los pequeños países que siempre permanecieron bajo la férula del gran imperio eslavo. Jalik estaba feliz, a pesar de la melancolía que empezó a padecer desde el estreno mismo, cuando no lograba conciliar los aplausos del éxito con la serena humildad de su condición natural. El acto fue diseñado por un director de escena, con un fondo musical de flautines y tambores. Su compañera de trabajo resultó ser una hermosa bailarina ucraniana de nombre Mavka Kosiachenko. Con 22 puñales diseñaba su silueta perfecta. Las puntas se clavaban con fuerza en torno al límite de la piel. Nunca sucedió nada lamentable, ni un rasguño. Era algo de extrema concentración, una confluencia de poderes entre la inmovilidad de Mavka y la destreza del Tigre. Una relación misteriosa entre su energía esencial, la confianza del ser humano y los designios del conocimiento supremo. El abuelo aconsejaba tener una vida contemplativa y practicar con rigor y disciplina. Para él la acción era ritual y contenía simbologías que estaban más allá del acto mismo. Mavka era una fuente de calidez, de afecto único. Su vida dependía de la precisión de los lanzamientos y eso le daba al Tigre un placer indescifrable, poderoso, salvaje. Pero el cambio había sido demasiado fuerte y Jalik no se acostumbraba al estrépito de las ciudades y a las nuevas costumbres. Casi todos los miembros del circo eran cosmopolitas y se desenvolvían perfectamente cuando hablaban en ruso, inglés o francés. Se comportaban como estrellas y, en efecto, eran grandes artistas, experimentados y muy famosos en el mundo del espectáculo. Éste no era el caso del Tigre devorador de sables, que apenas palabreaba el ruso y podía entender fundamentalmente su lengua natal. Había algo que lo cohibía y lo hacía comportarse como un animal de la estepa. Claro, hablaba con los uzbekos y con los caballistas y siempre estaba con su compañera de acto. Llegó a quererla sin reparo, y en algunas actuaciones el amor llegó a transmitir temblor en el pulso impecable del mejor lanzador de puñales. Su práctica y su inteligencia lo habían convertido en un artista sin tacha, pero en general la vida del circo era rica en amoríos y festejos. Las giras por Europa eran verdaderos bacanales difíciles de asimilar por un hombre poco acostumbrado a los goces paganos, más bien de austera formación y místicas creencias tribales. Mavka era otro asunto. Apreciaba a su compañero de labor y comprendía sus desasosiegos periódicos, pero prefería la relación con sus compañeros de la escuela de circo; además, estaba enamorada de un equilibrista moscovita que jugaba al vértigo sensual en las cúspides peligrosas de su dichoso corazón. De esta manera se fue acumulando una añoranza permanente en la voluntad del Tigre y también se fue engendrando una contradicción con el medio. Carecía de libertad, siempre estaba supeditado al traductor de turno y no se atrevía a relacionarse abiertamente con el mundo que lo observaba y lo aplaudía produciéndole una rara reacción, mezcla de miedo patológico y tensión nerviosa, consecuencia quizá del choque de mundos. Después de la gira europea, durante una escala técnica en un aeropuerto francés, antes de iniciar el recorrido por Suramérica, Mavka Kosiachenko y el equilibrista Boris Tijonov evadieron la estricta vigilancia y pidieron asilo político. El asunto fue un escándalo internacional y Jalik quedó en el aire, sin pareja, con cierta sensación de fracaso, con un doble vacío que lo exasperaba. Varias veces recayeron sospechas sobre su colaboración en la fuga. El ambiente se saturó entre los artistas y los rumores circulaban de manera contradictoria. El devorador de sables supo que estaba solo para siempre y tuvo dificultades para sobrellevar la depresión. En su tierra nunca probó los espejismos del alcohol, pero durante la gira se volvieron habituales las botellas de vodka y de whisky, al igual que los cigarrillos americanos. Era parte de la atmósfera que soportaba y terminó aficionándose a las borracheras. Hablaba, bromeaba, no le molestaba su manera imperfecta de expresarse en la lengua de los zares. Borracho era libre hacia los mundos exteriores y por dentro rugían los temporales embravecidos de sus confusos laberintos emotivos. Los conflictos se acumularon y tuvo una crisis violenta en la que casi destruye por completo los espejos, los vidrios y las puertas de una habitación de hotel de cinco estrellas. Fue difícil controlarlo, era un Tigre de fuerzas desmedidas; cuando por fin lograron calmarlo, lo pusieron bajo vigilancia constante. No podía moverse solo, siempre tenía que reportarse al encargado del elenco. Estaba realmente harto. Nunca había pensado en escapar. Deseaba retornar a Moscú y, luego, a su querida Turkmenia. A esas alturas de la gira, después de varios meses, la nostalgia por la raíz era un síntoma lógico; no obstante la vigilancia lo exasperaba, lo ponía alerta, en estado de rebelión. Era salvaje, silvestre, libre; un tigre y no un prisionero. Cuando arribaron a Suramérica lo sorprendió la frialdad de una ciudad cubierta por la niebla, salpicada por una llovizna interminable, tediosa, que calaba los sentimientos y deprimía el ánimo. Esperaba encontrar la canícula tropical y el clima más bien lo remitió a las altas ciudades caucásicas barridas por el frío y el aburrimiento. Se sentía extranjero de su propio cuerpo y no lograba establecer lazos cordiales con la dirección del circo. Algo desesperante, incómodo, que lo espoleaba hasta el agrio malestar de la frustración... La carreta salta por encima de unas piedras que marcan el final de la trocha y rueda a lo largo de una calle plana. Hay casas a lado y lado y de las cocinas escapan apetitosos olores. La gente se asoma a puertas y ventanas, en tanto que los niños acosan la carrera de las mulas que exudan copiosamente. Jalik se alegra y extiende los brazos. Vuelve a sentir la emoción ancestral de los jinetes que culminaban una larga travesía y saludaban a los genios del viento como muestra de satisfacción. El corazón le palpita aceleradamente, respira con dificultad, aceza, e indica que vayan directo al puesto de salud. Es un lugar sencillo, humilde, atendido por dos jóvenes médicos y cuatro enfermeras, ocupados en atender una veintena de enfermos y heridos, que yacen en algunas camillas de campaña o extendidos en el suelo sobre plásticos y mantas. Habían salido de una epidemia de fiebre amarilla y ahora estaban tratando de sortear una emergencia ocasionada por los problemas de la zona. En esos días el trabajo había sido duro para los sepultureros y para ellos, que luchaban a brazo partido con una realidad imposible de atender. Muchos muertos, muchos heridos y muy pocas posibilidades de hacer algo. Dificultades, un éxodo masivo y muchos colonos en mal estado, sin posibilidad de irse lejos. Ya no brillan las cadenas de oro, las joyas y los alardes pagados en dólares contantes y sonantes de la bonanza. Han caído la peste y la desgracia, y un algo espectral pesa sobre la realidad de un caserío de regular tamaño, que no alcanza a ser un pequeño pueblo. Jalik toma en brazos a la mujer y la lleva hasta una mesa larga, donde atiende uno de los médicos. Lo mira fijamente y se la ofrece, sin decir nada. La sangre mana gota a gota y forma un hilillo que cae al suelo. El médico revisa el brazo destrozado de un niño que llora incesantemente. La expresión del Tigre es dramática y decidida. La mujer se convulsiona levemente y tuerce los ojos. Se acercan dos enfermeras y le piden que espere. Jalik, sin decir nada, deposita el cuerpo sobre la mesa y se dirige a la puerta del salón. Todos lo miran y él, sin dirigirse a nadie, sale, al aire libre, alejándose de los olores de las curaciones, de las pustulencias y de las heridas. Paradójicamente, el mejor lanzador de puñales, el último Tigre devorador de sables, capaz de comer carne cruda, viva, del anca de su propia yegua, no soporta las visiones quirúrgicas. Siente alergia, vómito, ganas de apartarse. Camina haciendo círculos alrededor del puesto de salud. Sabe que no la ama del todo, que ha sido algo importante que contribuyó a su locura pero que no es la mujer por la que ofrendaría sus huesos. Claro, no puede dejar de sentir cariño, afecto elemental, porque al fin y al cabo han compartido los extramuros de la vida y de la muerte. Es verdad que la eligió convencido del amor arrebatado y que ella fue el pretexto para buscar una libertad desesperada que no era capaz de imaginar de otra manera, pero ella también ha sido una especie de anclaje en los vuelcos que han terminado dando como si fueran piedras empujadas por un dios desorientado. La conoció en el momento menos esperado, un día sin premoniciones ni señales. Una jovencita linda, de esas que se contratan en las ciudades de temporada larga para reforzar las coreografías. Algo pasó cuando el Tigre clavó sus ojos en la muchacha. Se creó una comunicación invisible, directa, ardiente. La invitó a practicar y la chica, con mucho temple, aceptó de inmediato. Él le dio instrucciones y trabajaron arduamente hasta cuando las cosas estuvieron aceptables. A la hora de la verdad la muchacha sería una especie de modelo temporal para reponer el número. Necesitaba nervios fríos y confianza. Lo primero era una condición que tenía de manera natural; lo segundo, lo que Jalik le podía transmitir con la seguridad de su arte. En el circo había otras mujeres, pero un lanzador de cuchillos necesita cierto tipo especial de mujer: audaz, franca, serena a toda prueba. Le presentó la propuesta al director de escena, quien vio el asunto positivamente. Jalik daba muestras de buena voluntad, y si eso contribuía a su salud mental y al buen funcionamiento del espectáculo, bien podían hacer la prueba. Las cosas salieron a la perfección y contrataron a la muchacha por tres semanas, tiempo que duraría la gira por las ciudades de esta nación suramericana, que era la puerta que iniciaba la última parte del recorrido por los países de un lejano continente que Jalik nunca llegó a imaginar cuando era un jovencito que galopaba por las aldeas de arena montado a pelo sobre un alazán inalcanzable. La muchacha, llamada María Paulina, fue rebautizada como Nacha, formó parte de las coreografías circenses e hizo pareja con el Tigre de Turkmenia. Ella se sintió feliz y pensó que tenía suerte. Jalik explicaba que no todas las mujeres servían para desempeñar ese papel. Se requería una conexión difícil de explicar, algo que garantizaba la plena concentración y la grandeza del peligroso acto. La muchacha estaba encantada y no lograba sobreponerse al éxtasis de un amor súbito y cargado de leyenda. Era como realizar un sueño, así el asunto pareciera efímero, pero estaba dispuesta a penetrar las páginas del sorprendente libro de la vida. Estuvieron juntos en varias ciudades. Cada segundo era intensísimo y el poder de atracción de la muchacha resultaba inexorable. Hermosa, libre, terminó perdidamente enamorada del devorador de sables. Una potranca preciosa con cuerpo de ninfa y carne ardiente de fémina fogosa. Una semidiosa de oro moreno para una bestia humana que estaba a punto de saltar en mil pedazos y que ahora retornaba a la pasión de vivir. Algo inédito en su viaje, que consolaba los implacables tajos de la melancolía. Pasaban horas inolvidables tratando de entenderse, jugando como fieras inofensivas que se entregan al ritual de los arrullos, a las conquistas de los dulces placeres del paraíso. Cuando les anunciaron que el viaje del circo continuaba por otros países y que, por tanto, el compromiso con Nacha había terminado, algo profundo los unió en forma inseparable. Hacía bastante que Jalik buscaba un punto de apoyo para rebelarse. Era un tigre guerrero con espíritu de caballo indómito y su alma no soportaba los límites de las formalidades institucionales. No había crecido en Moscú. Su territorialidad interior era proporcional a las extensiones de su patria original. Nunca había podido acoplarse a las exigencias de un comportamiento extremadamente regimentado. Evocó la presencia de su abuelo y de sus hermanos y dio rienda suelta a su caballo interior. De manera inverosímil, con un lenguaje mixto, ciento por ciento intuitivo, creado sobre la necesidad, acordó detalles con la muchacha y montó un plan de escape. El elenco partió y el Tigre fue señalado como desertor. Se camufló entre la multitud del aeropuerto y se mantuvo oculto hasta el momento del vuelo, cuando el avión decoló y los llamados por el altoparlante cesaron. Lo dieron por evadido y él renunció a todo. Se despidió de la Unión Soviética y lloró por el recuerdo de su amada llanura, pero no aceptó asilarse. No quería repetir la historia de algo que veía indigno para un Tigre. Se lanzaba a dificultades mayores y no tenía pasaporte ni ganas de reportarse a las autoridades de emigración. Era un caballo con el alma desbocada, sin estribos, sin montura, sin los límites del horizonte. Una decisión compleja, que él mismo no lograba asimilar por completo. Nunca se sintió ruso, siempre asociaba su identidad con las soleadas arenas de Turkmenia. Su decisión había sido impulsiva, franca, un escape del corral cotidiano de una vida social más próxima a la farándula que a sus creencias auténticas, que seguían predominando en el torrente de su sangre y que agitaban la combustión de sus resoluciones. No importaba equivocarse o acertar. Había una distancia entre los hechos y la razón, entre los pasos hacia lo nuevo y las creencias que a veces no resistían el choque con las opciones de la realidad. Consideraba que tenía fuerzas para construir un camino diferente. Además, Nacha lo entusiasmaba y lo inducía a elegir los llamados de la aventura. La policía lo dio por desaparecido y tramitó diligencias para dar con su pista, pero rápidamente, ante la falta de evidencias, el caso fue archivado y la pareja decidió ir por los pueblos trabajando en circos anónimos y ferias ambulantes. En estos ámbitos el arte de Jalik y la belleza de Nacha resultaban de altísima calidad y sus presentaciones terminaban apoteósicamente. Actuaron en circos averiados por la pobreza y los puñales del Tigre se volvieron leyenda. En los bajos fondos de las ciudades, en los pueblos remotos, lejos de la competencia voraz de los grandes circos. Huyendo siempre, ocultando su verdadera identidad, sin papeles, sin fluidez en el hablar. Un misterio que se horadaba por dentro, que tenía la aureola de lo legendario. Bastaban su porte cuando esgrimía los puñales, la precisión de su mirada sesgada, el desdoblamiento de sus acciones, la ecuación perfecta entre las proporciones del equilibrio, la nitidez del pulso y la claridad del espíritu. Terminaron llamándolo el Ruso y no el Tigre, como a él le parecía honroso y legítimo. Nadie entendía dónde quedaba su tierra natal y siempre confundían la Unión Soviética con Rusia. Cuando mencionaba la bella Turkmenia pensaban que hablaba de Turquía y cuando escribía Turkmenistán suponían que estaba refiriéndose a Paquistán. Los años se fueron acumulando de manera increíble. Dejó de ser un joven de energías invulnerables. Los filos de la realidad, los excesos y la melancolía lo fueron arrasando. El trópico fue revelado para los despiertos sentidos de Jalik. Los pequeños pueblos de climas infernales, las carreteras interminables que llevan a lugares que no aparecen en los mapas; los peligros constantes y la hospitalidad sin límites de la gente simple de las provincias y los campos. Las mujeres bellas, robustas, dadivosas, capaces de cabalgar en la pradera del placer a lo largo de la noche, como si recorrieran el cielo con el fuego arrebatado de los infiernos; con todo, la sobrevivencia era una cuestión complicada. Los circos pobres tienden a ser más pobres y Jalik y su compañera Nacha tuvieron desgracias con huracanes, incendios, crudos inviernos, ciudades inhóspitas y zonas de riesgo. Una aventura real, dura y espectacular, como una película cruel y maravillosa. Hoteluchos infestados de chinches, comederos de paso, tabernas de camino, pueblos invadidos por la manigua; peligros insospechados, sudor, gente agresiva, enfermedades endémicas que fueron menoscabando la belleza de la muchacha y la fuerza del hombre, sometido a retos y trabajos que lo estaban resquebrajando. Alcohol, mucho alcohol en todas partes, como si fuera lo único abundante. Cuando estaba borracho terminó autodenominándose el Ruso. Nacha recibió palizas ocasionadas por los celos hostigantes que surgieron de manera inevitable. Nacha comenzó a perder alegría, a olvidar la risa. Se sentía desgarbada, acabada por el paludismo. Ella soñaba con circos y ciudades luminosas. Ahora a duras penas lograban soportarse, porque en el juego de la sobrevivencia dependían el uno del otro y porque terminaron siendo seres desorientados, insatisfechos con la reiteración del fracaso. Jalik se hizo más reconcentrado, ajeno a casi todo lo que lo rodeaba. Acudía al trago con frecuencia y cabalgaba por el mundo pretérito de sus fantasmas. Todo el licor del mundo no alcanzaba para calmar la tristeza entrañable del Tigre. Sin embargo, resultaba imposible devolver la rueda del destino. Era duro ganarse la vida lanzando cuchillos y devorando sables. Muchos aplausos y poco dinero. Además, la zozobra de una guerra confusa que se propagaba de manera invisible: un estado de tensión más o menos permanente: un ambiente pesado, una vida dura y vacilante. La gente se acostumbra o se desespera. El Tigre supo soportarlo todo con el temple de los guerreros del Karakum. Las más difíciles hazañas no las realizó en las pistas rústicas de pueblos perdidos sino en los retenes y en las redadas cuando le exigían documentos y no tenía nada que mostrar ni cómo explicar su nacionalidad. Nacha era hábil y sus artes de persuasión siempre conseguían permisos y franquicias. Algo inverosímil en una nación patrullada por todas partes, recorrida por paranoicos, perseguidos o perseguidores. El destino contaba y la suerte era importante. También, cuando se lo proponía, la muchacha era irresistible y obtenía cosas que para otro ser resultarían imposibles; de hecho, sin ella, el Tigre no se habría fugado con tanta temeridad, sin pensar en el porvenir, entregándose al atávico sentido de una libertad primitiva, animal, que terminó siendo una encrucijada insalvable, en un mundo salvaje, más agreste que su soleada patria de arenales eternos. La muchacha fue madurando y el tiempo trajo las estrías, la grasa acumulada, las cicatrices indelebles de la desilusión, el rictus de lo irrealizado. Una tarde, antes de una función, mientras Nacha se maquillaba, Jalik abrió un periódico y logró entender que la Unión Soviética ya no existía. No podía creerlo. Le pidió a Nacha que leyera con claridad. Parecía una noticia inverosímil. Durante años había rechazado las noticias y de súbito, por descuido, conocía algo realmente descabellado para su orden mental. Ahora, ¿qué estaría viviendo su república? Nada logró saber del destino de Turkmenistán. Nacha le sugirió que podían reunir dinero y viajar a la nación lejana. Por esos días vagabundeaban por la región de la bonanza. La gente de circo, los gitanos y las putas siempre buscan los nacederos de dinero. Como si fueran una pareja de cuidadosos cónyuges se sentaron a planear posibilidades, como lo habían hecho en aquel sueño insensato, cuando el Tigre escapó de su jaula y ella fue la afortunada elegida para compartir sus desafueros y su caída. Nacha ya no lo admiraba, lo soportaba con estoico coraje y con algo de afecto protector. Obtenía cosas esenciales y eso era suficiente para permanecer en su compañía. Por supuesto, vinieron los amantes furtivos, las riñas maritales, las pequeñas venganzas de crueldad inusitada y las disputas histéricas a la hora de los ensayos. Lograron internarse por los nuevos caseríos y se presentaron casi a diario. Era conmovedor ver el extraño rito de un Dorvozi vestido como indio americano de western decadente. Aun así infundía respeto y la gente se dejaba hipnotizar por el devorador de sables, que se vendaba los ojos y disparaba con velocidad impresionante un juego de puñales que rasgaban el aire y daban en los puntos exactos, sin errar un milímetro. Eran días donde no faltaban los apetitosos placeres de la gastronomía nativa y las botellas de agua del diablo. Entraban los billetes a la improvisada taquilla y esa misma noche comenzaban a consumirse en gastos inútiles y parranda. Nacha logró guardar un billete de cien dólares que un admirador furtivo le colocó en el resorte de la tanga después de una presentación. El sueño de ganar grandes sumas de dinero resultaba imposible de realizar. Había en cambio un hechizo irresistible, un sopor despiadado que anulaba el deseo de moverse. Nadie quería irse en ese momento porque ni siquiera se sospechaba que de la noche a la mañana vendría un diluvio sangriento. El dinero cruzaba por las manos deslumbradas y seguía hasta volverse un remolino imposible de retener. La maldición de las bonanzas que han sacudido estas tierras perdidas en la inmensidad selvática. Pronto las cosas se descompusieron y las matanzas mermaron el desafuero económico. Una madrugada, aprovechando la borrachera de Jalik, que resollaba tendido en un chinchorro, la mujer se deslizó hasta la puerta de un tambo sucio y oscuro. Cubierta por una tenue camiseta corrió hasta la casa de su admirador y cumplió una cita de sexo y sudor con la prepotencia impúdica de un macho embriagado y lujurioso. Nacha esperaba algo: dinero, alhajas, pero el hombre en el colmo del desenfado la quería a ella para siempre, ahí, en su fortín de la selva, a su lado, haciéndole compañía a su deseo de varón obstinado, calenturiento. Nacha trató de manipular la situación y quiso deshacerse rápidamente del pretendiente. Lo embistió con maña y lo dejó dormido en la mitad de un polvo desagradable, inútil, de goce baldío. No se atrevió a quitarle el reloj o la billetera. Lo pensó varias veces, pero el revolver que el hombre tenía bajo la almohada la hizo desistir del intento. Creyó que era un desquite contra los golpes del Ruso y volvió sobre sus pasos. Jalik, el Tigre de Turkmenia, devorador de sables y bebedor empedernido, estaba de pie, en el umbral. El tambo se hallaba solitario y su techo de hojas de palma sonaba como una hoguera avivada levemente por el viento. La mujer tuvo miedo y se quedó paralizada. Distinguió el brillo perverso del hombre, su instinto de fiera. El Ruso era una bestia y ella le temía de verdad. Pensaba decirle que venía de darse un baño en el río, pero se dio cuenta de que su camiseta no estaba mojada. Prefirió quedarse en silencio, sin parpadear, tiritando de pavor. La luna iluminó la escena a contraluz. Jalik preparó los puñales, colocó el tablero giratorio en el centro de un patio de tierra, al fondo, detrás del tambo. Luego encendió un antorchón y le dijo a la muchacha que se desnudara por completo. Ella no pudo moverse y él le rasgó la camiseta de un tirón violento. Nacha sabía que el Tigre no estaba bromeando. El fuego de sus ojos era brutal y la energía de sus movimientos fría y precisa, igual que en los mejores tiempos de las pistas de sus viejas glorias como artista emérito de un imperio que se había desplomado de repente. No parecía bebido. Estaba en su posición de equilibrio, concentrado en los detalles. La mujer, sin abrir la boca, se dejó acomodar. Jalik le ajustó correas de seguridad en las extremidades y le dio vueltas al tablero. El cuerpo de la muchacha giró hasta el desvanecimiento. El Tigre impulsaba e impulsaba la rueda sin tener en cuenta que el eje comenzaba a chirriar de manera anormal. Cuando el tablero ganó velocidad y giró por obra de su propio impulso, el devorador de sables se colocó a una distancia prudente, condensó su poder e inició un rito desenfrenado, lanzando los puñales con los ojos cerrados. Sin embargo, no había paz en el espíritu del guerrero y el error era inevitable. Tal vez fue el inconsciente contaminado por el odio y el despecho. Era un Dorvozi descontrolado, en el fondo de su propio deshonor. Por eso, el último cuchillo se incrustó en el pecho de la desvanecida mujer, muy cerca del corazón. De inmediato surgieron la lucidez, el horror de la conciencia, la náusea de la sangre, el hedor de la desgracia, el arrepentimiento. La muchacha no gritó. Tan sólo dejó escapar un gemido suave, como si se hubiera pinchado con la punta de una espina. La rueda dejó de girar con lentitud y Jalik, apresuradamente, la bajó del tablero, la envolvió en una sábana e invocó los poderes de la insignia de los Tigres pero se sintió débil, derrotado, sin capacidad para reponerse del error. Tuvo que esperar hasta las primeras luces del alba para emprender la marcha hacia el puesto de salud más cercano. Los días no estaban para arriesgarse y nadie se interesó por prestar los primeros auxilios. La sospecha del abuelo Bairam Artykmadur se había cumplido. El último Tigre falló, quebrantando los principios tradicionales. Fue un lanzamiento fatal, con sangre y rencor de por medio. Una especie de maldición que no puede expurgarse. Ya nunca volverá a galopar en las arenas doradas del Karakum. De pronto, un aire helado lo sorprendió embebido en sus pensamientos. Miró las estrellas y percibió el vuelo de la crin suelta del alma de Nacha. Una enfermera se acercó y le dio secamente la noticia. El Tigre sintió un garrotazo en la cabeza y aulló poseído por el dolor. Gritó y maldijo en su lengua y todos entendieron que se trataba de imprecaciones e injurias. El hombre blasfemaba por los ojos y la lengua y padecía un sufrimiento profundo. Nadie comprendía las palabras pero empezaron a rodearlo. Salieron los médicos del puesto de salud, surgieron los niños, acudieron los perros, las señoras y los policías, que no tardaron en apartar a los mirones. Jalik se sintió rodeado, trató de hablar en español pero le resultó imposible organizar las palabras. Sólo pensaba y sentía en la lengua de sus ancestros. Se pasmó el aire y un estado de silencio pesado llenó el ambiente. Predominaba la indecisión. Nadie sabía qué hacer. El Tigre de Turkmenia resoplaba poseído por el fracaso y por la muerte de la mujer que había aceptado la condena de acompañarlo. Cuando el comandante del lugar se acercó para interrogarlo, el Tigre se dejó llevar por la descarga de sus nervios y lo agredió rabiosamente: a golpes, a dentelladas, lanzando espumarajos. Fueron necesarios ocho hombres fuertes y bien armados para aturdir al furioso personaje. En el suelo quedó un bulto de huesos macerados. El viejo de la carreta sintió deseos de verificarle la respiración. Se acercó unos metros y renunció al intento. Todos fueron desapareciendo, poco a poco, comentando en voz baja. El hombre no estaba muerto pero la gente, en su mentalidad de urgencia, ya lo había inventariado como un cadáver desconocido que iría a parar a la fosa común. No se movía; por tanto, estaba muerto, a un lado de la calle, abandonado por completo. El Tigre de Turkmenia, con la cabeza contra la tierra áspera de la noche, imagina un bosque de abedules plateados que brota del corazón del desierto; observa rebaños de carneros y personas que buscan las huellas de una ciudad de columnas muertas, enterrada por oleajes de arena; escucha claramente un galope que se precipita por escarpadas alturas y que luego vuela por la meseta de Ust-Urt, como el mitológico caballo de fuego que recorre el reino de los difuntos; siente que la cobra tatuada en su brazo derecho se desenrolla lentamente y clava los colmillos oscuros, poniendo punto final al espejismo de la vida. El Tigre comedor de sables se convulsiona y destruye las últimas amarras. Su alma es una sombra que cabalga en los fríos desiertos de la nada. La muerte lo aletarga para siempre. Al otro día Jalik es un occiso más. Nadie recuerda sus pasos por estas tierras. Entre las tribus semidestruidas de Turkmenistán se le menciona vagamente como un aventurero que se perdió en las calles de una de las ciudades más peligrosas del mundo. Ya no se habla de los tigres de Turkmenia en los parajes del Asia Central. El rito de los devoradores de sables ha terminado. * Juan Carlos Moyano (Bogotá, 1959). Escritor y director de teatro. Ha publicado libros de cuentos y la novela Punto de fuga, y ha dirigido obras de teatro como La cabeza de Gukup, Memoria y olvido de Úrsula Iguarán,El enano y Sexus. |
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