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(GREAT
ROCK CITY)
Por
René Rebetez *
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En
lo alto de la Casa Blanca ondea la bandera de las estrellas y las
barras negras. Un soldado de chocolate, uniformado de azul y quepis
rojo, sopla voluptuosamente en el dorado interior de una trompeta.
La ciudad sureña despierta a los acordes del blues. Los muchachos
de brea y miembros largos ríen, con una risa blandamente ronca, y
las muchachas de aceite ríen también descubriendo el teclado de los
dientes. La embetunada multitud sale de las casas y los edificios,
y se vuelca como un alegre río de petróleo en la calle mayor. Van
tomados de las manos, vistiendo breves túnicas que dejan al descubierto
los muslos largos y los pechos enhiestos. Todos son negros. Se desplazan,
no caminan, con esa cadencia que los blancos nunca pudieron imitar.
La multitud emerge de todos los rincones de la ciudad, para asistir
a una gran conmemoración.
El anciano consejero está de pie, en medio de la plaza principal,
los brazos abiertos emergiendo de los blancos pliegues de la túnica
y la mirada blanda posada en el extraño y doloroso pasado blanco de
los negros.
La trompeta ha enmudecido, en tanto que los tambores desgranan un
ritmo lento. Los tamborileros que rodean al anciano forman una inmensa
medialuna, las bocas entreabiertas, las manos acariciando los cueros
tensos, cientos de pares de manos negras y de voces balbucientes.
La multitud espera y su silencio se ha convertido en un murmullo.
Los negros brazos alados caen del cielo, despacio, como nubes de tormenta
y la voz cascada del anciano musita las primeras palabras del ritual.
Ebuo
bwalu kemai wa namu...
Oh, hijo de mi madre, un milagro ha sucedido...
La
multitud hace eco a las viejas palabras del dialecto congolés y poco
a poco, imperceptiblemente, se mece al ritmo de los tambores. El consejero
emite ahora roncos sonidos que se convierten en palabras. El rito
es muy lento y las voces bajas, susurrantes.
La trompeta desgarra repentinamente el murmullo de tambores y de voces.
Es una melodía tensa y melancólica, como los viejos aires de la edad
antigua de los negros. Transmite una tristeza profunda que penetra
en los poros y los abre, sangrando sin dolor. Una tristeza sensual
se mece ahora como una inmensa hamaca en la plaza mayor de Great Rock
City.
El anciano balbucea, la multitud corea en un rugido apagado sus palabras,
la trompeta horada el aire con un grito de angustia y el ritual tiene
lugar aquí y en todas las ciudades a esta misma hora y en poco tiempo
los negros bailarán y las palabras y los gestos y la música entretejerán
los hilos de una historia que se recuerda cada año desde hace más
de un milenio. La oscura y sudorosa multitud se fraccionará en grupos,
en parejas, como obsidiana que se rompe en largos filamentos negros,
en hileras retorcidas por el ritmo, y bailarán en el estilo de los
antiguos tiempos una coreografía que narra su verdadera historia,
como un libro viviente que nunca pudo ser quemado por ninguna inquisición.
Los dignatarios brujos harán su entrada en las plazas públicas, coronados
de plumas irisadas, solamente ellos vestidos de túnica escarlata,
haciendo alarde de su singular sabiduría, poblando el aire de las
ciudades de una brisa cálida preñada de ruidos y estridencias.
Una vez más, como sucede cada año durante esta celebración, crecerá
yerba fresca y verde bajo los pies descalzos sobre el pavimento de
las calles, las lianas bordarán un manto que sofocará los blancos
edificios y brotarán orquídeas y parásitas multicolores de los ojos,
las orejas y las bocas de las viejas estatuas.
La última historia será contada y vivida nuevamente, los brujos más
jóvenes mirarán el sacrificio de Joe Bradley, alias Babún, y otros
harán el papel de sus verdugos, con espantosas máscaras lívidas adheridas
a la oscura piel, en remembranza de la cerúlea epidermis de los blancos.
Y sobre sus cabezas ondeará un penacho dorado y lacio, en remembranza
también de las cabelleras lacias y doradas de los antiguos amos.
Los brujos viejos, a su vez, ceñidos por las túnicas de púrpura, los
babalaos de la era del Color, los Autores de la Dicha y la Desgracia
que siempre viven juntas lo observarán todo apaciblemente
desde sus pedestales, pues al fin y al cabo fueron ellos, como encarnación
de sus ancestros, los autores del Gran Cambio, aunque esto nadie lo
sabe a ciencia cierta, porque todo comenzó realmente cuando las mujeres
blancas comenzaron a entregarse a la negritud y cuando el African
look, como una sombra del futuro, llegó para quedarse entre
los blancos de manera definitiva. Por ese entonces lo recuerdo
muy bien algún profeta anónimo dibujó un gigantesco grafito
futurista que decía: Dios es negra, seguramente a sabiendas
de que Dios siempre ha tomado la forma, el color y el sexo que le
impone el porvenir.
II
Lo que narran los brujos sucedió hace tiempo en Little Rock City,
que así llamábase entonces la que hoy se denomina Great Rock, en memoria
de la gran venganza de los babalaos.
Entonces, tal como hoy, la calle central amodorrada de verano atravesaba
la pequeña ciudad como un lento helminto blanco. Los edificios eran
blancos también, como lo siguen siendo ahora, y gruesas cintas blancas
señalaban sobre el negro pavimento las señales de tránsito. Aquella
tarde el sol caía a plomo sobre la blanca ciudad del sur, que antes
había sido aséptica y silenciosa como un gran hospital, como lo eran
entonces casi todas las ciudades norteamericanas.
Aquella tarde de hace tanto tiempo, una mancha de color irrumpió súbitamente
en la calle solitaria, se escurrió bajo la luz intensa adosándose
a las paredes sombreadas, evitando caminar sobre las blancas señales,
tratando de pasar inadvertida. Joe Bradley más conocido como
Babún era el hombre más rápido de la ciudad y en ese momento
se desplazaba con el trote largo y elástico de su raza, y sin saberlo,
sus pies convertían el pavimento en suave yerba; a su paso la calle
se inundó de colores y rítmicos sonidos, y su roja sangre lo impulsó
hacia delante como un combustible de octanaje muy puro. Porque Babún
tenía fama de ser lo que llaman en Cuba un babalao, o un oungham en
Haití, un hombre de poder, lo que la gente del común entre nosotros
llama un brujo. Lo cierto es que era un hombre de respeto para los
de su raza y odiado por los del Klan. Pero ahora el sudor formaba
arroyos en el negro muro de su frente, cayendo en diminutas cascadas
por su rostro, esparciéndose por los pómulos separados y salientes.
Sus ojos estaban abiertos como grandes platos angustiados y su lengua
lubricaba febrilmente los labios de orquídea.
Babún respiraba con regularidad de máquina, como una bruñida diesel
negra escapando calle arriba, en su vertiginosa huida.
La calle despertó bajo el aullar repentino de los neumáticos. Los
que perseguían a Bradley eran tres vehículos deportivos, bajos y largos,
devorando la distancia que los separaba de su presa, atestados de
hombres blancos de cabezas doradas empujando hasta el fondo los aceleradores,
dejando una estela de monóxido de carbono flotando tras de ellos.
Sabuesos metálicos refulgentes, sus cilindros jadeaban buscando al
negro. Sonaron los cuernos de caza del lejano siglo XX y los jinetes
vociferaron su himno blanco de odio. Chuck Corrigan, de la junta de
mejoras públicas distinguido miembro del partido republicano
y presidente secreto del Klan, iba al volante del primer auto,
mascando un tabaco extinto, los ojos de un azul eléctrico horadando
el espacio en busca de la presa de ojos negros palpitantes. Las aletas
de su nariz eran como branquias y el sudor hacía lagunas en su camisa
floreada.
En las noches de reunión del Klan, bajo la negra capucha cónica, sus
meninges habían fabricado obsesivamente las secuencias de esta persecución
fabricada por la odiosa retórica de sus inflamados discursos. El negro
Bradley era odiado por ser el mejor deportista de Little Rock y ser
líder de su comunidad. Como si esto fuera poco Babún tenía fama de
brujo y de profesar antiguas religiones paganas en secreto, lo que
aceleraba hasta el paroxismo el odio de algunos hacia él. Corrigan
era el representante de ese odio y ahora ese mismo odio bombea en
oleadas vertiginosas la sangre hasta su cara enrojecida y masca el
tabaco con furia. Grita en el tropel de la cacería humana y su pie
derecho espolea los 200 caballos que bufan dentro del motor del convertible
anaranjado.
El negro escucha a sus espaldas el aullar de los neumáticos y el rugir
de los tubos de escape. Sus ojos, como un par de perros extraviados,
buscan una salida, un escondite. Su respiración acompasada se ha convertido
en un violento jadear y las venas de sus sienes parecen estallar.
Sus piernas se han vuelto de algodón y los músculos de su torso se
contraen dolorosamente.
Está a punto de caer, como una mancha de aceite sobre el pavimento
gris.
III
Esto es lo que ha venido narrando hasta ahora la ceremonia de la Gran
Conmemoración, por boca del anciano consejero y el coro de los babalaos.
De un momento a otro sobreviene el silencio. Los dedos color malva
no percuten más los cueros; quedan tensos a pocos milímetros de las
pieles de becerro. Los cuerpos de los danzantes ya no se estremecen,
y todo el pueblo ha quedado estático en alguna precaria posición.
Han detenido el tiempo. La ciudad es Babún a punto de caer, Babún
jadeante, Babún violáceo, Babún a punto de ser arrollado, triturado,
enquistado en el asfalto como grava humana.
La voz del consejero sisea como un chasquido en el silencio:
Ngayi
kwetu wa kwu mulengele mpatu...
Regreso a mi lugar, allí donde crecen bellos árboles...
Los
tambores recomienzan, la multitud repite: allí donde crecen bellos
árboles la multitud baila donde el leopardo da caza a
los espíritus del Calabar la multitud corea las antiguas palabras
africanas donde el toque del conjuro llama a Tanze1 en ayuda
de mi tribu la trompeta lanza un grito agudo y persistente
llama a Tanze para que hagamos tambores de la piel de nuestros enemigos
la ciudad repite el mismo conjuro que pronunciara Joe Bradley,
Babún, hace tanto, tanto tiempo, las palabras que él pronunciara en
aquel preciso instante, antes de ser arrollado, realmente dichas quién
sabe por quién, desde muy lejos, desde mucho antes que el mismo Babún
existiera: llama a Tanze para que el conjuro caiga sobre ellos, para
que sus hijos...
IV
Babún es alcanzado por el primer coche, el sabueso anaranjado que
lo golpea de frente, enviando su cuerpo cinco metros adelante. Los
coches restantes buscan el cuerpo aceitunado, los neumáticos pasan
a muchas millas de velocidad sobre el cuerpo de Joe Bradley alias
Babún, una y otra vez, deshaciendo sus largos muslos, triturando
los anchos huesos del negro, reventando la caja del cráneo, esparciendo
por doquier las rojas vísceras sangrantes. Rechinan los frenos, y
como en las estúpidas series de televisión que ellos mismos inventaron,
hacen cabriolas fúricas y vuelven a pasar sobre él; buscan con saña
lo que queda de Babún y lo matan 50, muchas veces, hasta que de él
no queda nada, sólo manchas y jirones sobre el pavimento.
Reviviendo ese momento, la multitud delira frenéticamente, las túnicas
se desgarran, los cuerpos ruedan en trance por el suelo. Cada uno
de ellos es Babún y sufre y se convulsiona con él en su agonía y aquello
no cesa hasta que el trance es colectivo y la negra multitud yace
postrada en un sueño poblado de extrañas deidades.
La magia hoy, como una vez todos los años, se enseñorea de la ciudad:
los cuerpos yacen en la mullida yerba que acaba de nacer y sólo despertarán
hasta más tarde, cuando sus mentes hayan vivido en sueños la última
parte del ritual. Es el momento en que la vegetación exuberante se
apodera de la ciudad. Las lianas reptan por las paredes de los edificios
y hay mudos estallidos de color por todas partes.
V
Las Escrituras Negras dicen que Chuck Corrigan, poco tiempo después
de haber asesinado a Babún, se encontraba paseando su opulenta figura
en la sala de espera de la sección de maternidad del hospital de la
que entonces se llamaba Little Rock City. Sus dientes triscan nerviosamente
lo que queda de un tabaco apagado y maloliente. Su nerviosismo se
debe a que su mujer, una gran rubia, casi albina, está pariendo el
sexto retoño de los Corrigan.
No obstante, Chuck tiene más razones para estar nervioso; furiosamente
aplasta por décima vez una orquídea que brota a cada rato de entre
las baldosas. ¿Será cierto aquello de la maldición y del conjuro que
los fuckin niggers dicen que arrojó el pinche Babún contra los blancos?
Se ampara de su pañuelo y seca su frente sudorosa. Desde hace algunos
días suceden cosas muy extrañas. Es para volverse loco, y piensa que
se deben a la temperatura del verano sofocante los espejismos que
le hacen ver endemoniadas plantas tropicales creciendo aquí y allá
y en todas partes.
Va hacia la ventana y separa con mano febril la cortina vegetal que
oculta la calle. Ve cómo afuera las palmeras han crecido embrujadamente
rápido, obstruyendo el paso de los vehículos; no sabe si es su imaginación
o una insensata realidad. Se retira de la ventana y tiene miedo de
regresar a ella, porque entonces tal vez todo haya desaparecido. Las
malditas plantas brotan, están ahí repentinamente y luego desaparecen
y vuelven a surgir inesperadamente. Ayer creyó entrever una flor gigantesca
y velluda, sembrada de asquerosas pecas, muy parecida a la que aparece
en una de las láminas del libro de botánica que habla de esas plantas
carnívoras que abundan en ciertas regiones del África. Tropieza, lanza
un juramento y ve cómo su pie se ha enredado en una liana que avanza
lentamente sobre el piso de la sala de espera hasta desaparecer por
los largos corredores. Minutos más tarde no hay rastro de ella porque
las baldosas se han cubierto repentinamente de un tapiz de flores
rojas como amapolas diminutas. Su aroma es embriagante y alucinador.
Ahí
viene la enfermera, abriéndose paso por entre la maleza que ha crecido
en los corredores y se sorprende a sí mismo diciendo, para fingir
indiferencia:
¿No
son lindas estas flores, señorita Liliane?. Para preguntar después,
en tono de forzada broma al observar el rostro aterrorizado de la
mujer:
No
habrá sido niña esta vez, ¿verdad?.
La
enfermera baja la cabeza. Chuck comprende que ha acertado: se trata
de una hembra. La enfermera no levanta la cabeza. Chuck arranca vigorosamente
un lirio negro que acaba de surgir de la pared, diciendo:
Quiero
ver pronto a mi hija, condúzcame hasta allá inmediatamente.
Sigue a la enfermera muda y cabizbaja a través de los pasillos sembrados
de musgo, hasta la salacuna. Es la número 23, dice la nurse, empecinada
en no levantar cabeza, y Chuck Corrigan se dirige hacia la cuna azul.
En
su interior hay un hermoso bebé negro que lo mira con ojos apacibles,
muy abiertos.
Oye
a lo lejos, entre la espesura, la voz de la enfermera:
¡Mire
usted las otras cunas, señor Corrigan... las otras cunas, por amor
de Dios!.
¡Todos
son negros!
Y
desde entonces, no hubo ya nunca más niños blancos jugando en las
calles y en los parques de la ciudad. Ya no habría niños blancos,
ni adolescentes blancos, ni adultos blancos.
Ningún
blanco...
VI
La ceremonia ha terminado. La bulliciosa multitud de brea despierta
de su sueño embrujado y se esparce por las calles. Es de noche y la
música de jazz y de reggae desborda con la luz de todas las ventanas.
Great Rock City ha llegado al final de una nueva conmemoración. Ha
terminado el día en que, una vez por año, siempre en verano, la magia
del Calabar convierte a la ciudad, durante algunas horas, en una espesa
jungla de colores intensos. Pero hay quien dice que durante el invierno
algunos han visto caer copos de una espesa, algodonada y negra nieve.
1. Tanze: Dios-pez de una antigua leyenda de Calabar, que dio origen
a la sociedad mística del Abakúa.
*René
Rebetez (Bogotá, 1933). Ha escrito, entre otros libros: Los ojos de
la clepsidra (México, Editorial Pájaro Cascabel), La nueva prehistoria
(México, Editorial Diana), Providencia (Bogotá, Editorial Antares)
y Ellos lo llaman amanecer y otros relatos (Bogotá, Tercer Mundo Editores,
1996).
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