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En el censo realizado en los Estados Unidos en 1980 se eliminó la
palabra «latino» porque se parecía demasiado a «ladino», y se escogió
el término «hispano» para clasificar la población de origen hispanoamericano.
En Europa ser latino tiene un origen bien claro y unas consecuencias
bastante definidas. En América el latinoamericano es, o debería ser,
por extensión enriquecedora del concepto europeo, aquella persona
que habla alguno de los idiomas cuyo origen es el latín; no obstante,
se identifica al latinoamericano sólo con la persona que habla español.
A partir de este error fundamental, en los Estados Unidos el latino
es exclusivamente una persona, bilingüe o no, cuyos orígenes son hispanos;
ya sea chicano, mexicano, nuyorican, puertorriqueño o de cualquier
otro país de la América hispánica. No están incluidas, pues, en este
concepto de latino, las personas que hablan francés o portugués, y
tampoco los que hablan italiano ni los que, como yo, son de la península
ibérica en general.
Si miramos todo esto desde una perspectiva aérea, o para ser más concretos,
desde una perspectiva china (un país donde se hablan varios idiomas,
infinitos dialectos, y donde todavía hoy no se puede decir que exista
una «lengua nacional», aunque nosotros vemos la cultura de China como
un conjunto homogéneo, y no distinguimos entre los tipos lingüísticos
wen-li o mandarín, wu y min); si, como digo, miramos a los hispanohablantes
y a los que son de origen hispano desde una perspectiva china, lejana,
de satélite, veremos que, en efecto, el «latinonorteamericano» posee
características comunes que legitiman el que se les llame así, latinos.
Un nuevo libro, Hispanic Nation, de Geoffrey Fox, augura desde su
salida truenos y relámpagos conservadores. A pesar de la intensa campaña
republicana dirigida a disminuir el impacto de los hispanohablantes,
tanto en la política como en la cultura, la fuerza de una nación virtual
cobra cada día más cuerpo y forma y, si el conservadurismo retrógrado
estadounidense sigue empeñado en querer marginar a los hispanos tratándolos
como una minoría, lo que casi es ya una nación, es posible que otros
cantos, que no son los de la paz, se empiecen a oír en los Estados
Unidos.
«A un minority group ha declarado Fox lo define la mayoría,
o sea, la cultura hegemónica, que lo ve como faltándole algo (el idioma,
la escolaridad, la moral protestante, etc.). Un movimiento nacional,
en cambio, se define solo, o mejor dicho, lo definen sus dirigentes,
agitadores y empresarios, con una agenda propia, en oposición a la
mayoría». Y es que esa es la finalidad principal de este nuevo libro:
documentar con seriedad, coherencia y amenidad cuál ha sido el camino
que ha recorrido la minoría hispana hasta convertirse en un grupo
de acción nacionalista.
Cuando uno vive en Nueva York le parece absurdo que se plantee el
problema de si el inglés es la lengua oficial de este país o si no
lo es. La mayoría de la gente ve con normalidad el hecho de que en
Manhattan se escuchen centenares de lenguas diferentes, y con
mucha razón que el español sea la segunda lengua más hablada,
después del inglés, en esta ciudad; no obstante, cuando se sale de
la metrópolis, el norteamericano medio mira con recelo al hispanohablante.
El caso es que en los Estados Unidos sólo ahora, cuando
el grupo hispano se ha convertido en un auténtico poder político,
social y cultural, se le ha empezado a prestar atención al fulminante
crecimiento de esta nueva nación virtual; aunque, como hemos señalado
antes, paradójicamente, extrema pobreza y extrema riqueza parecen
también crecer juntas entre la población de habla española.
Mientras los hispanos no levantaban la voz, mientras eran simples
obreros explotados, mal pagos, ignorantes, mano de obra barata para
limpiar las casas de los ricos, mientras esto ocurría con consentimiento
de la mayoría, a nadie parecía preocuparle que los latinos hablaran
español entre ellos, que leyeran sus periódicos, que vieran su televisión,
que vivieran mal; sin embargo, ahora las cosas han cambiado y los
hispanos empiezan a tener una parte pequeña, pero significativa, del
poder adquisitivo, político y cultural de este país.
Las estadísticas son claras: la población angloamericana envejece
sin remedio y va disminuyendo, la población hispana (al igual que
la afroamericana) crece a una velocidad que ya los reaccionarios señalan
como alarmante. En la red de Internet circula el discurso que dio
Jared Taylor en el encuentro de este año de un grupo derechista conocido
como «American Ranissance»; el final de este texto no puede ser más
racista y xenofóbico. Dice así: «Lo que estamos presenciando es una
de las tragedias más grandes de la historia humana. Se están moviendo
unas fuerzas poderosas que, de no controlarlas, dejarán lentamente
de lado al hombre europeo y a la civilización europea...». Entre estas
fuerzas aparentemente amenazantes se encuentran, claro está, los hispanos.
Hispanic Nation (Birch Lane Press, 1996) marca el principio de una
visión que abarca la cultura hispana en los Estados Unidos, pues es
una obra escrita sin apasionamientos ni concesiones a ningún tipo
de fanatismo ciego; por el contrario, es un libro que refleja una
doble reflexión: la de un genuino norteamericano que por razones vitales
conoce nuestra cultura muy bien (y ha hecho de este conocimiento parte
de su propia personalidad) y, por otro lado, nos ofrece el análisis
certero de un intelectual que, a finales de este siglo, ve en el mestizaje
cultural no una amenaza, sino un ensanchamiento, tanto en la esfera
de lo social y comunitario, como en el ámbito de lo individual.
Yo diría que, en lo esencial, los latinos son ciudadanos estadounidenses
en cuyos hogares se habla, o se ha hablado, en un pasado cercano o
remoto, un idioma de origen latino: el español. De todos modos hay
que añadir a esta idea, los importantísimos elementos africanos e
indígenas que posee esta cultura en los Estados Unidos. Y, en última
instancia, ser latino significa sentir, comportarse, amar, comer,
vivir, de una manera latina, aunque no se hable español diariamente,
o aunque se escriba en inglés.
Estos latinonorteamericanos se expresan ya sea en español o en inglés
(con interferencias muy enriquecedoras de estos dos idiomas), pero
también en una mezcla de las dos lenguas antes mencionadas. Dentro
de este ámbito hispanonorteamericano se encuentran los escritores
a los que me voy a referir, y un grupo de ellos en particular: los
que escriben en español en el área de Nueva York; no obstante, vamos
a detenernos antes en otro tema: el supuesto imperialismo cultural
norteamericano.
¿IMPERIALISMO
CULTURAL O MIMETISMO INCONDICIONAL?
Frecuentemente
nos quejamos de que los Estados Unidos nos imponen su cultura, sus
formas de vivir y de pensar, pero, ¿no es ya hora de aceptar, quizás
con resignación, quizás con ira, que el modelo norteamericano ha triunfado,
y que no somos víctimas sino culpables de que esto sea así, cuando
en realidad tenemos a nuestro alcance, y no la aprovechamos, una opción
más atractiva? O sea, la versión latina del capitalismo cultural.
Creo que es pertinente proponer un esquema de trabajo que posiblemente
nos ayude a entender lo que está ocurriendo con la cultura latina
de los Estados Unidos. Me parece que lo más cercano al imperio romano
es, sin duda, el imperio norteamericano. Claro que ahora el poder
de este país no necesita siempre una presencia de sus legiones en
tierras extrañas, pues sus generales son centros de telecomunicación
y, sus legiones, simples pantallas, ya sean de cine, de televisión
o de ordenador.
Comprender el imperio romano, su cultura, podría ser una manera de
entender el imperio norteamericano y su cultura. Y digo todo esto
sin retórica marxista, sin resentimiento panfletario, sino como una
forma práctica de describir un fenómeno cuya importancia y realidad
nadie puede negar: el imperialismo cultural norteamericano.
Gilbert Highet, en la introducción a su libro La tradición clásica
(1949), escribía lo siguiente: «Nuestro mundo moderno es, en muchos
aspectos: una continuación del mundo de Grecia y Roma. No en todos
sus aspectos en particular, no lo es en la medicina, en la música,
en la industria ni en las ciencias aplicadas. Pero en la mayor parte
de nuestras actividades intelectuales y espirituales somos nietos
de los romanos y biznietos de los griegos». En el caso de los latinos
de los Estados Unidos habría que añadir que, por fortuna, también
son hijos de los africanos y de los indios. El problema que plantea
el excelente libro de Gilbert Highet es que todo aquello que no viene
del mundo grecorromano le parece barbarie, también el que no tiene
en cuenta la riqueza de la tradición oral de otras culturas, y que,
como tantos otros, piensa que «ahora, en torno nuestro, comienzan
a aparecer las primeras ruinas de lo que puede ser una nueva Edad
Oscura».
Sin embargo, es indiscutible que el modelo de Highet nos puede servir
para entender lo que está pasando con el imperio absoluto de la lengua
inglesa, con el dominio absoluto, no en cantidad, pero sí en eficacia,
de aquella lengua en el ámbito cultural internacional, con el poderío
de los mitos norteamericanos, de sus imágenes, de sus costumbres,
de sus formas de vestir y de vivir, de su economía y de su política,
de su cine, su arte y su literatura.
Si de este ámbito global pasamos a casos particulares, como sería
el de un autor de origen cubano, que se identifica como latino de
los Estados Unidos me refiero a Óscar Hijuelos, o cualquiera
de los escritores puertorriqueños, dominicanos o chicanos que escriben
en inglés, y los comparamos con Lucio Anneo Séneca, ese andaluz, cordobés,
que nosotros consideramos como parte de la tradición española, pero
que indiscutiblemente integra la cultura latina, nos daremos cuenta
de las semejanzas que puede haber entre los latinos de los Estados
Unidos y los de Roma. ¿O no emigró la familia de Séneca a la metrópolis
del imperio, como lo haría (salvando las distancias) cualquier familia
hispana acomodada a Nueva York?
Insisto en que todo lo dicho anteriormente es sólo una propuesta de
un modelo de trabajo que quizá nos ayude a entender lo que está ocurriendo
entre los hispanos en Norteamérica. De igual modo, creo que el futuro
del español en aquella nación podría seguir un destino semejante al
del latín en Europa, y que posiblemente en los siglos venideros se
consoliden algunas lenguas híbridas cuyo origen sean el español y
el inglés. Pero veamos ahora qué está sucediendo con la literatura
hispana, o latina, en Nueva York.
TRES
DÉCADAS DE LITERATURA HISPANA EN NUEVA YORK
En
estos días, en el barrio del Bronx, un nuevo centro hispano, el Teatro
Pregones, está presentando un monólogo musical: «El bolero fue mi
ruina». Y en el Museo de Arte Moderno se ha inaugurado una exposición
retrospectiva del fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo. En el número
de marzo del año pasado de la revista ¡Aha! Hispanic Arts News, aparecían
consignadas las actividades más importantes de los hispanos en Nueva
York para aquel mes: se presentaban varias obras en los teatros Intar,
Repertorio Español, Thalia Spanish Theatre, Gowanus Arts Exchange
(una obra para niños), Hostos Center for Art and Culture, Teatro La
Tea, el Museo Whitney (un performance, «Latindio»), West End Gate,
Little Theater (en La Guardia Community College). No obstante, más
allá de Nueva York, muy poca gente conoce esta enorme actividad del
teatro en español en aquella ciudad.
En Nueva York se han publicado, o se publican en la actualidad, revistas
literarias como Caronte, Lugar sin límite, Románica, Lyra, Emen-Ya,
La Nuez, Brújula, Tercer Milenio, De Azur, Transimagen, Realidad Aparte
y La Ñ (estas dos últimas dirigidas por poetas colombianos, Gabriel
Jaime Caro y Ricardo León Peña Villa), y casi nadie (fuera de algunos
escritores), tanto en España como en Latinoamérica, sabe que existen
estas revistas. En Nueva York se encuentran la Videoteca del Sur,
varias galerías que se especializan en arte hispano, algunos centros
donde se puede escuchar música contemporánea latinoamericana, dos
diarios en español, dos canales de televisión en español, varias estaciones
de radio en español, algunas librerías hispánicas, centenares de asociaciones
hispanas, y muchos bares donde se habla principalmente el español;
sin embargo, fuera de esta ciudad a casi nadie le interesa lo que
hacen los hispanos en Nueva York. En 1989 se calculó que había unos
160 escritores hispanos en el área de Nueva York, pero es posible
que actualmente esa cantidad se haya duplicado y que, sin duda, la
calidad de sus obras haya aumentado, aunque no se descarta cierta
medianía, por no decir mediocridad, que hay que tener siempre en cuenta
en el momento de cualquier evaluación de la producción literaria de
un país, porque aun cuando parezca un tanto exagerado, Nueva York,
con sus casi tres millones de hispanohablantes, se puede considerar
hoy día como una de las ciudades-nación de nuestro idioma.
Además de las incontables lecturas de poesía, performances, lecturas
de cuentos o de fragmentos de novelas, conferencias, presentaciones
de libros, todos los años se realiza en Nueva York una feria del libro
en lengua española; con todo, muy pocas editoriales españolas e hispanoamericanas
se han interesado por saber lo que se escribe en este idioma en los
Estados Unidos.
Las editoriales norteamericanas han empezado a publicar colecciones
en español: Penguin, Ballantine y Vintage (esta última en colaboración
con la editorial española Santillana) han creado nuevas colecciones
en las que aparecen autores hispanos, latinoamericanos y algunos españoles.
Si esto sigue así, es posible que en el año 2000 los ciudadanos de
nuestros países se enteren de que desde el siglo XIX existe una literatura
escrita en español en los Estados Unidos. Aunque entonces es posible
que sea demasiado tarde y que los derechos de estos escritores los
tengan compañías norteamericanas.
¿A qué se debe que toda esta actividad de los hispanos en general,
y de los que residen en el área de Nueva York en particular, sea algo
fantasmal para los demás países hispanohablantes? En parte, a una
incapacidad de los latinos de Nueva York para promocionar sus productos
fuera de esta ciudad. Aunque las cosas están cambiando rápidamente,
para bien, al final de este siglo XX.
Las dos últimas décadas han marcado la literatura de lengua española
escrita en Nueva York de formas muy diferentes desde el punto de vista
social: 1) La década del entusiasmo; los años setenta son una época
en la cual el entusiasmo por esta ciudad parece contrarrestar los
consabidos problemas que la vida metropolitana acarrea, todas las
«liberaciones» sociales de los años sesenta son ya una realidad y,
aquellas militancias liberadoras, producen una exaltación de «las
diferencias», las marginaciones, que ahora se convierten en una forma
del orgullo (de ser negro, de ser gay, de ser latino, etc.); 2) la
década del sida, de los vagabundos, de los homeless, y de los yuppies,
los años ochenta, la aparición del sida y del creciente número de
desamparados (homeless) y, paralelamente, de jóvenes ejecutivos urbanos,
van a ser los factores que caracterizarán esta década en Nueva York.
Y, precisamente, la raíz más cercana de los actuales conservadurismo,
moralismo, puritanismo (que hoy padecemos), racismo, se encuentra
en la negación de los ya míticos años sesenta, en la gran exaltación
de las «diferencias» en los setenta y la manifestación del sida entre
las poblaciones homosexual y de drogadictos.
Esta última década, la que estamos viviendo, la de los años noventa,
se anuncia ya como marcada por el poder puritano y por una actitud
general de rechazo de todo lo que significaron los años sesenta y
setenta; es, por ahora, la década del no a todo: drogas, homosexualidad,
excesos sexuales, etc.; es la década de la abstinencia. Aunque, precisamente
por este «noísmo» generalizado, los artistas, y algunos escritores,
se han concientizado de manera progresiva desde un punto de vista
social y político, lo cual se recoge en sus obras. Entre las clases
intelectuales y progresistas se menciona cada vez con más firmeza
una etiqueta para esta última etapa cultural: la de New Age o Nueva
Era.
Uno de los fenómenos de mayor importancia son la poesía y la literatura
«nuyorican». Casi todos los autores que hacen parte de este grupo
escriben principalmente en inglés, o una mezcla de español-inglés
llamada «spanglish».
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¿Qué
es lo que significa realmente poesía «nuyorican»? En principio
quiere decir poetas de origen puertorriqueño que, como he dicho,
escriben en «spanglish» o en inglés, y que a veces insertan
el vocabulario español en sus poemas escritos en inglés, y en
otros casos españolizan el idioma de Walt Whitman.
Está claro que el origen de la poesía niuyorriqueña tiene lugar
en Nueva York a finales de los años sesenta y a principios de
los setenta y que, finalmente, en 1975 es consagrado el término
con la publicación de la antología Nuyorican Poetry. An Anthology
of Puerto Rican Words and Feelings. Desde el punto de vista
social, este movimiento poético hacía parte de un conjunto de
manifestaciones artísticas y políticas, las cuales iban a marcar
aquella década y las siguientes: los graffitti callejeros y
el de los metros fueron una de las aportaciones más significativas.
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Lo
característico de esta poesía es, por una parte, su compromiso social
y la manifestación de una identidad puertorriqueña dentro del idioma
inglés y de la sociedad norteamericana y, por la otra, su oralidad:
suele ser una poesía que está concebida para ser actuada y con la
posibilidad de convertirse en performance. En la parte baja del este
de Manhattan se encuentra Nuyorican Poet's Café, lugar donde se suelen
reunir estos escritores. Aloud. Voices from the Nuyorican Poets
Café, edición de Miguel Algarín y Bob Holman (Nueva York,Henry Holt
and Company, 1995), es la última antología de la poesía que gira alrededor
del ya mítico café.
Antes, los niuyorriqueños eran rechazados por sus compatriotas aquí
y en Puerto Rico, pero en las últimas antologías de poesía puertorriqueña
de Nueva York se incluye a casi todos estos poetas como parte de una
tradición neoyorquina de la poesía de aquel país. En 1995, al trazarse
el panorama de la poesía norteamericana actual, los poetas del Nuyorican's
Café han sido considerados como una tendencia más dentro de la poesía
estadounidense.
El año de 1977 es, desde el punto de vista histórico, muy significativo
para los escritores hispanos, o latinos, de Nueva York. En aquel año
se funda el Centro para las Artes Ollantay. El programa de literatura
de este centro se dedicaría desde sus inicios a presentar exclusivamente
a artistas hispanos que residían en el área de Nueva York. Desde entonces,
Ollantay ha convocado todo tipo de encuentros, lecturas, presentaciones
teatrales, exposiciones, y ha publicado algunos libros relacionados
con dichos escritores. Por otra parte, en aquel mismo año de 1977,
el 4 de marzo, se hizo pública una especie de programa-manifiesto
en que parcialmente se decía lo siguiente: «Creemos que existe una
poesía en Nueva York autónoma a las poesías de nuestros países, una
poesía donde las corrientes de la poesía hispánica se transforman
en algo original o independiente. Por esta razón buscamos las raíces
de esta fuga. ¡Tradición de la fuga! Esta tradición puede estar en
una zona de la poesía de Heredia, Martí, Tablada, Lorca, Florit, y
muchos más que nosotros desconocemos. Porque crear en medio de un
ambiente lingüístico y de unas circunstancias que nos son extrañas
transforma nuestra poesía, y así la distingue de la que se está produciendo
en nuestras naciones de procedencia; por eso lanzamos este llamado.
Para que se intente descubrir y nombrar los caracteres de una poesía
posible en lengua española en Nueva York».
El programa-manifiesto, que llevaba por título «Nueva York Poesía
Posible», estaba impreso precariamente, escrito todo en mayúsculas,
y se cerraba con una cita de José Juan Tablada y con mi profana firma.
Es obvio el tono neovanguardista, un tanto ingenuo, del texto, pero
en realidad yo tardaría más de una década en entrar a fondo en el
estudio de esta «supuesta tradición» de poesía hispánica en Nueva
York, y lo cual vendría a convertirse en un libro, El poeta y la ciudad
(Nueva York y los escritores hispanos), publicado en España por la
editorial Cátedra en 1994.
Aquel momento de los años setenta sólo significó una toma de conciencia
sobre el hecho de que muchos de los autores que escribían en Nueva
York tenían que replantearse sus relaciones con la tradición poética
de cada uno de sus países de origen, a la vez que se les ofrecía,
por primera vez, una tradición que estaba marginada y olvidada como
un conjunto coherente (no como libros aislados o situados dentro de
la perspectiva de cada uno de sus países): la tradición de la poesía
de lengua española escrita en Nueva York.
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En
la actualidad son muy variadas las voces literarias que suenan
en el ámbito hispánico de Nueva York. Son las voces de esta
ciudad que, como ella, son muy plurales y diversas. También
son modos muy variados de reaccionar a la problemática situación
de vivir en un país ajeno. Contemplándola ahora en su conjunto
y continuidad, puede decirse que la tradiciónde la
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literatura
hispánica en
Nueva York es, por una parte, el producto de un doble exilio
(el político y el personal, el impuesto y el escogido voluntariamente)
y, por la otra, el resultado de una estancia accidental, ya
sea por pura curiosidad turística o por otras circunstancias,
que han hecho que muchos de nuestros escritores residan por
un tiempo en la metrópolis norteamericana.
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EXILIO
E IMAGINACIÓN
El poeta latino Ovidio, desde su exilio en una isla del mar Negro,
se consolaba con saber que sus poemas eran leídos en Roma. Este viejo
pariente nos puede servir como paradigma para definir las circunstancias
en que algunos escritores hispanos o latinos han vivido y producido
en Nueva York. Escribir en un lugar (Nueva York: espacio, pues, de
la escritura) para ser leídos en otro (sus países respectivos: espacio
del lector y del receptor); aunque hay que tener en cuenta que entre
la enorme población hispana de Nueva York, esos escritores también
son leídos. Pero si bien la literatura hispana de Nueva York
es una realidad, no se ha definido en verdad la existencia de un lector
hispano en esta misma ciudad; fuera, claro está, de los escritores,
los profesores de literatura y de sus alumnos. Por tanto, podríamos
decir que la primera característica de la literatura hispana de Nueva
York (escrita en español) sería esa: que está escrita en un lugar
con miras a ser leída en otro. La literatura latina escrita en inglés
es un fenómeno que lo está asimilando la industria del libro en los
Estados Unidos y que en este momento se podría decir que está de moda.
Nombres como los de Óscar Hijuelos, Julia Álvarez, Ed Vega, Piri Thomas,
Sandra Cisneros y Junot Díaz son ya familiares para el lector estadounidense.
El exilio tiene sus desventajas para el escritor, pero también posee
ventajas considerables; de hecho, hay muchos exilios, muchos tipos
de exilio: el político, el voluntario, el causado por circunstancias
financieras, el artístico y también voluntario, y el interior, el
cual se puede dar sin que el artista se mueva de su propia casa. En
este sentido, muchos de los escritores hispanos que vivieron o viven
en Nueva York participan de variadas formas del exilio, y cada cual
reacciona de una manera que le es propia. Lo que sí está claro es
que nuestra relación con el espacio, el tiempo y el lenguaje, se altera
de alguna manera al vivir en otro lugar que no es el de nuestro nacimiento.
Desde el punto de vista del lenguaje, hay que tener en cuenta que
vivir en Nueva York, para un escritor, no fue nunca, en absoluto,
vivir fuera de su lengua, sino enriquecer la lengua materna con aquellas
variantes que aporta la enorme comunidad hispanohablante de la capital
(hoy son, insisto, casi tres millones de hispanos los que residen
en Nueva York). Además el inglés, en la actualidad, no es una lengua
tan extranjera o remota para nadie; se trata, a fin de cuentas, de
la lengua más popular entre los jóvenes de Europa y de los países
desarrollados en general.
Lo que sí es cierto es que ni el espacio ni el tiempo en Manhattan
parecen pertenecerle al escritor que vive allí, de ahí que una nostalgia
por el país natal aparezca tan frecuentemente en las obras de estos
escritores, inclusive en aquellos que han pasado sólo cortas temporadas
en la ciudad. Mas es beneficioso tomar distancia de la corriente histórica
del propio país, de su lengua, de su cotidianidad, porque le da una
perspectiva única al escritor: convertirse en un observador distante,
como el que mira desde un remoto balcón su tierra, su idioma, el tiempo
que le habían destinado. Basta señalar uno de los casos más singulares
de la literatura del siglo XX, el de James Joyce, para ver que, en
efecto, la escritura puede beneficiarse enormemente con el exilio
del escritor. Y, en última instancia, como dice H. Levin, muchos escritores
han tenido «vocación de exiliados», lo cual viene a significar un
triunfo del inconformismo del individuo.
UN
POETA COLOMBIANO EN NUEVA YORK
Pocos
libros españoles han influido tanto en el siglo XX como Poeta en Nueva
York, de Federico García Lorca. Pero para los escritores hispanos
de los Estados Unidos, y para los que residen en Nueva York en particular,
los poemas creados por el andaluz en esta ciudad se han convertido
en el emblema de una poesía sin fronteras geográficas, y puede decirse
que Lorca es el padre de los poetas hispanos. La Ñ, una de las revistas
de poesía que se publican en Manhattan, ha creado un premio que lleva
el nombre del libro de Lorca, y Mi noche con Federico García Lorca
(edición bilingüe, 1997), de Jaime Manrique, es la entrega de poesía
más reciente de un autor latino.
Manrique es un escritor de origen colombiano que se estableció en
los Estados Unidos cuando tenía 18 años; desde 1982 reside en Nueva
York. En este país ha publicado varias novelas, la última de las cuales,
Twilight at the Equator, estará a la venta en las librerías norteamericanas
en estos días. Manrique ha escrito sus dos últimas obras de narración
en inglés, pero cuando escribe poesía lo hace en español.
Mi noche con Federico García Lorca es una geografía sentimental del
escritor: cartografía poética, real e imaginaria, caligrafía de un
autorretrato en el cual se mezclan los rasgos personales y los ajenos
como si fueran un interrogante, un mapa del desplazamiento del corazón
y de la mente de un ser vulnerable, tierno, irónico, saludablemente
elegíaco, fascinado por la realidad: «Muchacho carioca/cuando salgo
al balcón estas mañanas/ las flores cotidianas me sorprenden».
El paisaje de la infancia, descrito por Manrique, está lleno de una
vegetación exaltante, poblado de aves, de color, de vidas que se han
ido extinguiendo con el paso del tiempo. El hueco que han dejado su
madre, su padre, su familia, su país, la infancia, lo evoca el autor
con la sencillez de alguien que escribe como habla. Pero cuando con
ojos tropicales se miran los grises desiertos del cemento urbano,
lo que se producen son descargas eléctricas azules y verdes, aunque
el amarillo de la muerte amenace siempre.
Otros poetas miraron el pasado, desde Manhattan, con la misma iluminación
tropical: José Martí, Eugenio Florit, Manuel Ramos Otero. El acento
personal de la poesía de Jaime Manrique se encuentra en su sencillez,
en el uso de un lenguaje coloquial, neutro en el decir, latino, sorprendiéndonos
siempre con algunas imágenes deslumbrantes. El poeta lo que quiere
es hablarnos de sí mismo (aunque use muchas máscaras), y lo que hace
es contarnos una historia con el tono íntimo de la poesía susurrada
al oído. Bien decía Antonio Machado que «la esencia de lo carnavalesco
no es ponerse careta, sino quitarse la cara», y eso es lo que hace
Manrique: vestirse de espantapájaros para presentarnos, sin demasiado
patetismo, su verdad desnuda.
La primera parte de este libro gira alrededor de la figura de la madre.
Mas esta madre no es sólo una ausencia, la cual, como un fantasma
luminoso, enriquece su vida cotidiana en Nueva York, sino que dicha
figura se confunde con el paisaje colombiano, con la patria sin patriotismos,
con la noche, con el origen del autor como hombre y como ordenador
de imágenes, con los fundamentos de su poesía, del recuerdo de cuando
«nuestras vidas eran un mambo feliz que no se olvida», cuando todo
era infancia.
La segunda parte del libro posee el tono del monólogo teatral (en
el cual los personajes pueden ser un colibrí, un espantapájaros, un
cisne o un lugar), aunque siempre se trata de una reflexión sobre
la vida en general. La sección más amplia de este volumen, la tercera,
contiene el poema que da título al libro, «Mi noche con Federico García
Lorca». Pero otros personajes habitan este apartado: Van Gogh, Turner,
Frederic Edwin Church, Marco Polo, Julio César...; siempre la máscara,
aunque detrás se ven los ojos que dicen la verdad.
Tres piezas se destacan y marcan cada una de las secciones de esta
entrega de poesía: «El cielo encima de la casa de mi madre» (sección
I), «El espantapájaros» (II) y «Recuerdos» (III). Este último texto
¡excelente! habría podido darle título a toda la colección
de poemas. En él se lee: «Recuerdo miles de gestos, cientos de hombres,/
sus corazones palpitando contra el mío». Y es que, precisamente, el
libro trata de eso: del hombre como comunidad que da calor con su
existencia, del hombre como cuerpo que se desea, y del hombre como
un interrogante frente al destino de su muerte.
Mi noche con Federico García Lorca viene a ser una oración, una oración
por todos los seres queridos del poeta, un rezo por el mundo que se
le va escapando de las manos, y un rezo por sí mismo. No es de extrañar
que Manrique escriba en uno de los poemas: «decía todas mis oraciones/
en las cuales incluía/ a mi madre, a mi padre ausente,/ al amante
de mi madre,/ a todos mis seres queridos/ y a los actores de la última
película/ que habíamos visto».
Estas pocas señales que he dado de la poesía última de Jaime Manrique
(un hijo bilingüe de Lorca) no tendrían mucha relevancia si no subrayara
que la sencillez y la imaginación se mezclan en sus poemas con una
naturalidad poco corriente, y que los temas más comunes de nuestra
vida diaria están tratados, como dice el escritor en una de sus piezas,
con la voz de un poeta que «canta una nota metálica y triste», aunque
bajo la luz tropical de la memoria.
*Dionisio Cañas (España, 1949). Vive en Nueva York desde
1973. Ha publicado entre otros libros Poesía y percepción (1984),
El poeta y la ciudad (1994) y El fin de las razas felices (1987).
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